UNO
Hoy pensé matarme. No había ninguna razón, solo la fatiga, supongo. Pensé matarme como quien piensa que ya toca irse a dormir: sin ningún dramatismo, hundido por el peso de la rutina, aburrido de mí. Me tomé el frasco grande de Listerine. No me cayó mal, no tuve dolores, creo que me hizo volar un poco. No lo recomiendo, puede generar adicción. Ahora mismo salgo al supermercado a conseguir otro.
DOS
En el avión me tocó el asiento 2C. Robé la almohada del asiento vecino y puse las dos almohadas en mi asiento y descansé mis nalgas sobre ellas. Minutos después llegó un señor y ocupó el asiento 2B. Buscó su almohada, no la encontró. Me preguntó si la había visto. Como estaba sentado sobre ella y él no podía ver las dos almohadas que mi trasero escondía, le dije secamente: “Yo no he visto ninguna almohada, señor, debe ser que ya no dan almohadas por la crisis”. Me puso mala cara. Luego llamó a una azafata y pidió una almohada. Cuando se la dieron, volvió a mirarme con hostilidad, sospechando que le había robado su almohada.
TRES
Luis me cuenta que nuestra vecina del sexto piso en Buenos Aires se arrojó del balcón. Al parecer era alcohólica y estaba deprimida, tal vez porque no tenía dinero para comprar más trago. La vieja se mató. Enhorabuena. Si tal era su deseo, celebro que le fuera concedido. Por suerte no le cayó encima a un peatón y lo mató de paso, como leí que ocurrió el otro día en una ciudad española: muere el suicida arrojadizo y muere el peatón que hizo de colchón. Lo peor es cuando el suicida mata al peatón y sobrevive. Luis parecía contento con el suicidio de la vecina. Yo también tomé la noticia con alegría. Espero que nuestros vecinos del edificio sigan saltando a la muerte. Pobre Ismael, el portero, que tuvo que lavar y fregar la sangre en la acera. Tendría que haberle contado a la vieja suicida que se tomara varios Listerines.
CUATRO
Ha vuelto el insomnio con su insidiosa crueldad. Apagué todo, me quité los zapatos, me eché en la cama a oscuras. Mi cabeza era un parque de diversiones. Me proponía un número de escenarios estimulantes y arriesgados. Tenía que escoger a qué montaña rusa quería subirme para jugar con mi vida y al final decidí que no subiría a ninguna, que seguiré escribiendo y andando por la sombra. El insomnio atacó entre cuatro y cinco de la mañana. Como nada de lo que tomé a esa hora me dejaba dormido, encontré un viejo frasco de Zolpidem Trartrate. Lo había comprado en Miami en 2008 y decía que había vencido en octubre de 2009. Pendejadas. Ninguna pastilla vencida me vencerá, joder. Me tomé las seis que quedaban y olían feo. Funcionó. Dormí hasta mediodía, desperté sedado, idiotizado y feliz, como en una película en cámara lenta, y me fui a que Paola me hiciera un masaje tipo Pilates. Fue una hora a solas con ella, yo desnudo, ella estirándome y contorsionándome como le daba la gana. Lo único bochornoso fue que a veces me flexionaba con tanta fuerza que se me escapaba una ventosidad.
CINCO
Andresito me acompaña siempre. Compré su último disco. Las mejores canciones: Todos se van, Los Divinos, El Perro. Todos se van: “Tendría que haber nacido antes o mucho después / además me da igual / Podría haber sido cualquier cosa / una flor en el balcón / algo vegetal / Y afuera donde es verano / todos se van / todos se van / nosotros parece que no (pero también)”. El Divino: “Cuando el cántaro se rompe / y no hay monedas en la fuente / Cuando uno se despierta / y ya no es indiferente / Y no existen los destinos / ni siquiera los divinos / La ciudad se queda sola / y nadie me da bola / Hoy es hoy / ayer fue hoy ayer”. El Perro: “Lástima Argentina / Eras un bizcochuelo / ahora sos gelatina”. No te mueras, Andresito. No antes que yo, por favor.
SEIS
Ha salido el Sol. Salgo a caminar. Me acompañan Carlos, Boris y Miguel. Carlos es el que me conversa, los otros van a unos metros, vigilando. Pasamos frente a la embajada de Venezuela, una mansión de estilo victoriano en el barrio más elegante de Bogotá, frente a la residencia del embajador inglés y a una calle de la embajada francesa. Discretamente, busco una flema en mis cavernas respiratorias y lanzo un deliberado salivazo en el césped de la embajada de Chávez. Va para ti, jabalí.
SIETE
“La verdad se vuelve inverosímil a veces con el paso del tiempo; se aleja, y entonces parece fábula, o ya no más la verdad. A mí mismo me parecen ficticios episodios que yo he vivido”. (Javier Marías, “Tu rostro mañana, Fiebre y lanza”).
OCHO
Aburrido en el canal de televisión, escribo esto:
Tengo suerte
Conocí el amor
O conocí que una mujer me amara
Y que un hombre me amase también
Tal vez entonces no conocí el amor
Solo la amorosa sensación
De sentirse amado
Y más que amado, deseado
Creo haber amado
Pero moriré pensando
Que el amor más genial y divertido
Se me escapó
Por marica nomás
Ese amor que se me escapó
Que no pudo ser
Que no será
Eres tú
Serás siempre tú
NUEVE
Madrugada inquieta del sábado, sabiendo que ni siquiera intentaré dormir porque a las seis salgo deprisa al aeropuerto. Se reúnen a danzar palabras en mi cabeza, resuenan en esa cavidad de paredes añosas, tengo que escribirlas para acallar el eco molesto:
Venimos de un lugar incierto
(o de ningún lugar)
y vamos a un lugar incierto
(o a un ningún lugar)
Quizá esto que somos
No sea nuestra dimensión verdadera
Definitiva
Quizá lo que de verdad somos
Es lo que fuimos
Y lo que seremos
En un lugar incierto
(o en ningún lugar).
DIEZ
Salgo a caminar por San Isidro con Camila, mi hija. Me enorgullecen su inteligencia risueña, su confianza en sí misma y la suave velocidad que le imprime a su vida, una velocidad que es perfectamente compatible con la mía, y eso que acabo de bajarme del avión y estoy fatigado. Pero caminar con Camila es como patinar o levitar y todo a su lado se ve más bello e inspirador y entre la niebla que se difumina con nuestros pasos sosegados se me aparece una idea nítida, rotunda: mi futuro es estar siempre cerca de mis hijas, adonde ellas vayan iré yo siguiéndolas.
ONCE
En el techo de la biblioteca de su mansión en Seattle, Bill y Melinda Gates han mandado escribir esta frase de The Great Gatsby: “He had come so far to realize his dream, he could hardly fail to grasp it”. (“Había venido de tan lejos para realizar su sueño, que no podía fracasar en su intento por conseguirlo”). No debo morir sintiendo que fracasé. No es, por supuesto, la candidatura presidencial la que me redimirá del fracaso: es completar la trilogía sanguinaria que estoy escribiendo. Luego me sentaré a mirar melancólicamente lo que acaso sea un fracaso literario más. Pero no para mí. Para mí es toda la diferencia entre morir ahogado y llegar nadando exhausto a la orilla, para luego dejarse morir entre cangrejos y gaviotas, sabiendo que el sueño de nadar hasta tierra firme se cumplió cuando hace ya más de veinte años naufragó el barco familiar y me arrojé al mar sin salvavidas.
DOCE
Carlos Salvador Bilardo: “Si salimos campeones, dejaré que el que hizo el gol en la final me haga la colita”. (Es decir, que lo someta a las asperezas no exentas de dolor del sexo anal). Por eso soy argentino. Y porque la Argentina era bizcochuelo y ahora es gelatina como dice Andresito, pero ninguna gelatina es más rica que la argentina y porque están todos locos, comenzando por Bilardo, y en un país de locos es donde naturalmente yo debería vivir.
Posted on 16 Junio 2010
“como una tarde de domingo
llena de gente,de griterío
está mi corazón…
cuando te siente aquí conmigo
agitado late sin tus mimos
sin tu presencia está solito
muere de pena…
si no te siente aquí conmigo
mi sangre no tiene color
no tiene brillo
circula cansada y mucho frío
si no te siente aquí conmigo
cuánto calor! ¿será un vahído?
es por tu aliento
por tu cariño
porque te tengo aquí… conmigo”