Gwyneth Paltrow dijo cierta vez, hablando en perfecto español (idioma que aprendió siendo una adolescente, viviendo en casa de una familia española en Toledo), que la ciudad más bella del mundo le había parecido Copenhague en agosto.
Lo dijo con ese aire melancólico que tanto la embellece y que se acentuó tras la muerte de su padre. Lo dijo con tristeza, como si no fuera a volver más a Copenhague en agosto, ahora que es madre de dos hijos y esposa de un músico virtuoso.
Como me quedan pocos agostos y puede que ningún agosto, vine a Copenhague. Si una de las mujeres más bellas y refinadas de nuestro tiempo decía que Copenhague le parecía la ciudad más linda del mundo, no podía estar equivocada.
En efecto, no lo estaba.
He pasado ocho días de agosto en Copenhague con la sombría sospecha de que no volveré a esta ciudad y la disimulada alegría de haberla caminado a mi aire taciturno, sin mapas ni guías, extraviándome con pasos demorados, erráticos.
Cuando llegué en un vuelo desde Nueva York, ya presentía que esta ciudad poseía una cualidad desconocida para mí, una cualidad no completamente humana, una densidad y unos matices que la hacían de este mundo pero también de otro mundo, de un mundo inexplorado por mis pies exhaustos y mis ojos miopes.
Mis primeros intercambios verbales o contactos humanos (con el oficial de migraciones, con el taxista, con la recepcionista del hotel, con la vendedora de la taquilla del cine) me confirmaron que los daneses se expresaban en inglés con la misma fluidez que en su lengua nativa, que eran amables pero comedidos, que parecían felizmente ensimismados, que no se afanaban por caer bien o hacer amigos, que practicaban una elegante austeridad con las palabras y los gestos.
Me dije: las palabras danesas son tan largas y enrevesadas que deben de tener pereza de decirlas y por eso hablan tan poco y de preferencia en inglés.
Me dije: la severidad del clima los ha replegado sobre sí mismos, los ha educado en el noble oficio de la soledad.
Yo no quería hablar con nadie, solo tenía ganas de caminar y mirar a la gente pasar, sentado en un café, y por suerte nadie me conocía ni me obligaba a hablar, a no ser por las palabras inevitables para pedir un café o pagar la cuenta.
Llovió la primera noche. No llevaba paraguas. El aire era puro y me llenaba de vitalidad. En alguna calle impronunciable, me detuve, miré al cielo de matices rosados y bebí lluvia escandinava. Era el agua más limpia que había probado. Era agua y más que agua. Era un regalo de los dioses vikingos, un obsequio al forastero.
Me metí mojado a ver la última película de Lars von Trier, “Antichrist”, y salí perturbado por tanta maldad y tanta belleza. Von Trier es un genio y está loco. Solo un danés que creció en una familia atea, comunista y nudista podría concebir esta obra de arte. No es una película agradable, pero quién ha dicho que la vida es agradable, que al arte debe ser agradable. Es una película viciosa y también gloriosa. Postula la idea de que el mal habita en la naturaleza, y la mujer es gobernada por la naturaleza, y la mujer (o esa mujer, la mujer sanguinaria de la película) está gobernada por el mal, es el mal en estado puro. Salí del cine asustado de las mujeres, sorprendido de estar vivo, de que ninguna mujer me haya matado todavía.
El taxista me dijo: en este país casi todos somos ateos, pero nos gusta ir a la iglesia a pensar. Terminé sentado en una iglesia imprecisa, sin vírgenes ni crucifixiones, sin calvarios ni sangre derramada, pensando en que los daneses tenían una obsesión con las cúpulas, una tortuosa minuciosidad para decorar el último y más arduo esfuerzo humano, la terminación arquitectónica que se funde con el cielo impregnado de un rosado que oscurece al caer la tarde. (more…)