La inteligencia de un cuy

Posted by Jaime Bayly in Columnas, ... | 01.25.2010 - 16:35

No debí cambiar de vuelo, debí tomar el vuelo de la noche. Una impaciencia torpe, atropellada, me precipitó a tomar el vuelo de la mañana.
El vuelo de la mañana es una experiencia devastadora porque sale tan temprano que no duermes en el hotel y tampoco consigues dormir apropiadamente en el avión y cuando llegas a Lima al mediodía te enredas en el tráfico espeso y fragoroso de la ciudad y cuando por fin llegas a tu casa eres una ruina andante que a duras penas puede arrastrarse y balbucear unas pocas palabras envenenadas por el mal aliento, la fatiga y el desánimo, unas palabras lastradas por el hastío de tantos y tantos viajes para llegar no se sabe bien adónde.

Lo cierto es que cuando entro a mi casa estoy tan exhausto y malhumorado y espantado de la miserable rutina de seguir viviendo y viajando que procuro no hablar con nadie y encerrarme en mi cuarto y tomar un cóctel de somníferos y dormir todo lo que pueda para salir del pozo séptico en el que me hunden los viajes por la mañana.

Por eso fue particularmente humillante llegar a casa, abrir la puerta y descubrir que alguien había dejado cerrada con llave la puerta de mi cuarto y yo no tenía la llave y por tanto no podía entrar a mi habitación y echarme en mi cama, como lo tenía bien merecido. (more…)


Cabrones de mala entraña

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 01.18.2010 - 19:26

Soy un hombre rencoroso y a mucha honra. Recuerdo minuciosamente a los que me humillaron. Olvido con facilidad a los que fueron amables conmigo.
De joven crees ingenuamente que todos deben ser buenos y amables contigo y cuando te encuentras con un cabrón de mala entraña que te insulta, te hace pasar un mal rato, te traiciona o te humilla, te resulta extraño, sorprendente.

Tal vez sería prudente suponer que todos somos unos cabrones de mala entraña y que lo excepcional, lo infrecuente, lo inhumano, es que te encuentres a alguien que sea leal y amable y buena gente contigo.

Mi familia está llena de cabrones de mala entraña (incluyéndome, por supuesto). Es mi familia, pero no por eso me impide ver las cosas con claridad y reconocer a un cachafaz, a un crápula, a un gaznápiro, a un memo mentecato, a un fantoche o facineroso.

Mi padre fue un cabrón de mala entraña. Al menos lo fue conmigo y no se tomó vacaciones para joderme la vida. Me insultó, me humilló, me pegó, vengó en mí todas sus amarguras y frustraciones. No digo que fue un cabrón de mala leche con todos los demás. Para mi sorpresa, hay gente que lo recuerda como un hombre risueño, caballeroso y encantador. Pero conmigo fue un cabrón de cuidado, un cabrón armado y un cabrón lisiado y ya se sabe que los cojos son todos malos o a punto de ser malos.

Mi tío Bobby es uno de los tipos más miserables, avaros, despóticos y malvados que conozco. Se parece al viejo millonario tacaño de los Simpson, sólo que en su versión amariconada. Disfruta humillando a sus empleados del servicio, humillando a cualquiera con poco dinero o poder, burlándose de los que tienen que soportar sus bromas crueles e hirientes a riesgo de ser despedidos. Recuerdo cómo lloraba Mario, mi amigo, el jardinero, contándome que había ido desde su casa en los arrabales hasta la casona cochambrosa de Bobby y que el calvo mala leche de Bobby se había negado a pagarle lo que le debía (una cantidad ínfima, desde luego). Es un cabrón cosmopolita y profesional, un cabrón de lengua afilada y venenosa, un chismoso vocacional (podría decirse que se parece a mí o que yo me parezco a él). Además es un adulón de los poderosos. Por ejemplo es amigo servil de Alan García (en esto, por suerte, no nos parecemos). Menudo dúo de cabrones retorcidos y genios del mal que se reúnen semanalmente a engordar sus panzas oceánicas. (more…)


Mi tres por ciento

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 01.11.2010 - 19:21

Suena el teléfono en el hotel en Bogotá. Contesto desganado, refunfuñando.
–Gordi, ¿has visto las encuestas?
Es la voz suave y amorosa de Sofía, que está en Lima.
–No, no he visto nada, estaba durmiendo.
–Pero es la una de la tarde.
–Es que yo escribo de madrugada y me duermo a las seis.
–Ay, lo siento, no debí despertarte.
–No pasa nada. ¿Qué dicen las encuestas?
–¡Tienes tres por ciento! ¡Felicitaciones!
–Gracias. Pero tres por ciento no es nada. Con tres por ciento no se gana una elección.
–Bueno, pero estás subiendo.
–De peso, no. Ya estoy en ochenta y seis kilos. Antes pesaba ciento tres. Que debe de ser lo que pesa una pierna de Alan.
–En la encuesta anterior tenías cero por ciento. Ahora estás en tres. ¿No está mal, no?
–Bueno, he crecido trescientos por ciento. Mirado así, es un éxito. Si sigo creciendo a ese ritmo, en abril de 2011 todos los peruanos vivos y muertos votarán por mí. ¿Dónde hicieron la encuesta?
–En Lima, creo. Y en la selva.
–¿En la selva? Yo nunca en mi vida he ido a la selva.
–Por eso tienes dos por ciento. Si te conocieran tendrían menos seguramente. Y en Lima tienes tres.
–¡Tres es una mierda, Sofía! Han encuestado a cien personas en la calle Miguel Dasso o en el óvalo Gutiérrez y de las cien personas encuestadas tres han dicho que votarían por mí. ¡Es una catástrofe! Deben ser tres malandrines que venden droga o que me compraban ropa usada cuando yo era drogadicto hace veinte años.
–No lo veas así, gordi, no seas negativo. La cosa es que estás subiendo en las encuestas.
–Bueno, sí, lo de la selva es alentador. Han entrevistado a cien aguarunas o shipibos y dos de ellos han dicho que quieren votar por mí. Debe ser que quieren desertar de la tribu y venirse a vivir conmigo y sacarse el tapa–rapo (que tiene que ser incomodísimo después de defecar) y lo más probable no es que quieran votar por mí sino que me quieran follar por turnos esos dos selváticos depravados. (more…)


No me digas que fue un sueño

Posted by Jaime Bayly in Columnas, Columnas, ... | 01.04.2010 - 19:21

Es jueves a mediodía. He llegado a Lima. Camino masivamente dopado al banco. Mi hija menor me acompaña. No consigo sacar plata del cajero, las pastillas me tienen atontado. Mi hija aprieta los botones por mí y retira el dinero. Luego volvemos a la casa tomados de la mano. Ella sabe que estoy intoxicado y tal vez por eso no me suelta la mano. Me protege. Siento que me quiere.
Me echo en la cama y duermo unas horas. Cuando despierto he vuelto a ser yo mismo. Los vuelos de madrugada son una agresión brutal a mi identidad: la disuelven, la borran, la confunden, me dejan sin saber bien quién soy o qué quiero. Las pastillas también me confunden, me aturden, me ahogan plácidamente en el fondo del mar de los sueños y las tinieblas.

En la tarde viene el señor y nos vende dos computadoras que Sofía esconde para que las niñas se lleven una sorpresa cuando abran sus regalos. Yo miento con aplomo: les digo a las niñas que no conseguí las computadoras en Bogotá, mil disculpas, ya las compraremos en Nueva York en enero. Me creen. No dudan de que soy un zángano y un inútil y que ni siquiera me he acercado a la tienda de computadoras en Bogotá. Tanto mejor. Se llevarán una sorpresa. Ellas siempre eligen sus regalos y hasta los compran y los envuelven y se los entregan a sí mismas, pero esta vez Sofía y yo hemos tramado delicadamente la conspiración y ellas no parecen sospechar nada.
A la noche todo es bello, armonioso, perfecto, como si fuera un sueño. Me siento en la cabecera y contemplo la belleza que me rodea y sobrecoge: la decoración, el árbol, las luces, los regalos en un papel estrambótico, la mesa, las sillas, el mantel, los platos, las servilletas, cada pequeño detalle que revela el talento natural de Sofía para embellecer todo lo que toca y de paso para embellecer mi vida que ella decidió tocar para mi inmensa fortuna. Pero lo que más me conmueve es contemplar la belleza de esas tres mujeres que comen y beben y ríen y no parecen demasiado conscientes del milagro que habita en sus sonrisas y de la magia navideña que exudan y de la radiante felicidad de la que me contagian. Todo es increíblemente bello y feliz, tanto que no podría ser cierto, verdadero, pero es verdad, es Navidad, esas tres mujeres me acompañan y me quieren y me quedo un poco pasmado y maravillado mirándolas, como si quisiera asegurarme de que no estoy soñando todo eso, de que los dioses me han premiado con esa noche colmada de armonía, paz, amor y belleza, sobre todo belleza, más de la que merezco, más de la que soy capaz de mirar sin sentirme un poco embriagado. (more…)