El escritor se ha resignado a salir en la televisión todas las noches porque sabe que carece de talento para ganar con sus libros el mismo dinero que gana en la televisión y porque sabe que carece de coraje para vivir pobremente, como viven o vivieron algunos escritores que admira.La televisión es entonces una derrota moral para el escritor, el recuerdo permanente de su mediocridad. Lo que otros perciben como un éxito personal (lo que otros incluso le envidian) resulta para él un fracaso abrumador del que ya no tiene esperanzas de recuperarse, después de haber publicado diez novelas.
Si no ha podido ganarse la vida como escritor con diez novelas publicadas y traducidas a algunos idiomas, y si sus obligaciones económicas no tienden a disminuir sino a multiplicarse a medida que sus hijas crecen, parece altamente improbable (casi tan improbable como ganarse la loterÃa) que el escritor consiga emanciparse de las penosas servidumbres de la televisión (penosas al menos para él) y cumplir su sueño de retirarse a vivir del dinero que le procuren las ventas de sus libros.
Ya que está condenado a desempeñar ese oficio alimenticio (un oficio que, por cierto, podrÃa ser mucho peor, porque después de todo le pagan por hablar, y por hablar sentado, y por hablar sentado cosas que a menudo no tienen el menor sentido, pero que son ocasionalmente divertidas), el escritor venga su probada mediocridad (una mediocridad que recuerda cada noche, mientras lo están maquillando) tratando de gozar, si cabe, de la hora o las horas en que alquila su rostro, sus palabras, sus sonrisas, su fatigada habilidad para seducir a los incautos y confundidos. Puesto que le parece inevitable prostituirse para que su familia y él vivan con una cierta comodidad, procura hallar placer en el meretricio intelectual o moral al que se ha abandonado. Dado que posa de bufón o francotirador (haciendo alarde de una inteligencia impostada o exagerada, simulando ser más inteligente de lo que él sabe que en verdad es, pues si de veras fuese inteligente se ganarÃa la vida como escritor y no como bufón), intenta que dicha postura histriónica no resulte del todo incómoda y, en lo posible, sea incluso placentera.
No por someterse al vértigo carnavalesco de la televisión todas las noches el escritor ha dejado de escribir. No por ganar más dinero del que nunca imaginó se ha sentido exonerado del deber o la urgencia de seguir escribiendo. PodrÃa no escribir más: tendrÃa en la televisión y sus lastres, yugos y humillaciones la coartada perfecta para dejar de escribir. Nada ni nadie lo obliga a seguir escribiendo. Ya no escribe novelas con la esperanza de que alguna de ellas se convierta en un éxito impensado de ventas y lo rescate de la cloaca o el prostÃbulo que es para él la televisión. Sabe que es un escritor mediocre, sabe que sus libros nunca lo harán rico, sabe que no podrá vivir la utopÃa de renunciar a la televisión y retirarse discretamente a escribir, sabe que envejecerá impúdicamente en la televisión y algún dÃa lo despedirán por viejo, calvo, aburrido y desdentado, y no por eso ha dejado de escribir todas las noches, al volver del programa (y a menudo para olvidar el programa). (more…)