Cuando me invitan a Madrid a dar una conferencia, no puedo decir que no.
No es que tenga nada importante que decir, en realidad siempre doy conferencias sin saber lo que estoy diciendo y cuando termino no recuerdo nada de lo que dije, y eso es lo lindo de dar conferencias, no saber lo que vas a decir en la siguiente frase y llenar los silencios con palabras inesperadas y seguramente equivocadas.Lo que ocurre es que siempre tengo ganas de volver a Madrid.
Y es que cuando era joven soñaba con vivir en Madrid y aun ahora, cuando estoy en América, pienso que mi vida serÃa mejor o más intensa si viviera en Madrid. La otra noche en Buenos Aires fumamos unas hierbas y le dije a una amiga que querÃa tomarme un año sabático en Madrid sin subirme a un solo avión y ella (que no habÃa fumado, y allà está el mérito) me preguntó si un año sabático era uno en el que te proponÃas leer todos los libros de Sábato. Yo me reà y le dije que en efecto era Sábato quien habÃa inventado el concepto del año sabático para que la gente tuviera tiempo de leer sus libros.
Pero me pasa que cuando estoy en Madrid, como ahora, recuerdo lo que ya sabÃa: que es mucho más cómodo vivir en América y venir de vez en cuando, por ejemplo cuando me invitan a dar una conferencia. Esto no es novedad, es algo que, sospecho, nos pasa a todos: siempre quieres estar en otra parte, en el lugar en el que no estás.
El viaje comenzó de la peor manera: te sientas y escuchas al piloto decir que hay fallas mecánicas. En media hora dice que siguen reparando las averÃas y que dará un nuevo reporte en una hora. Y asà el capitán se convierte en el reportero de un informativo que, como en la vida misma, solo trae malas noticias. Porque ya llevas cuatro horas sentado, que serÃa la mitad del vuelo a Madrid, y el avión sigue sin moverse de Miami y te arrepientes de haber aceptado la invitación a la conferencia.
Pero ya es tarde. Ya no te dejan bajar del avión. Una vez que subes, eres un rehén. Después dicen que los Estados Unidos son el paraÃso de la libertad y no tienes la libertad de bajarte de un avión averiado. (more…)
No es una buena idea ir a un concierto de los B-52’s si no sabes quiénes son los B-52’s.Sin embargo allà estaba entrando al Luna Park de Buenos Aires un miércoles a las ocho y media de la noche e instalándome en la primera fila, asiento 25, para ver a los B-52’s sin saber ninguna de sus canciones.
Supongo que esas son cosas que se hacen por amor, cosas de las que luego te arrepientes.
Siempre que voy a un concierto con MartÃn, salgo con la cabeza taladrada de tanta bulla y pensando que debo comprar la música de Bach y no ir a un concierto más.
Eso mismo me pasó cuando fuimos a ver a Madonna en el Madison, a Pink en un bar de Palm Beach, a No Doubt en Sacramento, a Gwen Stefani en una discoteca gay de Londres, a Cristina Aguilera en Saturday Night Live, a Keane en la cancha de River. Siempre salà aturdido, con dolor de cabeza, pensando que habÃa pagado para sufrir, deseando escuchar a Bach y solo a Bach y en lo posible a Bach a solas.
Es decir que siempre que voy a un concierto con MartÃn acabo odiando la música que ama MartÃn y por extensión acabo pensando que no me conviene amar tanto a MartÃn.
Pero ya se sabe que uno no elige a la persona a la que ama.
Lo peor de ver a los B-52’s no fueron ellos, que tienen el mérito de envejecer como reptiles cantando las mismas canciones de hace mil años, sino los espectadores de la primera fila, que se sabÃan todas, absolutamente todas las canciones de los B-52’s, y las cantaban a gritos, más a gritos que los propios cantantes, y saltaban y brincaban y hacÃan cabriolas y no cesaban de tomarse fotos de manera tal que sus caras congestionadas por la euforia estúpida apareciesen en primer plano y detrás una de las gorditas adorables o el lagarto que cantaba con ellas. Estos chicos de primera fila eran, por supuesto, todos gays y no se sentaron un solo momento, bailaron desenfrenadamente la hora y media que duró el concierto y no exagero si digo que se sacaron decenas de fotos con unas sonrisas altamente cuestionables y uno de ellos llegó a tocar la mano de una de las gorditas adorables de B-52’s, la que canta “Candy” con Iggy Pop, otro reptil que me resulta tan respetable como indeseable de mirar en vivo, si sigue vivo. (more…)
Las cosas nunca pasan como las planeas, esto ya deberÃas saberlo.
Por lo general, los planes que haces se tuercen para mal y la vida termina siendo una pelÃcula bastante más mediocre de la que habÃas dirigido en tu imaginación.No fue esto lo que me pasó en Semana Santa en Buenos Aires. Una cadena de eventos infortunados terminó en un momento luminoso y feliz. Nada por supuesto estaba planeado.
Lo que estaba planeado era llegar a mi departamento en San Isidro a las nueve de la mañana del lunes, en un auto negro blindado que me cobró quinientos pesos y me llevó por una ruta inhabitual, protegiéndome de los que quieren matarme, que saben que es aquà donde soy más vulnerable y donde ellos operan con absoluta impunidad.
Lo que no estaba planeado, y aquà comenzó a urdirse la trama del relato dictado por el azar, ese narrador infatigable, era que el vecino del primer piso estuviera rompiendo todo el baño a martillazos para refaccionarlo. Bajé, hablé con él, le pregunté cuántos dÃas durarÃa la obra, me informó que la cosa recién comenzaba y tenÃa para dos semanas, comenzando a las ocho de la mañana y terminando a las seis de la tarde, incluyendo los dÃas feriados de Semana Santa. Le deseé suerte, subà al departamento y comprendà que tenÃa que irme de inmediato.
Una opción era volver a Lima, pero en Lima las cosas suelen pasar como las planeas y eso acaba por aburrirte.
Otra opción era escapar a Montevideo, pero no tenÃa ganas de subir a un avión más. (more…)
Una de las cosas raras que tiene la televisión es que todas las noches una mujer te maquilla la cara.Antes detestaba que me maquillasen. Ahora, disfruto cada segundo y pido que me maquillen un poco más. Será que antes me resultaba menos arduo encontrar a una mujer que me acaricie la cara.
Lo que no tolero es que me maquillen en presencia de otras personas. El maquillaje debe ser un acto confinado a la más estricta intimidad. La maquilladora y yo nos encerramos en un pequeño cuarto iluminado y, mientras ella esparce la base con una esponja y me espolvorea y me pinta las pestañas y los labios y deja que salga la mujer que se agazapa en mÃ, nos entregamos a un intercambio de chismes menudos, de pequeñas intrigas, de confidencias sobre nuestras desgracias sentimentales.
Llevo veinticinco años saliendo en televisión. Me han maquillado muchas maquilladoras. Pocas sin, embargo, han sido mis amigas. Hay maquilladoras que te atienden como si te estuvieran lijando, abofeteando o arañando. Hay maquilladoras mudas. Hay maquilladoras malvadas, que te maquillan para que quedes horrible y parezcas un esperpento, una cosa ridÃcula. Casi todas las maquilladoras son mujeres frustradas, avinagradas, porque ganan poco dinero y saben que las caras que ellas maquillan ganan muchÃsimo más dinero que ellas y eso les parece una injusticia grotesca y por eso se ensañan contigo y te aplican la base incorrecta o un colorete en los labios completamente amariconado.
Son muy pocas las maquilladoras que han sido mis amigas. Esto nada tiene que ver con sus habilidades o talentos en el oficio de pintarme la cara, disimularme los granos y secarme la grasa con papeles de arroz; esto tiene que ver con la confianza que ellas me han inspirado. Como regla general desconfÃo de las maquilladoras, del mismo modo que desconfÃo de los peluqueros, pues toda la información que les cuente podrÃa ser usada en mi contra. Sin embargo, he tenido la suerte de conocer a unas pocas maquilladoras a las que probablemente no olvidaré, y no afirmo con toda seguridad que no las olvidaré porque últimamente me olvido de todo y además podrÃa darme mal de Alzheimer y entonces ¿cómo podrÃa asegurar que nunca las olvidaré, si quizá algún dÃa no sepa que esa mujer que me sonrÃe es mi hija? (more…)