Te vas quedando solo

Posted by Jaime Bayly in Columnas, ... | 05.31.2010 - 20:19

“El artista es responsable solo ante su obra. Si es un buen artista, será completamente despiadado. Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él. Mientras no se libra no tiene paz. Arroja todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir su libro”. (William Faulkner)

Hay verdades que no por ser verdades deberías decir en público.
Cuando las dices en público y expones las verdades que otros querían ocultar, te dicen que eres un loco y un mentiroso y un patán, y que esas verdades, dichas en público, no son ya verdades, son una falsificación de la verdad.

Dicho de otra manera, cuando dices la verdad y solamente la verdad te vas quedando solo y te hacen fama de loco y ya nadie quiere contarte sus verdades ocultas porque saben que eres un peligro, una amenaza latente.
Esto es lo que creo que me ha pasado en Lima, la ciudad en que nací. Esto es lo que creo que me ha pasado desde que me propuse ser un escritor. Esto es lo que creo que me seguirá pasando hasta que muera.

No sé o no me interesa vivir la vida sin escribir. No sé o no me interesa vivir la vida sin escribir las historias que siento verdaderas o que mi imaginación me impone como verdades ásperas, inevitables. No sé o no me interesa vivir la vida sin escribir y decir lo que de verdad está en mi cabeza. No sé o no me interesa vivir la vida sin atreverme a escribir lo que necesito desesperadamente escribir.

Lo que no equivale, desde luego, a que me sienta en posesión de la verdad. Puedo estar equivocado, sospecho que casi siempre lo estoy. Pero lo que da un mínimo sentido a mi vida es la persistencia en ser leal a lo que creo verdadero y en atreverme a escribirlo o decirlo aun si corro el riesgo de que me llamen loco y me dejen solo.

Yo sé que es verdad que mi padre fue violento y abusivo conmigo. Yo sé que es verdad porque lo viví, nadie me lo ha contado. Como es verdad y todavía me duele, no pude evitar que esa verdad impregnase mis novelas. Pero por decir esa verdad, o por sugerirla en mis novelas, mucha gente (y no solo de mi familia) se molestó y dijo que no era verdad nada de aquello que yo había contado.

Ahora creo que lo que no me perdonaban era que hubiese tenido el atrevimiento de contar cosas que no por ser verdaderas debían contarse en público. La víctima era en ese caso mi pobre padre al que tanto hice sufrir, pero ya todos se sentían amenazados. Si había asesinado literariamente a mi padre, si era un parricida sin culpa, podía hacerlo con cualquiera. Desde entonces me fui quedando solo y para no enloquecer o suicidarme sigo escribiendo lo que siento que es verdad o lo que siento que debo escribir aunque no les guste a los que preferirían que ciertas verdades permanezcan ocultas, camufladas.

Yo sé que es verdad que mi madre, siendo noble y bondadosa en grado sumo, es también religiosa en grado sumo. Yo sé que mi madre, confundida por sus tutores morales, se opone al ejercicio del amor entre los del mismo género. Yo sé que no acepta mi bisexualidad y considera esa tendencia a desear a ciertos hombres como una desviación moral, una conducta aberrante, una enfermedad. Yo sé que, fiel a su moral intolerante, a su cofradía de fanáticos, peleará hasta el final para convencerme de ser heterosexual. Yo sé que ella sufre por eso. Yo sé que la hago sufrir. Yo también sufro por eso, pero no encuentro la salida a tan penoso embrollo.

Todas esas verdades las he escrito y las he dicho y ahora las repito solo para recordarme a mí mismo que no porque muchos me repudien por decirlas dejan de ser verdades para mí.

Parecería que el acto mismo de decir la verdad en público destruye tu reputación o lo poco que queda de ella. Lo que es verdad en privado, lo que puedes decir susurrando en privado, deja de ser verdad si lo dices en público, si rompes los códigos no escritos de la hipocresía y la duplicidad moral, unos códigos que no son vistos como formas de mentir sino como formas de ser bien educado.

Parecería entonces que decir la verdad en público es una grosería y que hay ciertas verdades que solo debes decir en privado para no quedar como un patán o un payaso. Parecería que decir la verdad en público es, en la ciudad en que nací, un acto reñido con los buenos modales y la decencia.

Yo sé que es verdad que el tío millonario que murió era homosexual y pagaba por servicios sexuales. Yo sé que es verdad porque lo encontré varias noches haciendo lo mismo que yo: buscando muchachos fornidos en los parques de Miraflores. Como esa imagen me resultó brutal y perturbadora, apareció en mis primeras novelas. No pude evitarlo. Había una belleza triste y mórbida en el espectáculo de contemplar a lo lejos, sin que él me viera, a ese hombre inmensamente rico y solo, desolado, buscando el amor mercenario de algún muchacho.

Por novelar esa verdad, mi tío me odió el resto de su vida y debe de seguir odiándome el resto de su muerte. Por sugerir esa verdad en mis ficciones, una verdad que casi todos en la familia comentaban en privado: que mi tío era homosexual y pagaba a muchachos por servicios sexuales, la familia me condenó por infidente, por desleal, por maleducado. Por atreverme a novelar en breves pasajes la soterrada vida homosexual de mi tío millonario, me gané el odio o el desprecio de ese tío y de casi todos mis tíos. Solo había dicho la verdad, una verdad que no pocos decían en privado, pero había cometido el crimen imperdonable de decirla también en público.

Por ese crimen contra la buena educación, mi tío me castigó en su testamento. Dejó una parte de su dinero a todos sus sobrinos (muchos de los cuales hacían escarnio de su homosexualidad), pero se cuidó de no dejarme nada a mí (que por otra parte no esperaba nada de él, pues nunca hubo afinidad entre nosotros y el tamaño de nuestros orgullos nos enemistaba).

Irónica y perversamente, mi tío homosexual me castigó por atreverme a hablar en público de mi homosexualidad y de la suya. Irónica y perversamente, mi tío homosexual legó una parte no menor de su cuantiosa fortuna a mi madre (que reprueba el ejercicio de la homosexualidad), pero no quiso dejarme un centavo porque tuve la mala educación de hablar y escribir en público a favor de los homosexuales (como él). Irónica y perversamente, mi defensa pública y abierta de la homosexualidad (que impregnó mis primeras novelas, mis apariciones mediáticas y mis convicciones políticas), me enemistó para siempre con mi tío homosexual.

Eso me pasa por decir en público ciertas verdades que solo son ciertas cuando las dices en privado pero que pasan a ser falsedades, impertinencias o insolencias cuando las dices en público. Eso me pasa por desafiar el orden establecido, la moral puritana, la vieja costumbre de ocultar o esconder las verdades que incomodan y nos recuerdan nuestras miserias humanas. Eso me pasa por creer que podía darme el lujo de decir y escribir lo que estaba en mi cabeza sin que hubiera un castigo, una reprobación moral y pecuniaria. Eso me pasa por creerme más listo y más fuerte que ellos, los que saben mentir, callar, disimular y encubrir. Pues no: al final son ellos los que se quedan con el dinero.

Y por decir la verdad, o por novelar tus verdades, te vas quedando solo, cada vez más solo, y te llaman loco y mentiroso, y te duele el repudio y el desdén de los que antes te querían y ahora te ven como una amenaza por decir las verdades que debías callar y no supiste callar, te duele, claro que te duele, y no por el dinero que ellos han heredado y tú no, eso no importa o importa poco, por suerte no necesitas ese dinero, te duele porque te quedas pensando que por decir la verdad, o por intentar ser fiel a tus verdades y pelear por ellas, tu familia te desprecia y hasta tu madre llama por teléfono a tu tío (el legendario idealista, el bravo luchador de causas perdidas) para pedirle que no vaya a tu programa (el programa al que ella asistió encantada), conspirando a tus espaldas para que no sigas diciendo en público esas verdades que ella se ha pasado la vida escondiendo debajo de la alfombra, al mismo tiempo que lloraba sus desgracias.

Que mi padre esté muerto no me impide recordarlo con cierto temor. Que mi madre sea mi madre no me impide recordar que reprueba el amor homosexual. Que mi tío esté muerto no me impide recordarlo como un discreto homosexual en el armario que tal vez me odió por atreverme a decir en público que me gustaban los hombres y por sugerir en mis ficciones que a él también le gustaban (y no poco, o no menos que a mí).

Lo que algunos llaman discreción, refinamiento o buena educación es lo que a menudo me parece falso. Lo que algunos llaman impertinente, grosero o maleducado es lo que con frecuencia me parece verdadero.

Al final no importa ya quién tiene la razón. Al final ya no sabes bien qué es lo verdadero y qué, lo falso. Al final solo importa quién se queda con el dinero. Y la lección que aprendes es dura: son ellos, los que mejor saben mentir, los que mejor saben callar, los que se quedan con el dinero, los que te ganan la partida.

Porque hay verdades que no por ser verdades deberías decir en público, y cuando las dices te hacen fama de loco y te vas quedando solo.
Acostúmbrate a estar solo. Es lo que te espera.


1 comentario on "Te vas quedando solo" »

Alexa
Posted on 14 Junio 2010

Solo, pero libre.

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