No puede uno pretender estar vivo todas las semanas. Hay semanas en las que a uno le toca morirse, y así nomás es.
Esta semana me tocó morir dos veces y leer en los periódicos las noticias de mis muertes.
Nunca me había muerto dos veces en una semana, esta tiene que haber sido la peor semana de mi vida, o la mejor, teniendo en cuenta que, después de morir, sigo vivo.
Me mataron por primera vez el sábado. Yo estaba durmiendo. No me enteré de que estaba muerto. Me dormí a las cinco de la mañana en Bogotá y cuando desperté a las tres de la tarde ya estaba muerto.
Me enteré de que estaba muerto leyendo las noticias y mis correos electrónicos. La CNN, o unos piratas cibernéticos que habían usurpado el logo de la CNN, me había matado. Según la CNN (y uno no se atrevería a poner en entredicho la credibilidad de la CNN), yo estaba muerto hacía ya varias horas, es decir me había muerto durmiendo y tal vez por eso no lo había advertido y quien ahora leía la noticia no era yo vivo sino yo muerto. La CNN decía que no había muerto de muerte natural, como siempre sospeché que no moriría: me habían matado unos sicarios atropellándome en la calle mientras yo caminaba con aire distraído pensando en el título de mi próxima novela.
Pensé: Si la CNN dice que estoy muerto, estoy muerto. Yo siempre le he creído a la CNN más que a Fox y por lo tanto debía resignarme a la idea de que estaba muerto y que ese fantasma o esa ánima en pena que leía la computadora eran los vestigios quizá imperceptibles e inasibles de lo que yo había sido en vida.
Enseguida, muerto pero contento, o muerto pero a gusto con lo parecida que era la vida en el más allá con la vida en el más acá (todo era idéntico y nadie me había juzgado aún y ya muerto tenía ganas de mear, lo que me parecía insólito), leí mis correos electrónicos. Tenía cincuenta correos nuevos, cincuenta correos que me habían llegado entre las cinco de la mañana en que me dormí (Dormonid+Stilnox+Klonopin+Mirtazapina+5HTP+Melatonina+30 gotas de Passiflora+ 20 gotas de Valeriana) y las tres de la tarde en que desperté para enterarme de que estaba muerto. Los leí, conmovido. La mayor parte de esos correos eran de mis hijas, de la madre de mis hijas, de mi madre, de mi hermana, de algunos de mis hermanos. Todos me preguntaban si estaba bien, luego en qué clínica estaba, luego en qué morgue estaba y luego, ya resignados, me pedían que les mandase una señal desde el más allá (hazme cosquillas en los pies, me decía una de mis hijas; pásame con tu papi que lo quiero saludar, me decía mi madre; llámame al celular y no hables pero llámame, decía la mamá de mis hijas). (more…)