Es martes, vÃsperas de navidad, y no puedo dormir porque me he hecho adicto a los capÃtulos de John Adams que se emitieron en HBO y que me hacen sentir orgulloso de haber adoptado la ciudadanÃa de los Estados Unidos de América. El peligro de ver esa estupenda miniserie es que despierta en mà la ambición megalómana por capturar el poder y dejar una huella indeleble en la historia de mi paÃs, como la dejaron aquellos bravos milicianos de Nueva Inglaterra que, arengados por pancartas que decÃan Appeal to Heaven, se atrevieron a desafiar al Imperio Británico y fundaron esta gran nación, afirmando el derecho constitucional a la búsqueda de la felicidad.Pero mi felicidad no está ni estará en creerme Adams, Washington, Jefferson o Franklin y tratar de refundar el paÃs refundido y rejodido en el que nacÃ. Mi felicidad, o la incierta búsqueda de ella, parece estar en esta isla tranquila, viendo los capÃtulos de John Adams, tal como me recomendó mi amigo Federico Jiménez Losantos cenando en Solchaga en Madrid, y no tratando de ser John Adams, pues tal emprendimiento imprudente y envanecido terminarÃa mal en cualquier caso, según me ha asegurado Federico, que de estas cosas sabe, y mucho: asesinado, en el mejor de los casos; preso, linchado, empalado por la multitud o envenenado por el cardenal o alguno de sus sicarios, muy probablemente; o, en el peor de los casos, ciñéndome la banda que tantos bribones y mequetrefes se han colgado en el pecho, pechos flácidos y de protuberantes glándulas mamarias que luego han engordado a expensas de los más pobres. (more…)
Esta historia me ocurrió hace unos años y siempre que la recuerdo me rÃo solo. Trataré de contarla tal como ocurrió, sin exagerar ni inventar nada.Era un dÃa de semana y habÃa quedado en encontrarme con Grettel en la chocolaterÃa Ghirardelli de Lincoln road. Grettel era una amiga cubana, casada, madre de una hija, esposa de un ejecutivo de la industria musical, que le decÃa a su esposo todos los miércoles por la tarde que tenÃa cita con el sicoanalista y ese sicoanalista era yo y mi consultorio era la chocolaterÃa de Lincoln road.
Grettel y yo éramos sólo amigos pero supongo que ambos sabÃamos que esa amistad estaba condenada a desbordarse y explorar otros territorios más peligrosos, pero esa es otra historia y es de hecho una historia que no terminó bien, que en cierto modo terminó con nuestra amistad, porque ahora ya no veo a Grettel los miércoles en la chocolaterÃa ni los dÃas clandestinos en que venÃa a mi casa cuando ya no era mi amiga sino también mi amante, una amante exigente y minuciosa en las órdenes que me daba para complacerla, pues asà se plantearon las reglas del juego entre nosotros desde el principio, ella era mi diosa y yo era su esclavo y hacÃa lo que ella me ordenase.
Por eso nos encontramos ese miércoles por la tarde en la chocolaterÃa de Lincoln road, porque a ella le encantaba tomar una copa gigantesca de helados, mientras yo la envidiaba y me resignaba a un austero té verde porque los helados me ponÃan gordÃsimo y si querÃa llevarme a Grettel a la cama no podÃa ponerme como un cerdo. (more…)
La última vez que estuve con Bolaño fue en una cafeterÃa de Barcelona. Me dijo que le habÃa gustado Los amigos que perdÃ, aunque entendà que le habÃa gustado menos que Yo amo a mi mami, novela que presentó en esa ciudad un año antes de ganar el Herralde con Los detectives salvajes. Me dijo: ten cuidado con los adjetivos. Tiempo después, Jordi Herralde me invitó a cenar en Barcelona. Comimos pescado. Al regreso, en su Volvo blanco antiguo, me dijo que Bolaño se inventaba enfermedades para no viajar a cumplir compromisos literarios por Europa y que asà no podÃa seguir ayudándole a difundir su obra en otras lenguas. Me dijo: en vÃsperas de viajes ya pactados y anunciados, siempre se enferma, y nunca sé si es una enfermedad real o imaginaria. Por eso, cuando, no mucho después, me contaron en un restaurante de Santiago de Chile que Bolaño estaba enfermo, dije que seguramente era un truco para no viajar y quedarse tranquilo en Blanes. Al dÃa siguiente supe que habÃa muerto y me sentà un idiota.La última vez que estuve con Carlos Enrique Cisneros fue en Joe Allen, un restaurante de Miami Beach que le gustaba mucho. ParecÃa tranquilo, contento, aunque en él habÃa siempre un aire de distancia impenetrable, tal vez el dolor de haber perdido a su padre ahogado tratando de rescatarlo a él, entonces un niño, en un rÃo venezolano. Esto lo marcó fatalmente y creo que le impidió disfrutar de la inmensa fortuna que poseÃa. Viajaba muchÃsimo, tanto que me daba vértigo, y sólo llevaba consigo una mochila y cuando tenÃa que llevar más cosas no usaba maletas, las enviaba antes en cajas por correo rápido. Aquella tarde, la última que estuvimos juntos, lo noté contento porque se habÃa enamorado de un mexicano y planeaban vivir juntos en la mansión de Palm Island, a la que tantas veces me invitó y nunca conocÃ, y en el departamento de Santa Mónica, porque Carlos Enrique, como buen Cisneros, no vivÃa en una ciudad, vivÃa en el mundo. TodavÃa no sé si la sobredosis que le quitó la vida fue deliberada o accidental. Quizá el mexicano lo dejó. Quizá se aburrió de viajar cada tres dÃas con una mochila. Quizá sólo querÃa dormir y no despertó más. Lo recuerdo ahora como un buen tipo. Pero creo que la culpa de su padre muriendo ahogado tratando de rescatarlo le jodió la vida. Carlos Enrique me preguntó una vez: cuando entras a una reunión, ¿te gusta que todos sepan que eres bisexual? Le respondÃ: Prefiero no entrar a ninguna reunión, pero si estoy obligado a entrar, sÃ, me gusta que todos lo sepan. En eso somos distintos, me dijo. (more…)
Hay una chica en mi cama y es lunes y en dos horas tengo que dejar el hotel y correr a darle un beso a mi hija menor que está enferma y luego correr en medio del tráfico espeso y caótico de Lima para llegar a tiempo a tomar el vuelo de regreso a la isla.La chica sabe que he reservado esas dos horas con ella y que no tengo un minuto más, sabe que he llegado a Lima el dÃa anterior y no he podido verla porque he estado enredado en compromisos familiares y grabaciones en el canal de televisión. La chica también sabe que esa mañana no he podido verla porque he acudido a una dependencia policial a someterme a un interrogatorio derivado de la querella que ha planteado contra mà una señora ignorante y codiciosa que se niega a aceptar que el tiempo nos corroe a todos y la televisión es una fiesta que no dura para siempre.
La chica está callada y por eso me gusta. La chica ha dejado a su novio y me ha ido a buscar al estudio de televisión varios domingos seguidos y me ha regalado fotos suyas (algunas muy perturbadoras, en el mejor sentido) y me ha dicho que sólo quiere ser mi amiga, sabiendo que eso es imposible y que es demasiado joven y deseable como para que yo me resigne a ser su amigo. La chica ha abandonado la universidad, ha conseguido que yo pague todo el semestre para que su padre no se entere de que ya no estudia filosofÃa, se ha matriculado en un taller literario dictado por dos escritores que se han pasado la vida diciendo que soy un escritor malo o incluso pésimo, y me ha dado a leer algunos cuentos que ella ha escrito, unos cuentos que me han gustado mucho, tanto que le he prometido que quizá algún dÃa los publicaré en un libro que me gustarÃa titular Pajas, tÃtulo que a ella le gusta también.
Los cuentos son todos muy personales y suelen narrar las peleas que ella tiene con su madre, que es adicta a las pastillas, y con su padre, que es alcohólico y sin embargo jugador de frontón, y con su ex novio, que la acosa por teléfono y le ruega que vuelva con él y alivia su tristeza visitando prostÃbulos, cosa que él inexplicablemente le cuenta y a ella le da asco y ganas de no verlo más. (more…)
Cuando la señora Mary Kirkpatrick enviudó hace unos años, heredó de su esposo de toda la vida (al que encontraron muerto de un infarto en un hotel de Lima, en el que se habÃa reunido con una prostituta de lujo, cuarenta años menor que él) una importante suma de dinero.Como la señora Mary nunca se habÃa preocupado por ganar dinero, pues de ello se ocupaba su marido, quien la mantenÃa holgadamente, no supo qué hacer con los millones que su esposo infiel le habÃa dejado en varias cuentas bancarias en Grand Cayman.
Por eso, al dÃa siguiente de los funerales de su esposo, la señora Mary reunió a sus tres hijos y les pidió consejo sobre cómo proteger y, si acaso, multiplicar el dinero que habÃa heredado.
Fátima, su hija mayor, le aconsejó que trasladase el dinero a un banco de inversiones de Nueva York. La señora Mary no le hizo caso porque Fátima se habÃa divorciado de Antonio (apodado inexplicablemente Popotito), con quien tenÃa dos hijos varones, y eso a ella le parecÃa una crueldad con el pobre Popotito, que habÃa tenido la mala suerte de enamorarse de su secretaria, algo que la señora Mary pensaba que Fátima debÃa haber pasado por alto, como ella habÃa ignorado, haciéndose la distraÃda, las repetidas travesuras amorosas de su marido ya muerto, y muerto precisamente en combate sexual con una prostituta de quinientos dólares la hora.
Su hijo Leopoldo le recomendó que comprase acciones en la compañÃa minera del hermano de doña Mary, el distinguido millonario solterón Henry Kirkpatrick III, uno de los hombres más ricos del paÃs. La señora Mary se negó rotundamente, sin dar explicaciones. Su hermano Henry tenÃa fama de homosexual discreto y todavÃa en ejercicio, lo que a ella, que era tan religiosa, le parecÃa una cosa muy mala, tan mala que por eso se negó a comprar acciones en la compañÃa de Henry, quien por lo demás era siempre generoso y encantador con ella. (more…)