Hace trece años SofÃa y yo nos separamos. Yo querÃa vivir solo. Ella no toleraba vivir sola con las niñas en Miami. Decidió volver a Lima. Le rogué que no lo hiciera, le dije que serÃa un error. Pero ella no soportaba la idea de quedarse cuidando a las niñas y darme la libertad de buscar otras formas de amor. Me sentirÃa tu empleada, me dijo. Y empacó todo y volvió a Lima.Recuerdo que me quebraba y lloraba cuando entraba al cuarto de mis hijas y no las encontraba durmiendo allÃ. Fue duro. Ya estaban en mi corazón y ahora, si querÃa verlas, debÃa tomar un avión a Lima, precisamente a Lima.
Pero eso no fue lo peor de todo, sino que SofÃa decidió vivir en la casa de huéspedes de la mansión de su madre, en la periferia de la ciudad. Esa casa de huéspedes, rodeada de un vivero, se hallaba deshabitaba y ruinosa, a punto de derrumbarse. SofÃa decidió hacer su casa allÃ. Me pareció un error y se lo dije, pero comprendà que era una mujer herida y necesitaba sentirse acompañada por su familia y la ayuda doméstica, que es en verdad otra familia (y a menudo más noble y leal que la biológica).
SofÃa y yo reconstruimos por completo la casa de huéspedes, ampliándola, cambiándole techos, pisos y paredes, modernizándola y decorándola y llenándola de aparatos modernos. En realidad todo lo hizo SofÃa, tan hacendosa; yo me limité a pagar, quejarme y cada tanto pedirle que volviera a Miami. La nueva casa quedó preciosa, en medio de un vivero lleno de flores exóticas, un lugar paradisÃaco para mis hijas. (more…)
HacÃa tres años que no venÃa a Madrid, desde que me dieron el finalista y luego me dijeron que no lo merecÃa y enseguida, como castigo, me llevaron un mes por toda España hablando las mismas cosas con cualquier periodista, impostor, aprendiz o gilipollas que pidiera media hora a solas conmigo. Y luego me llevaban al Corte Inglés y me sentaban a firmar libros, pero la poca gente que pasaba me miraba con extrañeza y hostilidad, salvo una señora que pensó que la mesa estaba en venta y me preguntó cuánto costaba, sin que yo supiera darle el precio, lo que la ofuscó.Madrid en setiembre es perfecto porque todavÃa hace calor, pero ya volvió la gente de vacaciones y no te sofocas como en agosto, que puede ser cruel. Y llegar un domingo a las nueve de la mañana es muy conveniente porque no hay tráfico y llegas rápido adonde quieras, no te enredas en los atascos de las entradas a la ciudad (aunque sà te pierdes inevitablemente en el aeropuerto, que, ya modernizado, se ha convertido en un laberinto borgiano con aires de Epcot, y por eso, extraviado, termino pasando por rayos X en un vuelo a Estambul). Lo malo es que, al encontrar por fin la salida de Barajas, el chofer no contesta mis preguntas, que son simples (¿qué le parece el gobierno?, ¿por quién votó usted?, ¿hizo bien Aragonés en dejar fuera de la Eurocopa a Raúl?), pues el viejo habla mucho, esquiva las cosas y al final babea una cháchara en la que no toma partido por nada, salvo cuando dice que él no votó por nadie y yo le pregunto si acá en España es obligatorio votar y él responde, riéndose: No, eso sólo pasa en las dictaduras africanas. Prefiero no decirle que en mi paÃs también.
Al llegar al departamento, que me han prestado unos amigos muy queridos, los Montaner, en Menéndez Pelayo, frente al Retiro, consigo entrar sin contratiempos, desactivar la alarma y me asalta una felicidad inesperada y me siento como en casa, disfrutando de la decoración sobria y refinada, de los libros (ninguno mÃo, por suerte) y los cuadros y retratos familiares, en los que Gina sale siempre tan guapa. Recuerdo cuando Carlos me prestó este departamento hace quince años, pues mi visa me obligaba a salir de Estados Unidos, donde vivÃa con SofÃa, y no querÃa volver al Perú de Fujimori y sus adulones, que por eso no compraban los libros de Vargas Llosa. (more…)
Cuando hace pocos meses nos mudamos a los nuevos estudios de Miami, advertà que el estudio estaba congelado y un aire gélido me daba en plena cara durante el programa y el público tosÃa y se quejaba.Dije irónicamente que estábamos transmitiendo desde Alaska y pedà que cuidaran la salud del público y la mÃa (que habÃa estado en el hospital por problemas respiratorios) apagando el aire o entibiándolo.
Al dÃa siguiente el dueño del canal envió un memo advirtiéndonos que no tolerarÃa quejas en público y que el próximo en quejarse serÃa despedido.
Esperé dos semanas a que atenuasen la frialdad del estudio, que me dejaba enfermo cada noche. Me quejé numerosas veces en privado, pero nadie me hizo caso.
El jueves perdà la paciencia (el público en el estudio me rogaba que bajaran el aire) y me volvà a quejar al aire y dije que asà como no me callaba ante las injusticias de Fidel y de Chávez, tampoco me callarÃa, como un empleado pusilánime y acobardado, ante esta injusticia del canal. (more…)
Yo querÃa dedicarle mi nuevo libro, El canalla sentimental, a MartÃn. No lo dudaba. Se lo merecÃa.MartÃn es mi amante argentino, el hombre que más he querido. En realidad se llama Luis MartÃn. Pero en la novela lo llamo MartÃn como a Sandra, la mujer que más he amado, la llamo SofÃa.
Le dije a Luis que querÃa dedicarle el libro pero no sabÃa qué escribir porque mis dedicatorias rozaban siempre la cursilerÃa. Le dije que habÃa pensado escribir: a Luis, a Luisito, a Lulito, a Pipito, a Popito, a Popi, a Lulini, a Luli, a vos, a mi chico, a L. Porque generalmente en la intimidad le digo Pipito, Popi o Lulito. Casi nunca le digo Luis, sólo se lo digo cuando estoy molesto, del mismo modo que él sólo me dice Jaime si está furioso, porque lo usual es que me diga JaimÃn.
La opción que descartamos fue a L. ParecÃa cobarde, una manera de encubrir su identidad masculina y sugerir que podÃa ser mujer.
Decidimos que lo apropiado era simplemente a Luis. Nada más. Ningún añadido de esos que me salen tan cursis: que me enseñó el amor, que me hizo hombre, que me hizo su aparato (porque Luis suele decir que soy un aparato, es decir, alguien bochornoso, impresentable). Asà quedó escrito en la primera versión que le mandé a Ana a Barcelona: a Luis. (more…)
El vuelo de Miami a Dallas sale a las siete de la mañana. No he dormido nada en casa. Mi asiento está en clase económica. Hace mucho que no viajo en económica, pero la tarifa de ejecutiva era brutal y me entró un arrebato de avaricia y me resigné a comprar en económica. Pido que me pasen a ejecutiva, sonrÃo con mi mejor cara de famoso, pero es en vano porque mi tarjeta dorada en American ha expirado hace dos años y no tengo derecho a pedir ningún privilegio.Ahora estoy en la fila diez y no puedo recordar la última vez que viajé en económica, han pasado muchos años desde aquella tortura cruel, pero la sensación de encogerse en ese asiento duro y angosto y limitar tan cercana y olorosamente con otras personas me provoca una crisis de angustia, ganas de salir huyendo de vuelta a casa y la tardÃa certeza de que no debà ahorrarme ese dinero. Ya es tarde. Ya estoy atrapado. Debo preservar la calma y procurar dormir. (more…)