Es virtualmente imposible sentirse bien un domingo a medianoche en Lima bajo una llovizna inesperada y pérfida como los chismes que envenenan la vida de la ciudad. Es imposible sentirse bien si uno ha terminado el programa de televisión, todavía está maquillado, no para de toser y maneja con instinto suicida por una autopista desolada y oscura que bordea el litoral de las playas del sur.
Lo que me anima a persistir en el empeño, acelerando un poco más, sintiendo cómo las llantas resbalan levemente en las curvas que parten el desierto y me alejan de la ciudad, es la ilusión o la fantasía de que llegando a la casa de playa que me ha prestado la madre de mis hijas me sentiré mejor, la tos cederá, conseguiré dormir sin drogarme y encontraré en el aire puro que viene del mar la cura para todos mis males. (more…)
Todo comienza un jueves por la mañana. Una tos persistente y dolorosa me advierte de que algo está mal. Enemigo como soy de los médicos y los medicamentos, espero a que me dé una tregua y deje de acosarme.
Pero esa tos de origen misterioso se ensaña conmigo con más crueldad de la que había imaginado. Lejos de ceder, se apodera de mí con tal virulencia que no me deja respirar, dormir, comer o siquiera caminar de un lugar a otro de la casa.
A tal punto me ha debilitado que caminar unos pocos metros dentro de la casa, arrastrando mis pantuflas de conejo, resulta una operación para la que debo prepararme mentalmente, haciendo acopio de las pocas fuerzas que me quedan, y subir al segundo piso, donde se encuentra mi habitación polvorienta, es ya una empresa fuera de la realidad, que los achaques respiratorios me tienen vedada.
Me digo, sin embargo, que, con sólo tomar mucha agua y abstenerme de ingerir jarabes o antibióticos, pronto estaré recuperado y volveré a respirar como de costumbre. (more…)
Antes de irme de Buenos Aires, Martín y yo vamos a los cines del tren de la costa. Son cines viejos, descuidados, pero a mí me gustan porque va poca gente y el boletero es un encanto y me mira con intención.
Martín se desespera porque una mujer hace crujir su butaca una y otra vez. Suele ocurrir, ciertos asientos de esos cines son un concierto de ruidos molestos. Lo raro es que la mujer no se da cuenta del ruido que hace cada vez que se mueve. Martín pierde la paciencia, le dice a gritos que se cambie de asiento. La mujer no se da por aludida, sigue moviéndose y haciendo chirriar la butaca. Martín abre un paquete de m&ms y empieza a arrojarle esos diminutos proyectiles multicolores de chocolate y almendras. Cuando por fin le da en la cabeza, la mujer voltea y nos insulta. Martín le dice a gritos que si no se cambia a una butaca que no haga ruido le seguirá tirando m&ms. La mujer y su amiga se van del cine, no sin antes insultarnos. (more…)
El escenario de la pelea familiar a punto de estallar es un auto japonés, automático, cuatro puertas, que avanza a ciento cuarenta kilómetros por hora en la ruta de Mar del Plata a Buenos Aires, un jueves por la tarde, con Martín al timón. Su madre, Inés, está sentada a su lado. Atrás va Cristina, la hermana mayor de Martín. Los tres han pasado una semana de vacaciones en Mar del Plata y tal vez ya están cansados de verse las caras tan a menudo, como están agotados por el viaje de cuatro o cinco horas en auto. Como suele ocurrir con los viajes familiares, cada uno está pensando (pero no lo dice) que a la familia es más arduo quererla cuando se la ve todos los días y que la mejor manera de llevarse bien con ella es tomándose vacaciones no para verla a toda hora sino para alejarse de ella. Estas cosas, claro está, se piensan, si acaso, pero no se dicen.
Sin reparar en que el curso que ha tomado en la conversación es uno de colisión con su hermano al volante, Cristina dice:
-No es justo que mamá no le preste el auto a papá los fines de semana. (more…)
Tocan la puerta. Estoy tratando de escribir. Me interrumpen. No pienso abrir. Agazapado en una esquina, trato de espiar a la persona que está afuera. Es una mujer. No sé quién es.
Vuelven a tocar. No tocan el timbre porque no hay timbre. No hay timbre porque lo he desconectado. Lo he desconectado porque generalmente lo tocan muy temprano y me despiertan.
Un día vinieron unas mujeres a las nueve de la mañana y no pararon de tocar el timbre hasta despertarme. Bajé furioso con mis pantuflas de conejo. Me dijeron en inglés que querían venderme galletas. Les dije en español: Vayan a venderle galletas a San Puta. Me miraron consternadas. Ese día desconecté el timbre y pegué en la puerta un papel que dice: “No tocar la puerta antes de las dos de la tarde en ningún caso”. Lo dice en español y también en inglés por las dudas.
Ese papel sigue pegado en la puerta de mi casa. Pero son las cuatro de la tarde, tal vez por eso la mujer insiste en tocar. Derrotado, abro. No sé quién es. (more…)