Le pregunto a Lola, mi hija menor, qué quiere que le regale por su cumpleaños. Me dice: Euros. Sorprendido, le pregunto: ¿No prefieres dólares? Me dice: No, cien euros son ciento sesenta dólares, prefiero euros.
Le pregunto a Camila, mi hija mayor, si quiere leer los dos primeros capÃtulos de la novela que estoy escribiendo. Me dice: No, gracias, no me interesa, además tengo un montón de tareas. Le pregunto si puedo usar su nombre en la novela o si prefiere que le cambie de nombre. Me dice: Me da igual, ponme el nombre que quieras, igual nadie lee tus libros, papi.
Le pregunto a SofÃa, la madre de mis hijas, si se ha quedado con ganas de tener un hijo. Me dice que sÃ, que le encantarÃa. Le digo que todavÃa es joven, que apenas tiene cuarenta años, que podrÃa tenerlo. Me dice que no ha encontrado al hombre adecuado, que dependerá de la suerte, del destino. Le digo: Si no encuentras al hombre adecuado, siempre puedes usarme a mÃ. Me dice: Gracias, pero creo que prefiero adoptar. (more…)
Una manera de medir la soledad es contar el número de veces que suena el teléfono de tu casa.
Para que la medición sea confiable debes estar solo en tu casa un dÃa entero, lo que tal vez ya revela una predisposición a la soledad o a investigar el grado de soledad en el que vives.
También es preciso que ese dÃa no hables con nadie, salvo con las personas que te llamen y sólo brevemente con ellas. Pero no debes llamar a nadie porque eso puede provocar que llamen contestando tu llamada y por consiguiente puede perturbar la fidelidad de la medición que nos ocupa. (more…)
-De ninguna manera van a servir cerveza en tu fiesta -dice SofÃa.
-Pero en todas las fiestas sirven cerveza, mami -dice Lola.
-Es una fiesta de trece años -dice SofÃa.
-Pero van a venir chicos de quince -dice Lola-. Tengo un montón de amigos de quince.
-¿Y qué? -pregunta SofÃa.
-¿No entiendes? -dice Lola-. Todos los chicos de quince toman cerveza. Todos.
-Mala suerte -dice SofÃa-. En la fiesta de mi hija de trece años no se va a servir cerveza. Yo no lo voy a permitir. (more…)
No es fácil vivir conmigo. MartÃn lo sabe bien. Por eso no vive conmigo. Por eso me visita o lo visito cada mes o dos.No tengo talento para la felicidad. Mi humor suele ser sombrÃo. MartÃn me quiere, creo que me quiere, pero cuando está mucho tiempo conmigo, se ahoga, se confunde, se pierde en mis silencios y en mi obsesión autodestructiva.
Esta vez se quedó un mes conmigo. Pensaba quedarse tres. Ahora se va. Es mejor que se vaya. Merece ser feliz. Merece sentirse libre, cantar las canciones de la radio, mirar y desear y tocar a otros hombres más jóvenes. Sé que debe irse, que es lo mejor para los dos, pero me da pena.
Creo que a él también le da pena, pero sabe que no puede quedarse. Son muchas las cosas de mà que le resultan insoportables. Ha tratado de cambiarlas o acostumbrarse a ellas, ha sido valiente, ha corrido no pocos riesgos, pero ha comprendido que vivir conmigo es una empresa suicida y amarme, un vicio que lo intoxica. Por eso se va. Por eso he tomado más pastillas para ser fuerte y no llorar.
No sé si lo que soy ahora es lo que solÃa ser o si es un estado de ánimo fabricado artificialmente por las drogas a las que me he hecho adicto. En mi caso, la serenidad se compra en la farmacia y es cara. MartÃn me educó en la peligrosa creencia de que las pastillas disuelven los problemas, las angustias, los insomnios. Ahora se va pero me quedo con sus pastillas. (more…)
MartÃn ha decidido abreviar sus dÃas en Miami conmigo para invitar a su madre a Madrid y ParÃs, donde pasarán tres semanas. Cuando llegó a principios de mayo, me dijo que se quedarÃa todo el verano en Miami y volverÃa a Buenos Aires con la llegada de la primavera porque no soportaba el frÃo de su ciudad. Pero sólo ha pasado un mes y ahora parece que no soporta el calor de Miami y entonces vuelve a Buenos Aires a pesar de la ola de frÃo para llevar a su madre a Europa. Me da pena que se aleje de nuevo, pero también me alegra que Inés, que ha sufrido tanto en los últimos tiempos -perdió a una hija y se separó de su esposo-, pueda hacer este viaje con su hijo.
Tal vez deberÃa hacer un viaje con mi madre, invitarla a Madrid y ParÃs como MartÃn ha hecho tan generosamente con la suya, pero, a pesar de lo mucho que nos queremos, tengo miedo de que, estando tanto tiempo juntos, hablemos de las cosas que nos distancian y terminemos discutiendo. Ella nunca aceptará el amor entre personas del mismo sexo como algo natural y yo nunca sentiré simpatÃa por la rigidez moral del Opus Dei ni por los cardenales que ella admira. Ese abismo nos separa y me temo que nos separará siempre. PodrÃamos viajar juntos y no hablar de nada de eso, pero no sé de qué hablarÃamos si no podemos hablar de las cosas que de verdad importan, como el amor.
Por lo demás, no tengo ganas de viajar a ninguna parte, ni siquiera a Lima, donde están mis hijas, a quienes extraño los fines de semana que me quedo en Miami, a pesar de lo bien que me tratan en el spa del Ritz, donde puedo dar fe de que la felicidad existe y viene en la forma de una bata muy suave, unas sandalias de jebe, una cámara de vapor, un cuarto de relajación con muchas velas y luz tenue y música sosegada y un muchacho cubano que me trae tés verdes con miel y me pregunta si deseo un masaje más en la espalda. (more…)