Estás enfermo

Posted by Jaime Bayly in Columnas, ... | 10.26.2009 - 18:50

Parecería comprensible que una persona mediocre sueñe con una vida mejor. Se diría que son pocas las personas que se saben mediocres y se resignan a ser mediocres y encuentran un cierto mórbido placer en sentirse mediocres, fracasadas. La mayor parte de las personas mediocres no saben que son mediocres y creen que están pasando por una fase temporal de mala fortuna y están seguras de que pronto dejarán de ser mediocres (es solo una mala racha) y tendrán el éxito que creen merecer (pero que con seguridad no merecen y no van a alcanzar). Esa pujanza de los mediocres suele ser el origen de las catástrofes, desgracias e infortunios que los hundirán en unas vidas aún peores de las que no estaban resignados a vivir, a no ser que el mediocre sea lo bastante sabio como para quedarse tranquilo, disfrutando si cabe de su medianía, aceptando que la suya es y será una suerte chata y gris.

Parecería menos comprensible que una persona exitosa (si medimos el éxito como se mide en estos tiempos: en fama y fortuna y libertad para hacer con tu vida lo que te dé la regalada gana) sueñe con una vida distinta y todavía mejor de la que ya vive. Las personas exitosas no podrían ignorar que son exitosas. Por lo general, son lo bastante perspicaces para advertir, comparándose con los demás, y comparándose con lo que ellas fueron tiempo atrás, que han tenido éxito, que han sobresalido, que han descollado entre sus pares. Son pocas las personas exitosas que no son conscientes de su éxito. Sin embargo, la mayor parte de ellas suelen creer que se merecen el éxito y mucho más: soy famoso y tengo plata y hago lo que quiero porque me lo he ganado gracias a mi indiscutible talento, que es un talento superior. Es infrecuente encontrar a una persona que te diga: no me explico mi éxito, no lo merezco, tiene que ser obra del azar, de la pura casualidad, de la buena suerte: tengo éxito no gracias a mí, sino gracias a que alguien tiró los dados y cayeron a mi favor como podrían haber caído en mi perjuicio y en ese caso sería un mediocre, un fracasado más.

Podemos suponer entonces que la mayor parte de los mediocres no saben que son mediocres y sueñan con una vida exitosa (que creen merecer, que está por venir, ya vendrá la buena racha) y que la mayor parte de los exitosos saben que son exitosos y sin embargo sueñan con una vida aún más afortunada. Uno se pregunta quién es más peligroso, quién más odioso: si el mediocre obstinado en triunfar o si el exitoso inconforme y ávido de más glorias y recompensas. Ambas son, me parece, enfermedades de nuestro tiempo, pero la primera parecería una enfermedad menos estúpida, porque quienes la padecen son un poco tontos y no tienen la culpa de lo que hacen o de lo que se imaginan, mientras que la segunda es una enfermedad viciosa, altamente tóxica, y en cierto modo despreciable, porque quienes la padecen han elegido contagiarse de ella, se han enfermado a sabiendas, se han enfermado porque se aburrían de estar saludables y ya bastante ganadores. (more…)


La foto de mi padre

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 10.19.2009 - 18:49

Cuando mi padre murió hace casi tres años, no sentí nada parecido a la tristeza. Sentí un alivio profundo y una tranquilidad culposa.

Mi madre me llamó al celular a las cinco de la mañana para darme la noticia. Estaba llorando. Mi padre había muerto en sus brazos y le había pedido que me diera un abrazo, el abrazo que él no pudo darme, o eso fue lo que me dijo mi madre.

Yo había dejado el celular prendido porque sabía que mi padre no pasaría de esa noche. Pude ir a la clínica a acompañarlo en sus últimas horas, pero varios de mis hermanos estaban con mi madre en el cuarto, y no me pareció una buena idea ver morir a mi padre. Además, esa madrugada yo venía saliendo de la televisión, había terminado el programa, estaba en terno y corbata, y quería estar a solas, en silencio.

Antes de que mi madre me llamase, sentí que alguien me tocaba la espalda, dándome dos palmadas (yo estaba durmiendo tendido bocabajo). Desperté sobresaltado, pensando que había un intruso en la habitación. No había nadie. Pero con seguridad alguien me había tocado. Minutos después, sonó el celular y mi madre me confirmó la muerte de mi padre. No soy creyente, pero tal vez mi padre me tocó la espalda aquella noche para despedirse de mí.
Mi madre estaba tranquila en el teléfono, ya todos sabíamos que la muerte de mi padre era inminente. No lloré. Regresé a la cama y seguí durmiendo. Sabía que si no seguía durmiendo, terminaría llorando, y no quería llorar, no quería llorar por mi padre. Por eso me obligué a seguir durmiendo. Tomé unas pastillas y dormí hasta el mediodía, temeroso de que alguien me tocase la espalda de nuevo.

Aquella tarde de diciembre pasé por la casa de mi madre y contemplé a mi padre muerto dentro de un ataúd instalado en el comedor. Estaba de traje y corbata, muy elegante, y le habían puesto su Rolex preferido. Se veía apuesto y sereno, como si estuviera cómodo allí, a pesar de la sañuda devastación a la que el cáncer lo había sometido. (more…)


Ella en mi cabeza

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 10.12.2009 - 22:56

Ella sabe que amo a mi chico.
Ella sabe que juego con una chica.
Ella sabe que juego con todas las chicas que puedo (que son pocas, porque ya no puedo jugar por culpa de las pastillas).
Ella sabe que soy adicto a las pastillas.
Ella sabe que las pastillas me están matando.
Ella sabe que es exactamente así como quiero morir (así, o envenenado por un obispo).
Ella sabe que me ha perdido, que no soy el que conoció, que mi vida se fue al carajo.
Ella sabe que esa tarde me van a operar (de nuevo).
Ella lo organiza todo: el chofer me lleva a la clínica, me cubre con mantas, enciende la estufa portátil.
Ella llega antes de la operación. Me besa en los labios. Me dice Gordi. Me mira como si el tiempo no hubiera pasado, como si fuésemos los amantes de antes.
No sabemos si el bulto que me van a extirpar es benigno o maligno. Le digo que nada que salga de mi pecho podría ser benigno. Ella se ríe. Suele reírse de mis bromas (incluso cuando no le hacen gracia).
Ella está allí, a mi lado, cuidándome, vigilando cada detalle, espantando a las enfermeras acosadoras.
Ella me acompaña hasta la sala de operaciones. No la dejan entrar. Nos despedimos. Me da un beso. Le recuerdo que el testamento lo tiene mi amigo, el abogado, el que será mi vicepresidente. Le recuerdo las cuentas que tengo escondidas por aquí y por allá (sobre todo, por allá). Le ruego que, si no despierto, organice unos funerales discretos, sin presencia de curas ni predicadores.
Ella está a mi lado cuando despierto. Ya no está a mi lado cuando despierto todas las mañanas (quiero decir, todas las tardes). Pero esa tarde, después de la operación, está a mi lado cuando despierto.
No le importa que ame a un chico y que juegue con una o varias chicas y ya no juegue con ella. Me quiere. Me quiere como si fuera su hijo. Yo la quiero como si fuera mi hija. No me queda claro si ella es mi madre o yo su padre o si ambas cosas son posibles a la vez.
Ella llama a la enfermera y le ordena que me pongan más morfina. Sabe lo mucho que me gusta la morfina. Sabe que no es improbable que en unos años termine asaltando hospitales públicos para robar morfina de madrugada.
Ella sabe que me han prohibido tomar mis pastillas de toda índole mientras duerma en la clínica. Sin embargo, me desliza furtivamente las pastillas. Sabe que me hacen mal. Sabe que me hacen mal y sin embargo me hacen feliz. Las tomo. Duermo o creo que duermo.
Ella jala el suero y la morfina para que yo pueda caminar al baño a orinar. Ella me ve orinar. No deja de asombrarme que de ese colgajo comatoso, decrépito, hayan salido dos vidas deslumbrantes, las hijas que ella me dio, las hijas que ella me dio contra mi expresa opinión, las hijas que ahora llegan a visitarme con un cuadro pintado por la mayor y con galletas de chocolate horneadas por la menor. (more…)


El mal hermano

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 10.05.2009 - 22:56

Sabes que ese sujeto es tu hermano porque así te lo dijeron desde niño. Cuando te dicen que tal persona es tu hermano, no dudas de que la información es verdadera, de que dicho individuo está emparentado contigo, de que nuestros padres no podrían estar mintiéndonos.

Desde ese momento, un momento que casi con seguridad no recordamos, todos parecen esperar que ese hermano y uno tengan una relación cordial, afectuosa, fraternal, una relación superior a la de los amigos, una relación de hermanos que se quieren porque los une un lazo de sangre que impone cariño, lealtad, preocupación por el otro, una suerte de complicidad incorruptible en la travesía que es la vida.

Se espera entonces que los hermanos sean más que amigos, se quieran más de lo que se quieren los amigos, y que ese cariño sea espontáneo y surja por el mero hecho de ser hermanos. Esto es lo que esperan, por lo pronto, los padres, los abuelos, los tíos, los primos y, si los hay, los demás hermanos.

Sin embargo, bien pronto esos hermanos descubrirán que, a pesar de las altas expectativas que se han cifrado en ellos y su afecto fraternal, no solo no se reconocen como amigos, sino que la relación está envenenada por sentimientos turbios, como los celos, la envidia, el rencor, las ganas de ser mejor al otro, el afán por superarlo, eclipsarlo, humillarlo, el deseo de ser el más querido por los padres o los otros hermanos. De modo que los hermanos, sin saberlo ni desearlo, se encuentran, ya precozmente, en posición de competidores, aun si no quieren competir, o si uno de ellos renuncia a tal competencia, pues, a los ojos de los demás, hay ya una competencia no declarada, soterrada, para ver cuál progresa más deprisa, cuál es más ganador, cuál más virtuoso, admirable o ejemplar.

Resulta inevitable, por lo tanto, que los hermanos, desde niños, y sobre todo cuando empiezan a ejercitar su libertad, se perciban a sí mismos no como amigos, sino como competidores, como rivales, y eventualmente como rivales encarnizados, y eventualmente como enemigos, dado que el destino los ha puesto en esa indeseada tesitura: la de disputarse un espacio de privilegio en los afectos familiares y en la vida misma. (more…)