Con los años aprendes que las virtudes más elevadas, y tal vez por eso mismo infrecuentes, son el coraje y la lealtad.
Con los años comprendes que la inteligencia o la astucia es una virtud peligrosa de la que es preciso desconfiar. Por lo general, la gente inteligente y astuta no sabe ser leal y carece de coraje o cree ser prudente cuando, en realidad, es sólo cobarde, pusilánime, asustadiza…
No me interesa ya la gente inteligente, aun si posee una inteligencia superior, una mente brillante, si sé que esa persona me es desleal, que es pérfida porque no puede evitarlo, que no puedo confiar en ella porque me ha traicionado y, con toda probabilidad, volverá a hacerlo.
La gran virtud, la virtud por excelencia, la más noble y admirable de las virtudes humanas, es el coraje, si por coraje entendemos no la temeridad del idiota que ignora los riesgos que corre y decide correrlos sin advertirlos y cegado por su imbecilidad, sino el valor consciente y calculado del que, a sabiendas de los riesgos que enfrenta, no se deja intimidar por ellos y lo arriesga todo, aun la vida, por una causa noble, por una causa justa, por unos ideales.
No hay coraje, desde luego, en la fría ambición, en la ambición mezquina y egoísta. Sólo hay verdadero coraje cuando la empresa humana que se acomete está preñada de peligros no menores y es de una naturaleza noble y altruista. Sólo hay coraje cuando el que lo arriesga todo sabe que lo más probable es que lo pierda todo y, sin embargo, percibe la vida como una aventura que sólo tiene sentido si se la dota de una dimensión épica, de una textura poética no exenta de cierto arrojo torero. (more…)