Los días contados

Posted by Jaime Bayly in Columnas, ... | 08.31.2009 - 23:09

El simulador

Hay una isla
Hay una casa
Hay un hombre solo
Hay una bicicleta oxidada
Hay unas fotos de sus hijas
Hay unos libros que ha escrito

Ese hombre sabe que tiene los días contados
Todos tenemos los días contados
Ese hombre los tiene más contados

No parece enfermo
Cuando sonríe
(Y solo sonríe si le pagan)
Parece saludable

Se trata de un simulador
Se ha pasado la vida simulando que tiene éxito
Pero sabe que ha fracasado

No ha fracasado con las mujeres
(Ha amado a ciertas mujeres a las que sigue amando Aunque ellas ya no lo sepan)
No ha fracasado en el dinero
(Tiene más dinero del que imaginó)
No ha fracasado en la vida misma
(Quiso ser un escritor y publicó un número de libros Que ahora prefiere no leer porque le dan pudor) (more…)


Consejos a mis hijas

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 08.24.2009 - 17:19

(A Camila, por su cumpleaños)

No se casen.
Si se casan y el novio es rico, no acepten un acuerdo previo de separación de bienes.
Si ya se casan una vez, cásense al menos dos veces más.
No le pidan nada a Dios.
No le tengan miedo a Dios ni a los que meten miedo en nombre de Dios.
No esquíen.
No buceen.
No hagan canotaje.
No trepen montañas.
No sean trepadoras.
No salten en paracaídas.
No salten soga.
No vayan al gimnasio.
No se operen nunca nada, aun si les dicen que su vida está en riesgo. La vida siempre está en riesgo, mucho más cuando te operan.
No confíen en los médicos, en los políticos, en los psiquiatras, en los vendedores ni en nadie de aspecto humano.
Limítense a hacer lo que les dé placer.
No se limiten en hacer lo que les dé placer.
Bailen todo lo que puedan.
Traten en lo posible de no matar a nadie.
Si es inevitable matar a alguien, háganlo con delicadeza y compasión, procurando el menor sufrimiento a la víctima y no dejando huellas del crimen.
Matar puede ser divertido una vez, más ya es vicio. No se envicien. Si se envician, usen silenciador y disparen tres veces, por las dudas.
No vayan a velorios, funerales, misas ni casamientos.
Si matan, vayan al velorio y lloren un poco, es lo mínimo que pueden hacer. Una dama siempre sabe cuándo corresponde llorar.
No tengan hijos.
No adopten hijos.
Si tienen hijos, traten de saber quién es el padre.
Si tienen hijos, no los bauticen.
No les pongan sus nombres a sus hijos ni a sus hijas. Puestas a elegir, póngales sus nombres a sus hijos, así los confunden un poco.
No viajen. Caminen. Miren.
No estudien. Lean. Miren.
No lean nada que no les dé placer.
No lean mis libros.
No se maquillen.
No usen tacos.
No hagan el amor. Tengan orgasmos.
No viajen nunca sin un consolador y dos juegos de baterías. (more…)


Yo besé a Lisbeth Salander

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 08.17.2009 - 17:19

Llegando a Estocolmo, mi amiga danesa Stella Wilde (ningún parentesco con Oscar) se quejó de que el hotel Berns (donde tocó recientemente Mika) apestaba a basura y el baño de su habitación (porque ella había pedido una habitación separada de la mía, pues no toleraba verme dormir con zapatos ni mis ronquidos pedregosos) olía a cloaca, a alcantarilla, a antigua mierda sueca. Stella Wilde era muy refinada y por eso era justo complacer sin más sus caprichos. Dejé mis cosas en la habitación del Berns (que era un hotel viejo, que olía a viejo, que olía a basura porque habíamos tenido la mala suerte de llegar precisamente en el momento en el que el camión de basura estaba recogiendo los desperdicios del hotel, y que indudablemente apestaba a cloaca en los baños, pero eso no me disgustaba o no me disgustaba del todo, pues lo impregnaba de una cierta sordidez humana que nos recordaba que solo estábamos de paso) y llevé a mi amiga Stella al hotel que ella conocía en Estocolmo, el Grand. Era un hotel majestuoso, señorial, el hotel donde se alojaban los ganadores de los premios Nobel. Pedimos una habitación para ella, pero estaban todas ocupadas por señores que parecían de alguna realeza en el exilio y caminaban con sombrero y bastón, como salidos de “Muerte en Venecia”, así que nos resignamos a tomar el té en la biblioteca y le pedí a Stella que me hiciera una foto porque sabía que nunca me la haría con el Nobel, como quizá se la hicieron en esa biblioteca Gabo y Paz (y espero que se la haga Vargas Llosa). El azar, ese dios veleidoso que guía nuestros pasos, nos llevó, de camino al National Museum, a un hotel recientemente inaugurado, el Lydmar, en la misma calle del Grand, una calle de un nombre tan largo, Södra Blasieholmshamnen, que me sorprende haber vencido la pereza y conseguido escribirlo. El Lydmar era un palacete modernista, el refugio barroco de los ricos y famosos, una mansión donde todo lucía bello e inmaculado, al punto que me sentía un intruso, una mancha hedionda, y temía que alguien me expulsara a patadas de allí, pero por suerte me escondía detrás de Stella Wilde, quien capturaba las miradas de hombres y mujeres.

Los empleados del hotel vestían de negro y eran todos absolutamente deseables y a todos les hubiera requerido alguna forma innoble de amor sin preguntarles su nombre y pagando si fuera el caso. Todos los muebles, candelabros, libros y cuadros del Lydmar me los hubiera robado para la casa en la que siempre soñé vivir y en la que nunca viviré (porque tal vez un escritor nunca consigue vivir donde quisiera vivir y vive a duras penas en sus libros). Stella Wilde se instaló con aire lánguido y ausente en una suite del Lydmar que no era precisamente barata (cinco mil coronas la noche), pero ella sabía que su belleza era tal que no tenía precio (o, como se dice con cierta ordinariez, que se trataba de una mujer de alto mantenimiento) y que nada de lo que yo gastase por contemplarla (y, si tenía suerte, por rozarla) compensaría el incalculable deleite que me procuraba su sola presencia, la aventurera decisión que había tomado en un bar de Copenhague: la de viajar conmigo, un extraño, un peruano, un hombre gordo con boina y el hígado estragado, a caminar las calles de Estocolmo, que ella se jactaba de conocer. En efecto, comprobé que me asistía una guía de lujo.

Me llevó a la isla sureña de Södermalm y me hizo fotos en el departamento modesto donde vivió Lisbeth Salander (el que luego cedió a su amiga lesbiana Mimi) en la calle Lundagatan, y en el departamento lujoso que compró Lisbeth, en las alturas de la calle Fiskargatan, tras saquear cibernéticamente las cuentas de un magnate inescrupuloso y hacerse muy rica, desde las cuales se alcanzaban a ver al National Museum y el Lydmar, al otro lado del remanso de agua báltica del lago Mälarem, y frente al edificio de la calle Bellsmangatan 1, donde vivió el periodista Mikael Blomkvist. Fue un momento emocionante para mí y creo que para ella también, pues ambos habíamos leído, hechizados, raptados por el vértigo perverso de su prosa, la trilogía de Stieg Larsson, y nos resistíamos a creer que Lisbeth Salander era una criatura ficticia y, todavía aturdidos por el poder persuasivo de esas novelas, estábamos seguros de que ella existió y vivió en ese edificio gris de Lundagatan y luego se mudó a ese otro edificio de Fisgartan y nadie en el mundo nos convencería de que Stieg Larsson se inventó todo y Lisbeth fue solo una mujer que él imaginó en sus últimos días delirantes y ermitaños, envuelto en una nube de tabaco que le costó la vida. Mi amiga Stella me llevó al edificio de la revista donde murió Larsson (o donde le dio un infarto, pues acabó de morir en una ambulancia, camino al hospital). (more…)


Copenhague

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 08.10.2009 - 17:15

Gwyneth Paltrow dijo cierta vez, hablando en perfecto español (idioma que aprendió siendo una adolescente, viviendo en casa de una familia española en Toledo), que la ciudad más bella del mundo le había parecido Copenhague en agosto.

Lo dijo con ese aire melancólico que tanto la embellece y que se acentuó tras la muerte de su padre. Lo dijo con tristeza, como si no fuera a volver más a Copenhague en agosto, ahora que es madre de dos hijos y esposa de un músico virtuoso.

Como me quedan pocos agostos y puede que ningún agosto, vine a Copenhague. Si una de las mujeres más bellas y refinadas de nuestro tiempo decía que Copenhague le parecía la ciudad más linda del mundo, no podía estar equivocada.

En efecto, no lo estaba.
He pasado ocho días de agosto en Copenhague con la sombría sospecha de que no volveré a esta ciudad y la disimulada alegría de haberla caminado a mi aire taciturno, sin mapas ni guías, extraviándome con pasos demorados, erráticos.

Cuando llegué en un vuelo desde Nueva York, ya presentía que esta ciudad poseía una cualidad desconocida para mí, una cualidad no completamente humana, una densidad y unos matices que la hacían de este mundo pero también de otro mundo, de un mundo inexplorado por mis pies exhaustos y mis ojos miopes.

Mis primeros intercambios verbales o contactos humanos (con el oficial de migraciones, con el taxista, con la recepcionista del hotel, con la vendedora de la taquilla del cine) me confirmaron que los daneses se expresaban en inglés con la misma fluidez que en su lengua nativa, que eran amables pero comedidos, que parecían felizmente ensimismados, que no se afanaban por caer bien o hacer amigos, que practicaban una elegante austeridad con las palabras y los gestos.

Me dije: las palabras danesas son tan largas y enrevesadas que deben de tener pereza de decirlas y por eso hablan tan poco y de preferencia en inglés.

Me dije: la severidad del clima los ha replegado sobre sí mismos, los ha educado en el noble oficio de la soledad.
Yo no quería hablar con nadie, solo tenía ganas de caminar y mirar a la gente pasar, sentado en un café, y por suerte nadie me conocía ni me obligaba a hablar, a no ser por las palabras inevitables para pedir un café o pagar la cuenta.

Llovió la primera noche. No llevaba paraguas. El aire era puro y me llenaba de vitalidad. En alguna calle impronunciable, me detuve, miré al cielo de matices rosados y bebí lluvia escandinava. Era el agua más limpia que había probado. Era agua y más que agua. Era un regalo de los dioses vikingos, un obsequio al forastero.

Me metí mojado a ver la última película de Lars von Trier, “Antichrist”, y salí perturbado por tanta maldad y tanta belleza. Von Trier es un genio y está loco. Solo un danés que creció en una familia atea, comunista y nudista podría concebir esta obra de arte. No es una película agradable, pero quién ha dicho que la vida es agradable, que al arte debe ser agradable. Es una película viciosa y también gloriosa. Postula la idea de que el mal habita en la naturaleza, y la mujer es gobernada por la naturaleza, y la mujer (o esa mujer, la mujer sanguinaria de la película) está gobernada por el mal, es el mal en estado puro. Salí del cine asustado de las mujeres, sorprendido de estar vivo, de que ninguna mujer me haya matado todavía.

El taxista me dijo: en este país casi todos somos ateos, pero nos gusta ir a la iglesia a pensar. Terminé sentado en una iglesia imprecisa, sin vírgenes ni crucifixiones, sin calvarios ni sangre derramada, pensando en que los daneses tenían una obsesión con las cúpulas, una tortuosa minuciosidad para decorar el último y más arduo esfuerzo humano, la terminación arquitectónica que se funde con el cielo impregnado de un rosado que oscurece al caer la tarde. (more…)


La monja loca

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 08.03.2009 - 9:29

No soy hombre de asistir a conciertos. Prefiero, si acaso, comprar el disco. Los conciertos son caros, exigen un esfuerzo físico considerable (subir y bajar escaleras, saludar a la gente, someter mis posaderas al rigor de una silla plegable) y suelen dejarme aturdido y triste, al encontrarme hacinado en medio de un amasijo de gente escandalosamente feliz (más feliz de lo que yo nunca he estado ni estaré) y que sabe todas las canciones de memoria y las canta más ruidosamente que el propio cantante (canciones que, por supuesto, yo conozco a duras penas y cuyas letras ignoro a plenitud: nunca he podido aprenderme una canción entera, ni siquiera el himno de mi país).

A pesar de todo ello, allí estaba sentado en la fila 7, asiento 14, del American Airlines Arena de Miami, esperando a que comenzara el concierto de Ricardo Arjona, quien había tenido la generosidad de visitarme en mi programa de televisión (sorprendiéndome con su inteligencia y sentido del humor, diciendo que mi bisexualidad se debe a que soy “un glotón” y a que “cualquier colectivo me lleva a mi casa”) y de invitarme luego a su concierto.

No estaba en mis planes ir a un concierto de Ricardo (ni de nadie) en este último tiempo antes de morir en una clínica suiza bebiendo veneno dulce a diez mil euros el vaso, pero, contra todo pronóstico, me dije que debía hacerlo por razones de cortesía (Ricardo había sido muy amable al venir al programa), por razones de avaricia pura (la entrada me salía gratis) y, principalmente, por razones de investigación sociológica: todas las mujeres que en mi vida han sido, absolutamente todas (tampoco es que sean tantas, pero son más de las que habitan en mí), me habían confesado, en algún momento de la intimidad amorosa o del intercambio de fluidos y secreciones, que nunca podrían amarme a mí como amaban a Ricardo Arjona. Esto era entonces algo que me intrigaba desde hacía ya más de dos décadas: que cualquier mujer que aceptaba o se resignaba a ir a la cama conmigo terminaba diciéndome que el sueño de su vida era conocer a Arjona y hacer el amor con él. Hubo incluso una joven que, en plena escaramuza genital, me dijo (cómo se han desinhibido las chicas de ahora) que estaba pensando en Arjona y no en mí y por eso cerraba los ojos.

Lo que no calculé, por tonto y atropellado, fue que llegar al concierto a las siete y media de la noche sería un error, pues Ricardo salió a cantar a las nueve, y durante esa hora y media de espera algunas mujeres que me reconocieron vinieron a tomarse fotos conmigo y a decirme que me encontraban agradable, gracioso, vagamente atractivo, modosito y papichulo, de modo que sobarse conmigo les parecía una manera divertida y estimulante de perder el tiempo a la espera de que saliera Ricardo. Me sentí humillado, ultrajado. Sentí que estaba calentándole el público a Ricardo. Sentí que estaba hirviéndole el agua para que él se tomara el té. Sentí que yo era solo un bocadito o canapé para esas mujeres voraces que habían acudido aquella noche a devorarse al plato de fondo, el legendario cantante, seductor y domador de fieras, Ricardo Arjona. (more…)