El museo de mi memoria

Posted by Jaime Bayly in Columnas, ... | 12.28.2009 - 19:20

Si me preguntan cuántos amigos tengo, y respondo honestamente, tendría que decir: en el peor de los casos, ninguno; en el mejor, dos.
Lo que no me queda claro es si nunca tuve amigos o si los fui perdiendo porque no sé cuidarlos, cultivar la amistad.
Podría decir que Martín es mi amigo, pero trabaja conmigo, le pago, y si le pagas a una persona es lícito sospechar que su amistad no es del todo desinteresada.

Podría decir que Ximena es mi amiga, pero también le pago. Quiero creer que seguiría siendo mi amiga si dejase de pagarle, pero es un hecho que los únicos amigos que me han quedado son aquellos a los que les pago.
Es el caso de Sofía, que fue mi esposa y es la madre de mis hijas y podría pensar que es mi amiga, pero todos los meses debo darle dinero, todo el dinero que ella quiera o necesite, y por consiguiente puedo sospechar que me quiere porque le doy dinero y que tal vez dejaría de quererme si dejase de darle dinero.

Podría decir que Enrique es mi amigo, pero es mi abogado y le pago cuando es menester y entonces la amistad se entremezcla con el dinero y no sé si seguiría siendo mi amigo si yo dejase de tener dinero y ser su cliente y si él no guardase en su caja fuerte los cheques que le dejo firmados.

Esos son mis mejores amigos, los que me escriben correos todos los días, los que se preocupan por mí, y no debería dudar de que son mis amigos, pero es un hecho revelador y en cierto modo inquietante que todos reciben dinero de mí, que a todos les pago (y les pago sin mezquindad, les pago generosamente, que es lo que merecen), lo que siembra la duda de que esa amistad, tal vez siendo noble y bien intencionada, se ve estimulada por los pagos que reciben. Si no les pagase, ¿seguirían siendo mis amigos? No lo sé.

Después hay un cementerio donde están enterrados decenas de sujetos que en algún momento pensé que eran mis amigos pero que no lo son más, son amigos perdidos, amigos muertos, amigos falsos que nunca fueron amigos de verdad y que el tiempo descubrió como impostores o embusteros. (more…)


Viajar en tren

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 12.21.2009 - 19:20

El deseo humano (quiero decir, el deseo sexual, que es el más humano de los deseos) es como un viaje en tren, un viaje en un número impreciso de trenes, un viaje que uno no sabe en qué estación te dejará, unos trenes a los que uno sube no siempre voluntariamente sino porque el azar decide por nosotros (el azar o una corazonada o el aliento de los amigos) y cuando bajamos ya no somos los que éramos antes de subir.

El deseo humano (quiero decir, el deseo sexual, el deseo de enredarnos con otros humanos y buscar placer en esos escarceos y refriegas y en los intercambios de fluidos y secreciones) es como un viaje en tren, pero (dependiendo del espíritu o las convicciones de cada individuo) puede ser un viaje en un solo tren, un viaje sin sobresaltos en un tren que uno sabe bien adónde lo llevará, o puede ser un viaje incesante y caótico en tantos trenes como deseos nos asaltan, trenes que a veces van en direcciones opuestas, trenes que chocan y nos dejan confundidos, trenes en los que viajan personas que se jactan de ser honorables y otros trenes (estos suelen ser los que van más atestados y de los que resuenan ecos de fiesta y alegría) a los que se suben quienes quieren divertirse aun a expensas del honor o la reputación.

Siendo el deseo sexual un universo complejo y misterioso, tiendo a creer que hay personas que viajan en un solo tren o en muy pocos trenes, tal vez porque están cómodas de esa manera o porque las asalta el temor cuando piensan en subir a otros trenes de destinos inciertos, y que hay personas que nunca se contentan en un solo tren y entonces bajan y suben y se apean y vuelven a trepar y toman todos los trenes que les sea posible tomar, aun si no saben adónde van, aun si subirse a tal o cual tren entraña un desafío a las convicciones que se tenían antes de subir: ¿seré el mismo cuando baje o seré otro mejor o peor?

Soy de los que han tomado numerosos trenes en el viaje impreciso y errático del deseo. Algunos han sido divertidos y me han obsequiado paisajes inspiradores; otros me han condenado a travesías desagradables, incómodas, unos trenes de los que me quería bajar pero ya era tarde; y algunos pocos han terminado en colisión con otros trenes tan descarrilados como aquel al que me había subido guiado por mi infatigable curiosidad por conocer cuál era la verdadera naturaleza de mi deseo o cuál era en ese momento (porque cada tren la modifica, la transforma) la verdadera naturaleza de mis deseos (parece a estas alturas más exacto hablar en plural).

El primer tren que tomé fue un viaje corto, en asiento mullido, con paisajes bucólicos, y de aquella travesía exenta de tropiezos sólo recuerdo que viajaba a mi lado la actriz Farrah Fawcett y que ella tuvo la discreta cortesía de educarme en los placeres del deseo (sin enterarse, desde luego). (more…)


Te quiero cuando no te veo

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 12.14.2009 - 19:18

Yo quiero a mi madre pero no sé si tengo ganas de verla por Navidad.
Yo quiero a mis hermanas pero las quiero más cuando no sé nada de ellas ni ellas me dicen si leyeron el libro que les mandé de regalo.

Yo quiero a mis hermanos (a algunos de mis hermanos) pero no quiero verlos en sus cumpleaños ni pasar con ellos y sus pundonorosos críos la Navidad ni regalarles nada ni que me regalen nada (de esto último no estoy seguro: todo regalo será bienvenido porque puede servir para dárselo a un tercero necesitado).

Yo quiero a los pocos amigos que me van quedando pero los quiero más cuando los veo menos, los quiero más cuando nos escribimos correos y los quiero menos cuando nos vemos en persona, que es una manera de poner en alto riesgo la amistad.

Yo quiero a los pocos amigos que me van quedando pero no necesariamente quiero del mismo modo a sus parejas o a sus amigos y cuando estoy con mis amigos me veo condenado a soportar a sus parejas y a sus amigos y entonces resulta que termino queriendo menos a mis amigos y rumiando sentimientos innobles contra sus parejas y sus amigos.

Yo quiero a ciertos escritores a los que admiro de veras pero no quiero conocerlos en persona porque presiento que me llevaría una decepción, como me han decepcionado algunos escritores a los que todavía sigo admirando pero a los que ya no tengo ganas de ver personalmente ni públicamente ni en modo alguno.

Yo quiero a la familia de mi chico pero la quiero más cuando no la veo nunca y me entero de sus intimidades por boca de mi chico. Yo quiero a la familia de mi chico pero la quiero más cuando mi chico me cuenta que están todos peleándose, detestándose, insultándose. Los quiero, pero no los quiero en paz y armonía, los quiero cabreados, furiosos, enzarzados en deliciosas querellas domésticas que mi chico me cuenta en detalle y me hacen tan feliz. (more…)


El apátrida

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 12.07.2009 - 19:17

Ya no tengo nada en Miami, salvo unos recuerdos que asocio a la enfermedad, el tedio y la muerte.

Sin darme cuenta, terminé viviendo quince años en esa ciudad (en esa isla de Miami) y ahora (también sin darme mucha cuenta) siento que me he ido de Miami para no volver más.

Nunca quise vivir en Miami, yo quería ser un escritor y aquella no me parecía una ciudad propicia para escribir ni para vivir como un escritor (que es una cosa casi tan importante como lo que uno escribe), pero el azar me llevó a Miami a mediados del 91 (cuando se me terminó la visa de turista en Madrid) y me arrojó de nuevo a Miami a principios del 92 (al día siguiente del golpe de Estado en el Perú) y me devolvió a Miami a mediados del 94 (cuando mi mujer se graduó en Washington y nos fuimos a pasar el verano a las playas de Miami) y me obligó a refugiarme en Miami a principios del 95 (cuando mi mujer me dijo que estaba embarazada de nuevo y acordamos que el bebé nacería en Miami y no en Lima).

En todas esas ocasiones, llegué a Miami porque venía huyendo de algo (de la ilegalidad en Madrid, de la dictadura en el Perú, del frío de Washington, de la hostilidad de mi suegra en Lima) y con la certeza de que me quedaría poco tiempo, que Miami era una ciudad perfecta para estar de paso, en tránsito a otra parte, a una ciudad mejor.

No elegí Miami como la ciudad ideal para vivir, no por eso me mudé nunca a Miami. La elegí bajo circunstancias adversas, como una buena ciudad para escapar, como una ciudad conveniente para protegerme de la crueldad o el ensañamiento o las dificultades que había encontrado en otras ciudades. En ese sentido, Miami pareció siempre un refugio cómodo, una ciudad fácil, un lugar apropiado para perderse y descansar y escribir sin que a uno lo interrumpan. (more…)