Esperando a James

Posted by Jaime Bayly in Columnas, ... | 03.30.2009 - 11:03

Quiero tener un hijo. Estoy impaciente por tener un hijo. Estoy desesperado por tener un hijo. Siento que se me escapa la vida y no quiero irme sin dejar un hijo.Quiero que mi hijo se llame James. James a secas. James como debí llamarme yo, como me llaman mis hermanos. Jaime es un nombre atroz, un nombre sumiso, de chofer, de mayordomo. Yo soy un mayordomo, solo que no tengo claro quién es mi amo. Creo que soy un mayordomo de mí mismo.

Quiero que James sea gay. Sé que no depende de mí, pero si pudiera elegir, lo haría gay, condenadamente gay, felizmente gay, todo lo gay que no pude ser yo. No es improbable que lo sea. En mi familia no son infrecuentes los genes alegres. Abundan. A veces se esconden, a veces irrumpen con insolencia, pero están por todos lados. O sea que James, con suerte, saldrá gay. Dios quiera. Sería lindo tener un hijo muy gay.

Quiero que James nazca en una ciudad propicia para la felicidad. Es decir que no quiero que nazca en Lima ni en ninguna ciudad, aldea o caserío peruano. Quiero que nazca en Dublín, en Estocolmo o en Copenhague. Lo lógico y natural sería que naciera en Dublín porque de allí vienen mis antepasados, ilustres borrachos tacaños. Nunca entenderé cómo y por qué un señor irlandés se subió a un barco, huyendo sabe Dios de qué, y terminó arrojado meses después en el puerto del Callao, que era como irse al infierno sin haberse muerto. Nunca debió ese señor huir de su isla flemática y afincarse en el país gris. Mucha desdicha, muchas suertes torcidas, mucha infelicidad soterrada, muchos destinos castrados, mutilados, se desprendieron de esa incomprensible decisión que tomó el caballero irlandés.

Quiero que James sea peluquero, diseñador de modas o decorador de interiores. Quiero que sea muy bello y que persiga ciegamente la belleza y solo la belleza. Quiero que solo crea en lo que se puede ver y tocar y que se ame a sí mismo más que a todos los prójimos sumados y hacinados. Quiero que sea egoísta, ególatra, egocéntrico. Quiero que esté absolutamente fascinado de conocerse. Quiero que sus manos le den más placer que las de cualquier otra criatura humana. Quiero que James no se parezca en nada a mí y se parezca completamente a su madre. El problema es que no sé quién debería ser su madre.

Aquí es cuando las cosas se enredan y me dan ganas de llorar como una quinceañera, que es la única manera de llorar que conozco. (more…)


El cazador de osos

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 03.23.2009 - 11:03

Eran las tres de la mañana y yo estaba en el bar de un hotel en Nassau escribiéndole correos electrónicos a una mujer hermosa y esquiva porque a mi habitación, una cabaña multicolor frente al mar, no llegaba la conexión de Internet.De pronto entró un hombre alto, canoso, en traje de baño y chancletas, y pidió con aire mandón que le sirvieran diez cervezas heladas. El recepcionista le dijo que el bar estaba cerrado. El hombre le habló como si fuera el dueño de ese hotel, de todos los hoteles de Nassau:

-Toma este billete de cien dólares, abre el bar ahora mismo y tráeme las diez cervezas.

El moreno cogió el billete y, temeroso, obedeció. El hombre me miró y me invitó a su mesa a tomar las diez cervezas.

-No tomo, le dije. Me han operado del hígado. No puedo tomar alcohol.
-No importa, dijo él. Acompáñame. No es bueno tomar solo.
Me lo dijo con una mirada cínica, brillante, superior en todo sentido a mí. Me lo dijo con la autoridad de un hombre que sabía de la vida mucho más que yo. Y me lo dijo con un solo brazo, porque el otro no estaba más, era solo la manga arrugada de su camisa blanca. Por esas dos razones, porque advertí que era sobradamente más inteligente que yo y porque le faltaba un brazo, no dudé en coger mi laptop y mi Gatorade naranja y acompañarlo a la mesa de la terraza.

El tipo se llamaba Tom, tenía cuarenta y ocho años, vivía entre Manhattan y Nassau, estaba casado, era padre de tres hijos pequeños y venía de pasar el domingo navegando, pescando, buceando, disparando arpones a los tiburones. Me quedó claro que Tom era un formidable hijo de puta, un cabrón tan listo como encantador, un sujeto con pocos escrúpulos que hacía exactamente lo que le daba la gana, aun cuando sus ganas pudieran estar reñidas con la ley.
No me pareció pertinente preguntarle qué fue del brazo que le faltaba, dejé que las cervezas hablasen por él.

Hablamos de Bernie Madoff. Me dijo que lo conoció el 2001 y que pelearon a gritos en la oficina de Madoff y le dijo en su cara que era “a crook, a swindler, a despicable thief”. Me dijo que la gigantesca estafa de Madoff y el colapso de Lehman Brothers habían jugado a su favor, porque él era dueño de un banco de inversiones en Manhattan y desde el 2000 había advertido a sus clientes que Madoff era un estafador refinado y peligroso y que Lehman y Merril Lynch se irían al carajo. Me dijo sonriendo que estos tiempos de crisis eran buenos para sus negocios porque la gente, asustada, le confiaba su dinero o lo poco que le quedaba de su dinero, él se había ganado esa confianza. (more…)


La isla del Tano

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 03.16.2009 - 11:02

No me pregunten cómo he terminado con El Tano y su novia en una isla desierta de las Bahamas.No sé mucho del Tano, lo conocí la otra noche en un hotel de Nassau, me pidió la laptop en el bar del Compass Point para leer sus correos, me dijo que su hija estaba en las Galápagos y que no sabía nada de ella, la novia del Tano me preguntó por qué llevaba boina y chalina en Nassau y luego me preguntó sin esperar mi respuesta si yo era canadiense y le dije que sí, que soy de Montreal.

Todo lo que sé del Tano es que es argentino, vive en Nueva York desde que tenía veinte años (y ahora tiene cincuenta) y alquila cincuenta departamentos amoblados en esa ciudad. Todo lo que sé del Tano es que es dueño de cincuenta departamentos de lujo en Manhattan, que le dejan un millón de dólares al mes. Está claro que el Tano es un maestro porque además me cuenta todo eso como si me estuviera contando que está resfriado.

Todo lo que sé de la novia del Tano es que es sueca y bastante menor que yo y está siempre un tanto borracha y coqueteando, lo que no parece molestarle al Tano, porque el Tano es un grande y nada parece molestarle a estas alturas.

Tan grande es el Tano que se ha comprado una isla virgen en las Bahamas por doce millones de dólares y me ha dicho para ir a visitarla y cuando le dije aquella noche en el bar del Compass Point que sí, que iríamos al día siguiente, estaba seguro de que todo era mentira, su isla de la fantasía y mi entusiasmo por conocerla, pero ahora un avión bimotor ha acuatizado frente a una isla desierta más grande que Key Biscayne, a la que hemos llegado volando cuarenta minutos sobre un mar tan transparente que podías ver los tiburones.

El Tano, la sueca y yo hemos bajado de la avioneta, saltado al mar y, con el agua rozándonos el ombligo, hemos caminado hasta la orilla de la isla del Tano, que a lo mejor no es del Tano, pero que él reclama como suya, y nos hemos sentado a la sombra de un árbol y era como estar en un capítulo de Lost esperando a que viniera una criatura monstruosa a devorarnos y arrojar nuestras extremidades en las copas de los árboles. (more…)


El archipiélago infinito

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 03.09.2009 - 11:01

No estaba originalmente deprimido. Me propuse tomar antidepresivos para evitar sentirme deprimido. Llegué a tomar ocho al día para espantar al fantasma de la melancolía suicida. Me hicieron sentir tan no deprimido que terminé atropellado en Madrid. Acabé en el hospital con el brazo fracturado y la cara ensangrentada. Eso me deprimió. Las pastillas me traicionaron: por tomarlas terminé más deprimido de lo que estaba. En realidad ni siquiera estaba deprimido antes de tomarlas, era solo la curiosidad malsana de sentir sus efectos.No estaba originalmente impotente. Las pastillas acabaron con la poca lujuria que todavía latía en mi bajo vientre. Eso me hundió en otra severa depresión. Lo intenté con un hombre y con una mujer y no pude en ningún caso. Se suponía que las pastillas me harían sentir bien y ahora me sentía asqueado de mi cuerpo por no poder ejercer mi virilidad. Ya no podría tener el hijo gay que hubiera querido. Las pastillas me habían traicionado, yo mismo me había traicionado, y de paso había traicionado a mi hijo gay no nato, aunque gay innato.

No estaba originalmente perdiendo pelo. Las pastillas provocaron la gradual y sostenida caída de mi frondosa cabellera. Todos los días al salir de la ducha o al peinarme veía los mechones que quedaban expuestos, delatando mi creciente calvicie. Por no querer sentirme deprimido terminé perdiendo pelo y viendo en el monitor de la televisión el epicentro de mi cabeza despoblada de pelo e ideas. Eso me deprimió, las pastillas me traicionaron una vez más.

No estaba originalmente lleno de piedras en la vesícula y el conducto biliar. Comía, bebía, montaba en bicicleta y corría en la faja. Un año después de empezar con las pastillas, un año exacto, me puse amarillo, terminé anestesiado en el hospital, me sacaron no sé cuántas piedras y ahora me encontraba amarrado a una cama recibiendo suero y morfina y escuchando a tres señoras rezar por mí y soportando los cuentos de las enfermeras insomnes y las visitas de los amigos pérfidos. Todo me deprimió en grado sumo, nada de eso habría pasado de haberme ahorrado las pastillas que me receté con arrogancia. (more…)


Víboras en el paraíso

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 03.02.2009 - 10:58

Yo no quería irme de Montevideo, no quería irme nunca de esa ciudad tan estimable, pero unos amigos muy queridos insistieron en prestarme su casa en José Ignacio y enviaron al chofer a buscarme al hotel y no pude rehusarme, no quise hacerles un desaire, y si bien me daba pereza viajar dos horas en auto a ese balneario exclusivo, también me azuzaba la curiosidad de hundir mis zapatos talla catorce en las arenas rojizas, casi marcianas, de la chacra de José Ignacio.El viaje en la camioneta de mis amigos fue lento y sosegado, pues el chofer conducía con extrema prudencia mientras yo escuchaba los siete discos que mi hija me había regalado por mi cumpleaños con las canciones que más le gustaban, ninguna de las cuales, ninguna, me disgustó escuchar: fue lindo descubrir que musicalmente mi hija y yo somos almas gemelas, como Nick y Norah en esa película genial que vi hace poco, en la que él y ella, en medio del vértigo de una noche infinita de Manhattan, se resignan a aceptar el hecho mágico y a la vez abrumador de que la música los ha unido y ahora no les queda sino amarse.

En cierto modo fue también la música lo que me unió a mis amigos queridos que me prestaron su casa de José Ignacio, aunque prefiero no entrar en detalles por respeto a su privacidad. Digamos simplemente que esos amigos son como mis hermanos y que la música que yo escucho es a menudo la que ellos hacen con tanta pasión como talento. Digamos que nunca me cansaré de escuchar sus canciones, como nunca me cansé de estar en su casa de José Ignacio, en la que quería quedarme a vivir ya no como amigo sino como casero a sueldo, renunciando a la televisión y dedicándome a cortar y regar la hierba, limpiar la casa, comprar los víveres, alimentar a los perros, las ovejas y los caballos y mantener todo en orden a la espera de la llegada de mis amigos ahora devenidos jefes y empleadores en mi imaginación de escritor mediocre. (more…)