Soñé que mi tÃo, el millonario con fama de avaro, el minero cuya fortuna se calculaba no en millones sino en centenares de millones de dólares, el solterón empedernido, el calvo chismoso y socarrón, el que me saludó desdeñosamente al lado del cadáver de mi padre, el que invitaba a mi madre todos los años a unos viajes fastuosos por Europa con mayordomo y chofer viajando con ellos, el navegante melancólico, el amante del mar, el homosexual discreto y encantador con tres copas de vino, se hallaba enfermo y sabÃa que su muerte era inminente y sentÃa un miedo muy humano ante el final inevitable.Soñé que mi tÃo, el millonario avaro que se burlaba de la fe de mi madre y de su militancia en el Opus Dei, llamándola “la beatita”, se asustaba tanto sabiendo que su enfermedad habÃa adquirido ya un carácter irreversible, que llamaba a mi madre y le pedÃa auxilio religioso y le decÃa que querÃa confesarse con el padre JoaquÃn, del Opus Dei, el mismo que confesó e impuso la extremaunción a mi padre agonizante, el mismo que me saludó amablemente al lado del cadáver de mi padre.
Soñé que mi madre confortaba a mi tÃo millonario, que le llevaba religiosos del Opus Dei para aliviarle los tormentos de la conciencia y facilitarte el tránsito al más allá, que le ponÃa estampitas de San José MarÃa en el pecho, que rezaban juntos él y ella la estampita, que mi tÃo se convertÃa fervorosamente en sus últimos dÃas y abrazaba con pasión temblorosa la fe en Dios y en su bienamado San José MarÃa, fundador del Opus Dei, y eso llenaba de dicha y consuelo a mi madre, que tan buena hermana habÃa sido siempre con él, soportando sus ironÃas crueles y sus regaños destemplados, acompañándolo sin muchas ganas en sus viajes principescos por el mundo, con chofer y mayordomo, sospechosos ambos, por su briosa juventud, de prestarle otros servicios en horas fuera de servicio. (more…)
Mis hijas han elegido pasar diez dÃas de sus vacaciones conmigo. No estaban obligadas a pasar esos dÃas conmigo. PodrÃan haber elegido quedarse en la playa con su madre, pero han decidido que prefieren subirse a un avión y arriesgarse a pasar diez dÃas conmigo en Miami.Es una halago y una reivindicación para mÃ. En julio me dijeron que no querÃan pasar sus vacaciones conmigo porque se aburrÃan, porque todo el dÃa andaba durmiendo la siesta y tosiendo, porque las condenaba a una rutina tediosa, densa, a ver pelÃculas que no siempre les interesaban, y por eso me dijeron, con una franqueza que dolió pero agradecÃ, que preferÃan pasar sus vacaciones de julio enteramente con su madre en ParÃs. Ese mes descubrà que, desde entonces y en adelante, mis hijas eligen con quién pasan sus vacaciones, cómo las dividen y cuánto tiempo dedican a sus padres. Ese mes, echándolas de menos, reparando en los errores que habÃa cometido para perderlas, comprendà que tenÃa que competir amorosamente con su madre para que ellas quisieran pasar al menos una parte de sus vacaciones conmigo.
Este mes de enero ha sido un pequeño triunfo en ese sentido. La victoria en realidad ha sido de su madre, como corresponde, pues las niñas decidieron pasar un mes y medio o más de sus vacaciones de verano con ella, en la playa, y con sus amigas y amigas, en el mundo divertido y estimulante de las fiestas, los chismes sobre amores incipientes o imaginarios, los mensajes de texto que van y vienen a toda hora y las noches locas con tacos altos en esa discoteca o bar polvoriento llamado “Juanito”, un mundo con el cual yo naturalmente no puedo competir, un mundo que me derrota de antemano. Pero al menos mis hijas me concedieron la alegrÃa de regalarme diez dÃas conmigo y se resignaron a pasarlos en Miami, una ciudad que antes les encantaba y ahora comienza a parecerles espantosa y crecientemente insoportable, cosa que no me ocurre a mÃ, lo que dice mucho de lo poco que soy. (more…)
No podrÃa probarlo, pero me asalta la poderosa sospecha de que la mayorÃa de los seres humanos no hemos sido planeados o planificados por nuestros padres, es decir que hemos llegado a nuestra precaria y fugaz condición de personas debido a un hecho más o menos fortuito o accidental, que, desde luego, nuestros padres no previeron ni probablemente desearon en el momento en que, tratando de gozar comprensible y humanamente de sus cuerpos, y no necesariamente tratando de reproducirse, dieron origen a nuestras vidas inesperadas.Creo, sin poder demostrarlo, que la inmensa mayorÃa de las personas hemos llegado bruscamente al mundo no porque nuestros padres lo desearon y planificaron cuidadosamente antes de que ocurriese nuestra concepción, sino porque nuestros padres simplemente desearon tener sexo, desearon compartir un momento de puro placer, lo desearon con tanto ardor que olvidaron tomar las debidas precauciones y luego se resignaron, más o menos abatidos, o más o menos esperanzados, a los hechos frÃos y consumados: ella habÃa quedado embarazada y no habÃa más remedio que aceptar la paternidad como un pesado mandato del destino que sólo los muy crueles osaban interrumpir para no complicarse más la vida.
PodrÃa apostar todo mi dinero (que no es mucho, pero es todo el que tengo) a que yo no fui un embarazo planeado, a que mis padres tampoco fueron embarazos planeados, a que ninguno de mis hermanos fue un embarazo planeado, a que ninguno de mis abuelos fue planeado, a que ninguno de mis tÃos y tÃas fueron planeados. PodrÃa apostar que toda o casi toda mi familia llegó al mundo de la misma manera como las demás familias suelen llegar al mundo: de casualidad, accidentalmente, por imprevisión, negligencia o calentura de los padres. No dudo, por supuesto, de que habÃa amor en las personas que nos concibieron, sólo me permito dudar de que en el momento en el que estaban copulando, estaban también pensando en concebirnos y deseando que tal cosa ocurriera. Creo que terminamos siendo un daño colateral o un precio a pagar por un momento de placer. Pero lo que en verdad dio origen a nuestras vidas no fue el deseo de que en efecto viviéramos, sino el deseo de nuestros padres a gozar de sus vidas, a gozar de sus vidas amándose más o menos torpe y descuidadamente. (more…)
No me gusta lamer genitales ni que laman los mÃos. No me gusta si se trata de mujeres o de varones. Me disgusta especialmente lamer genitales de mujeres y en muy raras ocasiones me puede gustar (aunque esto ya no me pasa hace años) que una mujer bese los mÃos.No me gusta penetrar orificios de mujeres y varones. No me gusta introducirme en cuevas, cavernas, túneles pedregosos, alcantarillas. No me gusta hundir mi fatigado colgajo en la baja policÃa de los individuos de este mundo. No encuentro placer alguno. Me da miedo, angustia y eso que ahora llamen estrés. Soy un enemigo de toda forma de penetración y, por extensión, de toda forma de pene que intente penetrarme.
En efecto, no sólo me disgusta introducir mi desdichada verga comatosa en cualquier orificio humano, seco o lubricado, sino que me disgusta todavÃa más que alguien, por lo general un varón, intente horadar el reducido y estragado agujero que controlan mis esfÃnteres para evacuar el vientre, una operación que, con cuarenta y cuatro años ya casi cumplidos, me resulta cada vez más ardua, seguramente por la masiva cantidad de psicotrópicos que están destruyendo mi hÃgado y mi vida en general, aunque paradójicamente dicha destrucción no parece exenta de placer, reflexión y conocimiento cabal de mis propias miserias. (more…)