He sido decapitado por una conspiración de mediocres, envidiosos y trepadores.
Subestimé el poder malévolo de mis enemigos y su capacidad para intrigar en las sombras y tramar mi caída.
Los apandillados me atacaron por varios frentes a la vez. Eran numerosos y me odiaban como odia el que viene a cortarte la cabeza, con la mirada nublada por la abyección y las comisuras de los labios mojadas por una baba vil, espumosa.
Me hallaba descansando cuando fui cercado por los revoltosos. El asalto me pilló por sorpresa. Sabía que los conjurados eran un puñado de facinerosos que me odiaban sin razón alguna o por la más humana de las razones: porque imaginaban que mi vida era mejor que las suyas y que yo descansaba más a menudo que ellos. Lo que ignoraba (y ese despiste hubo de costarme la vida) era que, siendo idiotas, eran sin embargo capaces de urdir un complot para matarme y ejecutarlo a sangre fría. Olvidé que a menudo los idiotas son los asesinos más brutales y por eso ahora mi cabeza mutilada exhalaba estos últimos estertores a varios metros de mi cuerpo exangüe.
Mis tropas más leales se encontraban lejos, en el río de La Plata, diezmadas por el hambre y el frío.
Solo podía combatir con mi lengua viperina, arma con la que había despellejado a numerosos enemigos. Esta vez, sin embargo, resultó insuficiente para defenderme.
Los conspiradores me atacaron por varios frentes, simultáneamente.
Escapando de su cautiverio, La Foca Amaestrada abalanzó su colosal dimensión mamífera sobre mí, dispuesta a destriparme y devorarme crudo. La Foca Amaestrada odiaba por instinto a toda criatura a la que viese comiendo. La Foca Amaestrada poseía un apetito descomunal, insaciable, y solía tragarse a todos los que osaban comer lo que ella quería comer (y ella quería comérselo todo). Para mi desdicha, me vio comiendo alguna vez y en ese momento decidió que hincaría sus dientes en mis carnes flácidas y se daría un banquete conmigo.
Hermanados por el rencor, la desdicha y la mediocridad, El Tonto Útil y El Cuervo saltaron sobre mí y me atacaron a golpes y picotazos. El Cuervo se posó sobre La Foca Amaestrada y lanzó unos graznidos triunfales y luego me arrancó un ojo. El Tonto Útil (útil para su jefa, La Foca Amaestrada, e inútil para todo lo demás, salvo para darme con un palo en la cabeza) supo engatusarme antes de la conspiración y hacerme creer que era mi amigo o por lo menos mi aliado. Subestimé su codicia. Examiné su mirada bovina y pensé: Este Tonto es tan Tonto (lo que en España se conoce como un “Tonto del Culo”, o en el Perú se conoce como un “Huevón a la Vela”) que no tendrá valor de amenazarme. Quien lo envenenó contra mí fue El Cuervo. Durante años yo le di de comer al Cuervo. Nunca lo enjaulé, nunca le arrojé agua ni le grité improperios. Venía al patio de mi casa y le tiraba migas de pan, semillas y galletas y El Cuervo las tragaba a toda prisa. Pero ya se sabe que los cuervos no tienen memoria para la gratitud. Por eso El Cuervo se hartó de comer migas de pan y un día, fiel a su naturaleza, y azuzado por La Foca Amaestrada (que fue quien lo tramó todo e instruyó a sus sicarios para emboscarme), decidió que jugaría con mis tripas. Debí suponerlo. El Cuervo era muy feo (más feo que un cuervo normal) y muy infeliz (más infeliz que un pájaro cualquiera) y para vengar esas afrentas debía traicionarme y comerme, o comer los restos que le dejaría La Foca Amaestrada, que no serían muchos, dado su apetito inmoderado. (more…)