De pronto, una tarde de abril, llega un pájaro que hace su nido en un árbol frente a mi casa y no se cansa de cantar dÃa y noche.Al comienzo es divertido y hasta inspirador, pero luego empieza a fastidiar porque no para de trinar en distintos registros más o menos agudos y cuando uno quiere dormir o escribir y el pájaro sigue proclamando su felicidad ya termina por ser irritante.
Lo raro es que canta a toda hora y por lo visto no duerme. Pensaba que los pájaros cantaban a unas ciertas horas, al amanecer por ejemplo, pero este es un pájaro extraño que canta por la mañana, por la tarde, por la noche, a toda hora.
No es que haga un ruido escandaloso, es sólo un pájaro trinando, pero es un ruido persistente, que no cesa, un ruido que acaba por molestar porque uno supone que canta de ese modo tan estridente porque está feliz. Lo que más irrita entonces no es su infatigable vocación cantarina sino la certeza de que ese advenedizo es mucho más feliz que uno o es todo lo feliz que uno nunca será y además nos lo recuerda cada diez segundos.
Por eso salgo una noche a las cuatro de la mañana, harto de sus impredecibles exploraciones musicales, que son distintas una de la otra, como si estuviera buscando un modo de expresar su alegrÃa que siempre resulta insuficiente o imperfecto y justifica por ello un gorjeo o cántico más, me acerco al árbol, lo veo trinando con un júbilo que ofende y decido que debe morir. (more…)
Los doctores en Miami me dijeron que, teniendo los pulmones infectados y un cuadro agudo de asma, no debÃa viajar a Buenos Aires. Les pregunté: ¿Quién no está infectado? ¿Se puede vivir no infectado? ¿No soy yo mismo una infección?La doctora en Lima me hizo un dibujo atropellado para explicarme que la parte inferior de mis pulmones aparecÃa negra en las placas, como si fuera un veterano fumador, y que, si no conseguÃamos limpiarla con un ataque de antibióticos, tendrÃamos que extirparla para evitar un cuadro canceroso. Dijo también que sólo estaba usando la mitad superior de mis pulmones y que por eso me faltaba aire y cuando salÃa a correr por el parque me pasaban caminando las señoras mayores, una humillación que yo mismo le habÃa relatado: Corro tan despacio, doctora, que me pasa la gente caminando. La doctora me pidió que cancelara el viaje a Buenos Aires.
Pero todos esos doctores amables, a quienes no he pagado haciéndoles creer que ya les pagará el seguro cuando en realidad no estoy asegurado, no sabÃan que, infectado o no, tenÃa que viajar a Buenos Aires para celebrar que MartÃn cumplÃa treinta años, treinta años que por su cara de bebé parecen veinte (y por eso a veces algunas señoras despistadas me preguntan si es mi hijo), treinta años de los cuales yo lo he tenido conmigo los últimos seis, porque antes él salÃa con chicas lindas que querÃan ser cantantes famosas. (more…)
La señora D vive sola en una casa grande con muchos cuartos que eran de sus hijos, que ahora ya no están porque se casaron o se fueron a otros paÃses.
La señora D no se siente sola porque es atendida risueña y amorosamente por dos jóvenes a su servicio, Lucy y Manuel, que se conocieron en esa casa y ahora están enamorados y han anunciado que pronto se casarán en una iglesia que todavÃa están buscando, lo que hace muy feliz a la señora D, que los quiere como si fueran sus hijos y que tal vez dejarÃa de quererlos como si fueran sus hijos si se casaran civilmente y no bendecidos por la religión que tanto la ha confortado a ella.
La señora D está llena de amor. Ama a su Creador, el AltÃsimo, cuya casa visita cada mañana antes de desayunar y a quien a veces, al elevar una plegaria, llama Flaquito, Papito o Cholito, pues son ya muchos años de encendidas pláticas con Él y es casi natural que de tan antigua familiaridad surja ese trato de confianza, salpicado de diminutivos afectuosos. Ama a su esposo, que ya no está, a quien imagina en el Cielo, gozando de la paz que le fue esquiva entre nosotros. Ama a sus hijos, a todos sus hijos, aunque comprensiblemente ama de un modo más parejo y consistente a aquellos hijos que comparten su fe religiosa y de un modo más atormentado, pero no por eso menos intenso, a cierto hijo dÃscolo que, poseÃdo por la soberbia, ese venenillo que le inocula el Diablo en su astucia infinita, se declara agnóstico y se burla del cardenal. Ama a sus empleados domésticos, a los que suele bautizar, confirmar y educar en el camino de la santidad, un camino que ella ha recorrido sin desmayar. Ama a las cajeras del supermercado, a las vecinas pedigüeñas, a los tullidos que la esperan después de misa, al presidente converso, a sus amigas del colegio, a todos los habitantes del paÃs que la vio nacer y del que nunca quiso irse. Y últimamente ama a Miguelito, con quien desayuna, almuerza y cena todos los dÃas. (more…)
El avión desciende sobre las arenas de Lima mientras despunta el amanecer. No he dormido. He leÃdo un libro bellÃsimo, El olvido que seremos, de un escritor colombiano, Héctor Abad Faciolince, al que conocà en Bogotá hace años, una noche lluviosa a la salida del teatro. Me ha conmovido tanto que me ha hecho llorar. Lo he leÃdo con la mascarilla blanca que me dio la doctora cubriendo mi nariz y mi boca para no contaminarme con los miles de bichos invisibles que, según ella, pululan por la cabina helada del avión y saltan de un pasajero a otro, infectándonos a todos.
-¿Llevas una vida saludable? -me preguntó la doctora.
-SÃ -respondÃ-. No fumo, no tomo alcohol, no como mucha grasa, camino todas las tardes por el parque.
-¿Con qué frecuencia viajas? -preguntó.
-Todos los fines de semana -respondÃ.
-Entonces no llevas una vida saludable -sentenció.
-¿Por qué? -pregunté, sorprendido.
-Porque los aviones están repletos de gérmenes y bacterias que viven allà y recirculan por toda la cabina. Si quieres llenar de bichos tus vÃas respiratorias, súbete a un avión. Los aviones te están matando.
Le expliqué que no puedo dejar de volar con tanta frecuencia porque he firmado unos contratos que debo cumplir, aunque me llene de bichos. (more…)