Extrañamente en Lima duermo mejor que en Miami. No me pongo ropa de dormir, hace ya algún tiempo dejé de cambiarme de ropa para dormir. Me dejo caer en la cama con la misma ropa que he usado durante el dÃa. No me quito los zapatos, no veo por qué deberÃa quitármelos. Me echo boca abajo. Antes he prendido en máxima potencia la Electrolux portátil que compré en Buenos Aires. Acerco mis pies al calefactor. El aire caliente me hunde en un sueño profundo. Despierto unas horas después, bañado en sudor, los pies ardiendo. A veces consigo dormir seis horas.Si no tengo el calefactor Electrolux argentino quemándome los zapatos, me dan pesadillas -mi padre me insulta y me pega; mis hijas se pierden o se ahogan; los aviones caen mientras rezo ya tarde- y cuando despierto estoy furioso, irritado, con ganas de pelearme con alguien y además no paro de toser y expectorar cosas innombrables y SofÃa se impacienta porque escupo en sus macetas y en sus alfombras importadas y en sus revistas de decoración, que es donde más me gusta escupir porque siento que es mi manera de decorar la casa.
En Miami las noches son peores. El calefactor Electrolux argentino no funciona. He hecho todo lo posible para hacerlo funcionar pero he fracasado. He comprado otros calefactores pero ninguno funciona igual, ninguno me quema los pies, son tibios y débiles y botan un aire ridÃculo y no sirven para nada. No es fácil encontrar un calefactor en Miami, nadie los necesita, salvo los enfermos y los locos. La mayor parte tienen un termostato incorporado que apaga el aire caliente cuando se llega a la temperatura máxima. Esos son los más despreciables. Los pies se me enfrÃan y despierto furioso y pateo el calefactor de cuarenta dólares que compré en el Sears de Coral Way después de tomarme fotos con las vendedoras uniformadas que todavÃa no se han enterado de que no soy heterosexual y aun si les dijera que no lo soy tampoco me creerÃan porque uno cree lo que quiere creer. (more…)
A fines del año pasado mi hermano Javier viajó a Buenos Aires a pasar unos dÃas conmigo. No conocÃa la ciudad y yo le habÃa prometido desde que éramos chicos que algún dÃa irÃamos juntos a ver buen fútbol y comer rico.Unos dÃas antes de su viaje le pregunté si tenÃa ganas de conocer a MartÃn, mi amigo Ãntimo, con quien compartÃa un departamento en esa ciudad. TenÃa el temor de que, por razones morales o religiosas, por la educación que habÃamos recibido en casa, Javier no aprobase mi relación con MartÃn y se incomodase al verlo. Por suerte me respondió que estarÃa encantado de conocerlo.
Le dije que, dado que MartÃn y yo dormÃamos en cuartos separados y no tenÃamos un cuarto para alojar a los amigos de paso, preferÃa invitarlo a un hotel muy bonito, en el centro de San Isidro, frente a la catedral. A Javier le pareció una buena idea, asà podÃa moverse con más libertad. (more…)
La primera vez que le pedà a mi madre que me diera una entrevista en mi programa de televisión me dijo que no era el momento porque mi padre, su esposo de toda la vida, el padre de sus diez hijos -yo, el tercero de ellos-, habÃa muerto hacÃa poco y ella todavÃa estaba muy triste.La segunda vez que se lo pedà me dijo que le diera unos dÃas para pensárselo bien. Pasados esos dÃas, me dijo que tenÃa ganas de venir al programa, pero que algunos de mis hermanos, enterados de la invitación, se habÃan escandalizado y se lo habÃan prohibido. Del modo más conciliador, me explicó que no querÃa problemas en la familia y que por eso preferÃa no darme la entrevista.
La última vez que se lo pedÃ, hace menos de un mes, no lo dudó:
-Ahora sà estoy segura de que quiero ir.
Le pregunté si mis hermanos, aquellos que se habÃan opuesto, no le harÃan problemas.
-No les voy a decir nada -respondió en tono risueño-. No les tengo que pedir permiso.
La felicité y le dije que a su edad, sesenta y ocho años, debÃa hacer lo que a ella le pareciese bien, sin dejarse intimidar por nadie.
Al dÃa siguiente volvà a llamarla y le pregunté si habÃa cambiado de opinión. (more…)
Hace ocho años voté por primera vez como ciudadano norteamericano en un colegio de Key Biscayne. Lo hice por George W. Bush. Me parecÃa que Gore era soso, aburrido y altanero y que habÃa cierta justicia en que Bush vengara la derrota que su padre habÃa sufrido ante Clinton y Gore. Recuerdo que cuando estaba esperando mi turno para votar unas señoras ricachonas decÃan que habÃa que votar por Bush porque Gore era un comunista encubierto.No tardé en arrepentirme. Ya entonces empezaba a sospechar que yo era capaz de gruesas idioteces y que esas idioteces eran tan repetidas y sistemáticas que parecÃan configurar un claro patrón de conducta. Aquel voto por Bush el año 2000 (uno de esos votos tan disputados en la Florida que acabaron por darle el triunfo, tras el escándalo de los recuentos chapuceros y las protestas de Gore) fue la prueba definitiva e irrefutable de que yo era un idiota peligroso y sin cura. En efecto, fui uno de esos habitantes de la Florida que, demostrando que el sol hace daño, le dimos el triunfo a Bush. Sé que merezco un castigo. Ya Dios se ocupará de ello. Después de todo, es su oficio.
Años después conocà a Gore en unas conferencias pintorescas (y muy bien pagadas) a las que nos invitaron en Guayaquil y le dije que habÃa votado por él y que debÃa volver a ser candidato para impedir la reelección de Bush. Gore me agradeció secamente, obsequiándome no una sonrisa sino el aborto de una sonrisa, pero creo que, no siendo tonto, advirtió mi condición de embustero. Su esposa Tipper, una mujer encantadora, me trató con más simpatÃa. Nos hicimos fotos, conversamos durante la cena de asuntos naturalmente frÃvolos, nos reÃmos y en algún momento me contó que no conocÃan el Perú. Le dije que era dueño de un hotel en Machu Picchu y que estaban invitados cuando quisieran, lo cual por supuesto era mentira, porque el hotel no era mÃo sino de la familia de mi esposa y yo no lo habÃa visitado nunca porque la familia de mi esposa me detestaba (su familia, no ella) y no sólo no dejarÃa entrar a un invitado mÃo sino que tampoco me dejarÃa entrar a mÃ, como en efecto nunca me invitó ni me dejó entrar. Tipper, sin embargo, me creyó y apuntó mis teléfonos en Miami y por supuesto nunca me llamó y a la mañana siguiente se fue muy temprano a las Galápagos con Al y las chicas. (more…)