UNO
Dunga es un matón, siempre fue un matón. Cree que el fútbol no es un juego en el que prevalecen los virtuosos sino los recios y tramposos, como recio y tramposo era él cuando jugaba con mala saña. Naturalmente, un matón desembozado como Dunga hizo una selección de matones. Todos en Brasil parecían malhechores tratando de hurtar un partido. En las caras de los brasileños no se advertía algo parecido al goce o al placer de jugar un juego, sino la tensión culposa del que se dispone a perpetrar una fechoría, el rictus delator del hampón con las manos en la masa. Todos, incluso Kaká, el predicador religioso con cara ñoña, parecían ensombrecidos por el espíritu zafio, vulgar de Dunga. Nunca jugó bien Brasil en este mundial. Hizo goles tramposos, no con una mano sino con doble mano. Tenía como defensores a unos sujetos patibularios, como Lucio o Melo o Juan, que parecían escapados de una cárcel de alta seguridad. Los brasileños, que antes jugaban bonito, ahora jugaban feo. Ganaban, pero jugaban feo. Y por suerte, les tocó jugar con Holanda, que es una selección que entiende el fútbol como un juego, como un disfrute de los sentidos, como una travesura, como un desafío pendenciero; una selección que juega con cierto aire distraído, como si igual le diera ganar o perder, con un espíritu risueño, como si lo más importante no fuera destruir a patadas al rival (la filosofía de Dunga) sino divertirse, pasarla bien, jugar bonito, hacer cabriolas imposibles y ver cuál de los pelados, si Sneijder o Robben, hace el gol más lindo. Holanda nunca jugó el mundial con el peso opresivo de representar a una tribu guerrera, Holanda siempre jugó el mundial como si fuera una pichanga entre amigos o un picadito después de un asado o una fiesta después de fumar hierba. Mi teoría (que no puedo probar) es que los holandeses juegan chispeantes de marihuana o han fumado tanta marihuana en su primera juventud que ya han quedado tocados de un cierto relajamiento ante todo. Y por eso Holanda le ganó a Brasil y sin duda mereció ganarle a Brasil. Porque Holanda jugó bonito, jugó relajadamente, jugó a sabiendas de que era un juego nomás, mientras Brasil se tensaba en unas asperezas de maleantes chapuceros que parecían conjurados para asaltar un banco o robarse el oro de la sacristía.
DOS
Tabárez es un maestro, Tabárez siempre fue un maestro. Escuche, usted, una conferencia de prensa de Tabárez y notará enseguida su humildad, su prudencia, su inteligencia con las palabras, su lucidez para decir sin jactancia ni aspavientos lo poco que tiene que decir. Como Tabárez es ante todo un hombre inteligente y educado, la selección uruguaya es la prolongación de su inteligencia y su educación y es también, por supuesto, la suma de once hombres entrenados en esa noble tradición uruguaya de que el juego del fútbol, cuando es al país al que se representa, lleva consigo el peso del honor, pone en entredicho ya no solo las aptitudes de esos hombres para jugar el juego, sino también su coraje, su nobleza, su lealtad, su entrega incondicional, como si esos once elegidos para llevar el emblema del país fueran un regimiento, un batallón, un cuerpo de élite que va a una guerra sin armas en la que habrán de demostrar heroísmo además de habilidad para prevalecer sobre los otros. Siendo un juego y estando sin armas, los uruguayos entienden el fútbol como una prueba de coraje y heroísmo, y solo por eso, no por ser más dotados técnica o físicamente, prevalecieron sobre los de Ghana, que a punto estuvieron de doblegarlos en esa batalla feroz. Pero hubo tres momentos cruciales en los que Uruguay demostró que, no siendo superior a su rival, poseía sin embargo esa cuota extra de heroísmo o de arrojo torero: cuando Luisito Suárez, en el último minuto del tiempo suplementario, sacó una pelota de la línea de su arco con los pies y otra con la mano, casi como Kempes contra los polacos en el 78, de pronto un delantero haciendo de arquero y perpetrando una trampa no para burlar las leyes del fútbol sino como un recurso desesperado para evitar la caída de los suyos, cosa que al parecer intuyó que habría de ocurrir cuando, ya expulsado, camino al vestuario, advirtió que el penal ejecutado con menos pericia que vehemencia pegó en el travesaño y entonces la mano de Luisito Suárez no fue una mano tramposa, mañosa, reprobable, sino una que expresaba la voluntad de inmolarse en aras del triunfo de su batallón; cuando, ya en la tanda de penales, el portero Muslera supo que la suerte del regimiento dependía ahora casi enteramente de su astucia para adivinar el destino de la pelota y su determinación para ir a desviarla y en efecto atajó dos penales tirándose hacia la izquierda y erigiéndose en el segundo héroe del pelotón uruguayo; y cuando, puesto a ejecutar el quinto y último penal, Abreu no se intimidó, no se puso nervioso, no se acobardó, sino que recordó que por algo Uruguay fue dos veces campeón del mundo y tal vez recordó que por algo tiene fama de loco, y entonces hizo lo que solo los locos y los genios podrían hacer en un momento cargado de tal dramatismo, un momento del que dependía la felicidad entera de un país, millones de miradas y corazones y alientos entrecortados que de pronto Abreu representaba en ese penal, millones de almas en vilo que cifraban su ilusión en que Abreu convirtiera, y entonces vimos lo que vimos y no olvidaremos: que Abreu, más que valiente, fue insolente en correr con su aire desgarbado, amagar un disparo potente y luego picar la pelota en cucharita para que hiciera un vuelo manso y aterrizara como una masita desdeñosa en el arco de Ghana, demostrando de ese modo quién sabía más, quién podía más. En ese momento, Uruguay fue campeón del mundo y es ya campeón del mundo, no importa lo que pase después.
SÁBADO, TRES
Maradona es arrogante, y más que arrogante, ignorante, y más que ignorante, agresivo en su ignorancia. Fue un virtuoso como jugador, pero no es un hombre inteligente, no es siquiera medianamente inteligente. Es un hombre lleno de complejos y resentimientos, un hombre turbado por las bajas pasiones, un enfermo en permanente rehabilitación, un hombre incapaz de ser humilde y escuchar las críticas y razonar serenamente. Es un hombre endiosado y adulado y por tanto un hombre engañado y mal informado. No posee inteligencia natural para razonar el juego del fútbol, como no posee inteligencia emocional para gobernar y expresar sus pasiones. Ama a sus hijas pero no reconoce a su hijo italiano. Ama y adora a Chávez y a Fidel Castro porque los gringos no le dieron la visa para ir a Disney. Se pelea hasta con su sombra. Está siempre molesto, crispado. Cuando la prensa critica el mal juego de su selección, se enfurece y dice bravuconadas de matón. Cuando clasifica a duras penas al mundial, sale con procacidades: que me la mamen ahora los que me criticaron. Pues ahora ¿quién es el mamón, quién debe mamársela a quién? Porque, por lo visto, quienes criticaron la natural incompetencia de Maradona para ejercer un cargo para el que no daba la talla (el entrenador de fútbol tiene que ser, ante todo, un estratega, y un estratega tiene que ser, ante todo, un hombre inteligente) tenían la razón. Maradona nunca debió ser entrenador de la Argentina porque no está dotado de las mínimas facultades para desempeñar ese cargo. Es comprensible que sus compatriotas lo amen con desmesura y prescindiendo de toda razón debido a las alegrías que Maradona supo darles como jugador de fútbol; es menos comprensible que ese amor los turbe y enceguezca al punto de no advertir lo que ya en las eliminatorias parecía evidente, y aun antes: que Maradona nunca será un buen entrenador porque si no puede gobernar su vida, sus palabras, sus turbias pasiones, sus odios y complejos y resentimientos, menos podría gobernar a la selección argentina. El fracaso de la Argentina ante Alemania puso en evidencia esa simple verdad: que el mariscal que comandó al regimiento argentino estaba lastrado por la torpeza, la ineptitud y la arrogancia. Como consecuencia de ello, no eligió a sus mejores hombres, sino a sus mejores amigos. Como consecuencia de ello, Alemania destruyó a un aturdido batallón argentino y humilló a quien se creía Napoleón.
SÁBADO, CUATRO
Martino es astuto y malicioso, siempre lo fue para enredar un partido y viciarlo de mañas y asperezas. Por eso Paraguay pudo haberle ganado a España sin merecerlo, de haber convertido el penal que Cardozo estropeó paralizado por el miedo escénico y que Casillas atajó siguiendo el consejo de Pepe Reina: Cardozo no tirará al mismo lado que eligió contra Japón. Pero Del Bosque es un viejo que ha visto casi todo el fútbol que se ha jugado en España desde que en España se juega al fútbol, un viejo tan viejo que ya nada lo emociona demasiado y es por eso un buen entrenador, porque no deja de pensar serenamente y razonar con frialdad y aun en el momento del juego, cuando las emociones se exasperan, está allí sentado como si estuviese pensando qué nicho le conviene comprar en qué cementerio, como si fuese consciente de que ya es poco lo que le queda por vivir y que aquello que sus ojos hinchados y acuosos están presenciando algún día será recordado por pocos, cuando él ya descanse en su nicho pagado a plazos en vida. Por eso, porque Del Bosque sabe por viejo y cazurro y se reconoce mortal y falible, España encuentra en el banquillo a un técnico sabio (sabio y en la sombra) que no duda en sacar al Niño Torres cuando el Niño no da pie con bola, y que deja en libertad a Iniesta y Xabi, y más atrás a Xabi Alonso, para urdir paciente y sigilosamente las conspiraciones, y recuesta sobre la izquierda, pegado a la raya, a ese demente afortunado que es Villa para que la meta cuando nadie más consigue meterla. Fue un partido digno porque ambos fueron fieles a su estilo y no escatimaron esfuerzos para obtener el triunfo, pero ganó España porque Paraguay tuvo miedo de ganarlo cuando Cardozo pateó el penal que atajó Casillas y porque cuando fue el turno de España, y Alonso metió el penal que no debieron anularle porque entonces tendrían que haber repetido también el de Cardozo (en ambos hubo invasión de área), y Villa encontró el rebote del palo que es su amigo, no tuvo miedo de ganarlo, supo que la historia ya le exige a España que este año sea campeón y por eso cada gol de Villa (que ya ha gritado cinco en este mundial y que Del Bosque ni se levanta a festejar) lleva consigo la bravura de un país entero que esta vez no tiene miedo de ser el mejor y sabe que merece ser campeón.