Por qué mueren los amigos

Posted by Jaime Bayly in Columnas, ... | 07.27.2009 - 16:16

Hay amigos que se mueren de pronto y hay amigos que siguen vivos pero es como si ya estuvieran muertos. La muerte de estos suele ser provocada por una suma de decepciones, mezquindades y desengaños que uno percibe como tales (una percepción que no siempre tiene asidero real); la de aquellos suele dejarnos con el mal sabor y la culpa de que no supimos querer y frecuentar al amigo que ya no estará más.

Curiosamente, puede que duela más la muerte de los amigos que siguen vivos que la muerte de los que de verdad han expirado. Los que siguen vivos nos recuerdan un fracaso (un fracaso que siempre es compartido por el amigo que se nos murió virtualmente y por nosotros, que lo dejamos morir con cierto despecho o rencor). Los que de verdad se murieron nos recuerdan un fracaso distinto: que no supimos estar a la altura de los desafíos que aquella amistad planteaba, que no cuidamos esa amistad como debimos, que no vimos todo lo que hubiéramos querido a ese amigo al que ya no veremos más.

En ambos casos, sin embargo, y quizá porque uno se hunde en la trinchera del cinismo para sobrevivir a las balas enemigas (que con el paso del tiempo silban más cerca de nuestras cabezas), la reacción más habitual cuando muere un amigo, sea virtual o real su deceso, es pensar que esa amistad no se desarrolló todo lo que podría haberse desarrollado no por culpa nuestra sino porque el amigo perdido no supo entendernos y querernos como éramos, porque el amigo muerto no daba la talla, no era tan buena gente como pensábamos, o porque ese amigo, siendo en apariencia nuestro amigo, era en realidad un tipo más o menos pesado, irritante, que, con el paso de los años, se fue haciendo cada vez menos simpático y más insoportable.

Las personas suelen practicar la curiosa costumbre de no hablar mal de un muerto (al menos en público). A muchos les parece que hablar mal de un muerto, aun si el muerto fue un miserable, es de mal gusto. Tal vez por eso, cuando se muere un amigo al que, al mismo tiempo, apreciábamos y evitábamos sistemáticamente porque su presencia nos resultaba incómoda después de los primeros cinco minutos, sentimos una rara mezcla de tristeza porque no lo veremos más y de alivio porque, en realidad, ya habíamos decidido que no queríamos verlo más.

Me pasa a menudo cuando muere un amigo que me digo: qué pena que no pude verlo una última vez, que pena que no alcancé a tener un gesto de generosidad con él, que lástima que no supe expresarle mi cariño. Poco después me digo: qué alivio saber que ya no me lo encontraré en el pasillo de un aeropuerto o en el restaurante en el que a veces coincidíamos (y donde yo me escondía de él) o en una librería o en un café.

En cualquier caso, parece un hecho que, a med (more…)


Plegarias no atendidas

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 07.20.2009 - 16:11

Hace diez años, una noche de junio, me invitaron a una fiesta gay en la mansión Vizcaya de Coconut Grove. Al tiempo que los anfitriones me dejaban saber que se trataba de una fiesta muy exclusiva a la que asistirían gays millonarios como Calvin Klein y David Geffen, me informaron minuciosa y enfáticamente de que debía ir vestido de blanco por completo, de los zapatos al sombrero o la gorra si se me ocurría llevar la cabeza cubierta, dado que dicha fiesta llevaba el nombre de White Party.

No por rebelde, sino porque no tenía pantalones ni zapatos blancos y carecía de vitalidad o espíritu glamoroso para salir a comprarlos, me vestí de negro y pensé que no me dejarían entrar por violar el estricto código de etiqueta nívea. Tal vez porque me reconocieron de la televisión o porque pensaron que me había vestido de negro para hacerles un desplante nihilista o porque creyeron que mi reticencia a disfrazarme de blanco tenía que ver con que no me sentía del todo gay sino solo en parte, los suaves y fornidos señores que permitían la entrada de unos y echaban a otros sin miramientos me saludaron con simpatía y me dieron la bienvenida a la mansión.

De pronto me encontré en medio de un enjambre jubiloso de querubines afeminados, travestis emplumados con las bocas ahítas de carmín, señores distinguidos que bebían champagne delicadamente y recios varones de brazos marineros, todos en perfecta comunión o reverencia al dios que adoraban esa noche, el color blanco inmaculado y purísimo, un blanco que refulgía, un blanco tan blanco como el de la nieve recién caída antes de ser pisada, un blanco que parecía, por lo mucho que resplandecía con una textura fosforescente, un color que ellos se habían inventado y yo no había visto antes.

Comprensiblemente, me sentí incómodo y fuera de lugar, me sentí una mancha humana, me sentí un intruso que contaminaba tanta felicidad translúcida, risueña y apretujada, alguien que afeaba la fiesta con sus vaqueros gastados, sus zapatos negros y su barriga insoslayable. Sentí además un número no menor de miradas reprobatorias que desdeñaban con un mohín torcido menos mi ropa desafiante que mi panza bochornosa.

Poco duré en la fiesta. Ya me iba cuando advertí que estaban expulsando de la mansión a un joven fornido, de corta estatura, vestido de negro. Apuré mis pasos y lo saludé y elogié su buen gusto. Nos hicimos amigos. Era alemán, hablaba inglés perfectamente, trabajaba como modelo a pesar de no ser alto, se llamaba Harry (o así dijo que se llamaba y yo no le creí porque aquella noche había en el ambiente un cierto aire falso a felicidad simulada, esforzada, posada).

Hacía ya unos años que me había divorciado y vivía solo en Miami y esperaba con creciente impaciencia la oportunidad de irme a la cama con un hombre atractivo, sin pagarle ni jugarme la vida. Harry pareció esa oportunidad que había esperado dos o tres años: era joven, guapo, divertido, tenía un lindo cuerpo y cara de chico bueno y por suerte no sabía quién era yo, no me había visto nunca en televisión ni había leído las ficciones más o menos chapuceras que había publicado. Tanto mejor. (more…)


La ropa escondida

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 07.13.2009 - 9:48

Mi hija mayor, que es tan inteligente y responsable que no parece mi hija, decidió inscribirse en unos cursos de verano en la universidad de Brown, a pesar de que solo tiene quince años.

Aunque desconfío de las universidades y tiendo a creer que la mayor parte de las cosas que en ellas se enseñan son más o menos inútiles y poco o nada tienen que ver con la felicidad (que tanto tiene que ver con el azar y tan poco con los estudios), me pareció estupendo que mi hija tuviese unas semanas de libertad, acompañada de sus mejores amigas, en Providence, Rhode Island.

A decir verdad, poco importaba que me pareciera estupendo, pues, de haber pensado que mi hija estaba cometiendo un error, ella, por supuesto, no hubiese cambiado sus planes. Mi relación con ella no es una de amistad sino de obediencia y sumisión. Quiero decir, ella manda, yo obedezco y pago, y de ese modo ambos somos felices.

Como consecuencia de su decisión, y como yo no podía viajar a buscarla cuando terminase el curso, convencí a su madre y su hermana de que viajasen a Boston a reunirse en esa ciudad con ella, que tomaría un tren desde Providence, nada más terminar el curso de verano, que era (y esto me pareció notable) sobre la relación entre la política, la música y la poesía. Si me encargaran dictar un curso sobre tan ardua cuestión, me arriesgaría a postular apenas dos ideas: los músicos y los poetas mitigan o alivian el daño estético, acústico y moral que perpetran los políticos y nos salvan del suicidio colectivo; si los músicos y los poetas se dedicasen a la política y los políticos, a la música y la poesía, todo sería mucho peor y ya nada nos salvaría del suicidio colectivo. Por suerte para mi hija, no fui su profesor.

Como era previsible, no fue laborioso convencer a Sofía y a Lola de que viajasen a Boston. Aceptaron encantadas. Ambas (y en esto se parecen mucho) ven siempre con entusiasmo la idea de subirse a un avión, sea para ir al lago Titicaca, a la selva amazónica o a Nueva Inglaterra. Ambas son notablemente inquietas y asocian el placer al movimiento continuo, al cambio frecuente de paisajes, escenarios y usos horarios.

Dado que no hay vuelos directos entre Lima y Boston, les pareció razonable pasar un fin de semana en Miami conmigo, antes de seguir viaje al norte. Solo había un problema, y es que Martín estaba en mi casa, escapando del invierno argentino. (more…)


Tranquilo, Jimmy, tranquilo

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 07.06.2009 - 19:32

Dicen que todos los días se aprende algo nuevo. Si aprendes algo viejo, es que ya lo sabías pero lo habías olvidado. Digamos que todos los días se aprende algo. Digamos incluso que, con suerte, o con mala suerte (porque no todo lo que se aprende resulta placentero de aprender), todos los días se aprende un puñado de cosas, varias cosas a la vez.

El otro día fue uno de esos días en los que aprendí varias cosas a la vez, cosas que tendría que haber sabido pero que, por tonto o por viejo o por viejo tonto, había olvidado o no había registrado en mi memoria debidamente.
Todo comenzó en el baño de un aeropuerto. En general, no soy partidario de visitar los baños de un aeropuerto, los baños públicos. Pero hay momentos en los que es urgente, impostergable, correr al baño más cercano. Es lo que me pasó el otro día. Sentí un terremoto intestinal y atropellé mis pasos hasta sentarme en el inodoro del baño del aeropuerto. Hice conforme a ley mis deposiciones. Sin entrar en detalles escatológicos, dejé una bomba de neutrones. Cumplida la violenta evacuación intestinal, acerqué mi mano en busca del papel sanitario. No había tal cosa. Miré en los alrededores del retrete y comprobé con pavor que no había nada de papel higiénico. En el basurero habían arrojado papeles arrugados con secreciones innombrables: un mínimo sentido de la dignidad me previno de limpiarme con esos desechos.
Con las posaderas sucias y sin papel a la vista, me dije: Si quieres ser presidente de tu país, tienes que ser capaz de salir de esta crisis. Es tu prueba de fuego. No pierdas la calma. Piensa. No entres en pánico. No grites. No llores. Piensa.

Lo único que fui capaz de pensar fue lo siguiente: Con suerte en el inodoro vecino encontraré papel higiénico, solo tengo que esperar a que se desocupe y luego reptar sigilosamente, como soldado en combate, hasta el rollo de papel ultrasuave.

Mientras esperaba a que el caballero que ocupaba el inodoro adyacente terminase de hacer sus deposiciones conforme a ley, me hice dos preguntas que hasta ahora no soy capaz de responder: ¿Quién inventó el papel higiénico? ¿Cómo se limpiaban el trasero los hombres antes de que se inventase dicho papel? También me asaltó la siguiente reflexión: En los siglos pasados en que no se había inventado el papel sanitario y los hombres defecaban igualmente y se limpiaban con las hojas de los árboles o con sus recias manos, esos hombres mal limpiados debían de vivir escaldados, y el escozor o las irritaciones provocadas por las escaldaduras debieron de ser el origen de muchas guerras y asesinatos. Un hombre escaldado tiene que ser un hombre peligroso, un hombre a punto de cometer un crimen. (more…)