Todos los fines de semana se parecen bastante y no me quejo.
No podría decir que descanso los fines de semana, tampoco que trabajo.
Digamos que cumplo una rutina calculada y meticulosa, no exenta de placeres.
El más grande placer es almorzar con Sandra y nuestras dos hijas.
No es sólo que la compañía de esas mujeres me resulta gratificante en grado sumo, lo es también todo lo que me dan de comer.
La rutina comienza el sábado a las seis de la mañana en Bogotá cuando suena la alarma y salto de la cama y jalo mi maletín negro y subo al auto blindado de Fabio, el conductor y escolta, quien me lleva al aeropuerto mientras habla y yo a duras penas balbuceo palabras adormecidas porque a esa hora no soy capaz de pronunciar una palabra completa.
Prosigue (y este puede ser el peor momento del fin de semana) cuando espero a que nos llamen a abordar el vuelo y cuando por fin ocupo mi asiento y aguardo bostezando a que nos repitan la insufrible letanía de consejos inútiles sobre cómo sobrevivir si se cae el avión y luego las demoras del avión avanzando remolón por la pista. Este es el momento más tenso o crispado y a veces se prolonga porque detectan una avería o porque el tráfico aéreo se ha espesado o porque el avión está detenido y nadie nos explica por qué coño tardamos tanto en despegar.
Yo espero con las seis pastillas en una mano y el vaso de agua en la otra. Sólo tomo las pastillas cuando hemos despegado. Nunca las tomo en tierra. Me ha ocurrido que las he tomado nada más subir al avión y luego han encontrado un desperfecto y nos han bajado del avión y no había modo de bajarme porque estaba dormido como un muerto fresco. Por eso la experiencia aconseja tomar los hipnóticos apenas el avión levanta vuelo, nunca en tierra firme. Enseguida me cubro el rostro con una bufanda y desaparezco, me voy a otro mundo, perezco, desfallezco, fallezco en cierto modo, muero dormido y bien dormido las tres horas del vuelo.
Dios, qué sería de mí sin las pastillas que tan generosamente me provees.
Al llegar a Lima soy un hombre de aspecto risueño, no sólo porque la gente me grita expresiones afectuosas (impregnadas menos de afecto que de picardía), sino porque las pastillas han sedado mi ánimo revulsivo y siempre le pido al conductor que me lleve a casa bordeando el mar, y la contemplación del mar, el olor del mar, los recuerdos que me traen aquellas olas turbias, me devuelven la sensación de estar en casa. (more…)