El mundial (5)

Posted by Jaime Bayly in Columnas, ... | 07.08.2010 - 19:07

MARTES, UNO
Yo quería que ganara Uruguay. Quién no quería en este país y en los países vecinos que ganara Uruguay. Pero Uruguay ya había ganado. Uruguay salió a jugar con Holanda con la sensación de que había cumplido sobradamente las expectativas, que ya se había metido entre los cuatro primeros, que había llegado más lejos que Brasil y Argentina, que había hecho un mundial heroico, impensado. Uruguay sabía además que había tenido suerte (y no poca) para llegar a batirse con Holanda. Porque le tocó un camino despejado, Corea y Ghana en cuartos y octavos, y aun así pasó sufriendo en ambos partidos y con una inmensa fortuna en la batalla épica con los africanos. Los otros tres que llegaron a semifinales tuvieron que dejar en el camino a equipos peligrosos de verdad: Alemania, a Inglaterra y Argentina, cuatro goles a cada uno, chúpate esa mandarina; Holanda, eliminando a Brasil, no cualquiera elimina a Brasil en un mundial y en noventa minutos y sin penales y jugando claramente mejor; y España sacándose de encima a Portugal y luego a esa selección ladilla, mañosa que es Paraguay (Paraguay parece una selección de once reos que si ganan quedan en libertad). De modo que cuando salieron a jugar unos con otros, los holandeses venían de despachar a Brasil, y con seguridad recordaban las dos finales perdidas el 74 y 78 (ambas creo que injustamente perdidas; en ambas pudieron y merecieron ganar) y tenían la serena o risueña convicción de que si habían mandando a casa a los brasileros, era sólo una cuestión lógica que prevalecieran sobre los uruguayos, porque hombre a hombre eran mejores y porque Holanda lleva casi dos años sin perder un partido y llegaba a la semifinal habiendo ganado todos sus partidos del mundial con holgura y altivez; y los uruguayos, en cambio, salieron a jugar sintiendo que ya habían cumplido, que habían tenido una suerte del carajo con Ghana porque esa combinación de dos hechos fortuitos y favorables (la mano de Suárez en el minuto ciento veinte y el penal fallado por el africano) fue ya demasiada buena suerte, una obscenidad de buena suerte, una borrachera de buena suerte, todos los dioses de la fortuna conjurándose o haciendo un aquelarre para que Uruguay pasara arrastrándose y de milagro a semifinales, y porque uno podía intuir entonces que Holanda llegó al mundial a ganarlo por fin, a lograr lo que les resultó esquivo el 74 y el 78, cuando una generación de virtuosos vio truncado su sueño porque los dioses de la fortuna no les fueron propicios y porque en ambos casos los locales (Alemania y Argentina) jugaron con once más el azar (que es invisible pero que juega también), mientras que Uruguay llegó al mundial con la meta de clasificar del grupo de la muerte (que resultó siendo mortalmente pobre) y, si acaso, ya con mucha suerte, pasar a octavos sin tropezar con Argentina, es decir que, sin haber hablado con ellos, me atrevería a apostar que los uruguayos llegaron a Sudáfrica no pensando siquiera remotamente en jugar la final ni obtener el título, sino en sortear el primer escollo que parecía insalvable, clasificar en ese grupo con franceses, mexicanos y sudafricanos (nunca un país anfitrión había quedado eliminado en primera rueda), y en tener la suerte de no chocar con la Argentina en octavos, que, en el papel, era lo que parecía más probable: que Uruguay quedase segundo en su grupo y Argentina primera y se encontrasen de nuevo en octavos, como en mundiales pasados. Esta es entonces mi primera conclusión: sicológicamente, los holandeses salieron a ganarlo y los uruguayos salieron sintiendo que ya habían ganado aun si perdían. Por eso ambos se fueron contentos: los holandeses porque pasaron a la final como era de estricta justicia, porque en todo momento jugaron mejor que sus rivales, y los uruguayos porque supieron perder con grandísima dignidad (aquello que precisamente se echó de menos en los argentinos cuando fueron humillados por los alemanes) y porque además se dieron el lujo de meterles dos golazos a los holandeses y terminar el partido asustándolos y haciéndolos pasar apuros. Holanda, insisto, lleva casi dos años sin perder. Holanda llegó a Sudáfrica a campeonar (y a campeonar jugando bien) y está a un partido de conseguirlo. Uruguay llegó a Sudáfrica a clasificar en un grupo que en teoría se suponía más arduo y enmarañado (nadie podía adivinar la rendición francesa ni la calamidad del juego de los anfitriones) y ya con llegar a cuartos había cumplido. Con toda la simpatía que tengo por los uruguayos, creo que es un hecho irrefutable que Holanda fue mejor, jugó mejor, y por tanto mereció ganar, ganó el mejor (lo que no siempre ocurre en el fútbol, como bien saben los holandeses cuando recuerdan las finales perdidas del 74 y 78). Pero, además, Holanda es un equipo inclasificable, porque no practica la clásica escuela europea ni es tampoco del todo sudamericano o español. Mezcla con impredecible sabiduría lo mejor de ambas escuelas. De pronto son europeos cuando se animan a meter un bombazo como el primer gol: me atrevo a afirmar que ningún sudamericano sería capaz de pegarle al arco desde tan lejos, con tanta potencia y con tan endiablada precisión como le pegó en el minuto 18 Gio Van Bronckhorst (Gio para sus amigos). Gio, cabrón, si pateas cien veces más, no lo haces, qué pedazo de gol te llevas a casa, joder. Fue, creo, el gol más espectacular que he visto en el mundial. En esto (y es algo que aprendí desde chico, cuando en las apuestas familiares el 74 y 78 yo siempre apostaba a Holanda campeón), los holandeses son superdotados y se tienen una fe inhumana para disparar un obús teledirigido desde una posición que parecería imposible y sin embargo terminan reventando el arco contrario. Desde chico aprendí que los holandeses tienen esa dualidad mágica: te hacen goles preñados de un ritmo o una sensualidad sudamericana, pero de pronto, cuando menos lo esperas, te avientan un zapatazo de cuarenta metros y te recuerdan que son europeos y que ninguna selección europea, ni la alemana, patea tan bien de tan lejos como estos holandeses que, para colmo, nunca se sorprenden de lo bien que juegan, de la maldita precisión con la que urden, traman, hilvanan y ejecutan sus goles, porque los tres goles holandeses contra Uruguay fueron de un refinamiento estético superior: el misil de Gio, el chanfle de Wesley y la cabeza pelada de Arjen para poner en evidencia una verdad irrefutable: que si haces tres goles así, mereces ganar el partido como sin duda ninguna mereció ganarlo Holanda. Honor a los caídos: Uruguay perdió sin resignar el espíritu guerrero y sin renunciar a la vergüenza deportiva (que aprendan los argentinos).

MIÉRCOLES, DOS
Yo quería que ganara España. Cuando me senté al lado de mi hija a poco de comenzar el partido, le dije: Si Serbia le ganó 1-0 a Alemania en la primera rueda, es que los alemanes no son invencibles. Si Serbia pudo, España puede. Ganará España 1-0. Mi hija me miró y no dijo nada por compasión, porque ya sabía que todos mis pronósticos terminaban siendo errados. Por suerte, por esta única vez, acerté. Aunque me pasé el partido gritando “por abajo, por abajo, no la tires por arriba Ramos, la concha de tu hermana, por arriba los alemanes son imposibles”, y estaba seguro de que el gol español sería obra de la picardía de los chiquitos para tocarla por abajo y aturdir a los gigantes alemanes, y de nuevo me equivoqué: en el primer tiempo la llegada más clara de los españoles fue por arriba, un cabezazo a fusilar de Puyol que falló por muy poco, y en el segundo tiempo, de nuevo este legendario Tarzán catalán que viene desde atrás, corriendo desde fuera del área, y salta como un gladiador a pesar de su corta estatura y mete un cabezazo tan violento y tan lleno de convicción que la pelota sale disparada como si Puyol la hubiera pateado con toda su furia descomunal y no la hubiera cabeceado con esa cabeza melenuda y de proporciones que ciertamente intimidan a cualquiera, incluso a un alemán, que, en promedio, es también de testa grande y mirada homicida. Pero Puyol me demostró que llevó cuarenta años viendo fútbol como un enfermo y no he aprendido un carajo de nada: el gol del triunfo contra Alemania fue por arriba, de cabeza, siendo Puyol un enano comparado con Mertesacker o Schweinsteiger, y sin embargo ese enano legendario, ese enano que resume toda la furia y toda la bravura y toda la frustración española porque nunca han ganado un mundial, ese enano que podría haber sido boxeador o sicario, ese enano que puesto a pelear cuerpo a cuerpo con cualquiera de los alemanes, incluso con los más grandes y fornidos, sin duda les arrancaría a mordiscos las orejas y los mataría como una bestia depredadora y luego pondría al fuego un dedo o un muslo y se lo comería eructando, ese enano que no juega bien ni bonito pero que literalmente se juega la vida en cada pelota dividida, ese enano se empinó sobre los sueños de todos los españoles y se agigantó sobre la ilusión de un país entero y voló más alto que nadie para meter ese frentazo que destruyó el mito de que Alemania era invencible. Alemania fue un gran equipo y metió cuatro goles por partido cuando se enfrentó a tres mamarrachos: Australia, Inglaterra y Argentina. Pero cuando Alemania tuvo que jugar con uno que sabe de verdad como España, entonces no pareció más la máquina demoledora e indestructible que dio la impresión de ser ante los argentinos. Lo que me lleva a este conclusión: Inglaterra y sobre todo Argentina no tuvieron mala suerte contra Alemania, no: es que jugaron como el culo, y le dieron todas las ventajas, y sobre todo en defensa fueron una coladera, y ya se sabe (aquí lo he dejado escrito) que los alemanes, cuando perciben la mínima debilidad en el rival, tienen un espíritu depredador, siempre quieren un gol más, te gasean a goles, el fútbol no es un juego para ellos sino la tercera guerra mundial. La victoria de España fue justa, merecida, indiscutible. España fue fiel a su escuela, jugó con aplomo y confianza en su estilo sereno, refinado y rompedor. España demostró además que Del Bosque es un gran entrenador, porque poner a Pedro y sacar al Niño Torres desde el comienzo fue un grandísimo acierto (aunque no le perdono a Pedro que no le diera el pase a Torres para asegurar el 2-0: aun así, hizo un partidazo y puso a bailar flamenco a los troncos alemanes). Queda entonces la sensación de que han llegado a la final los dos mejores equipos del torneo, Holanda y España. En ambas semifinales, prevaleció claramente el mejor. Por supuesto, quiero que España gane el domingo. Sin embargo, mucho me temo que será un partido endiablado porque Holanda llega a su tercera final y no querrá perderla una vez más, pero sobre todo porque con Holanda nunca sabes si estás jugando contra un europeo, un sudamericano o qué coño tienes enfrente vestido de naranja. Porque Holanda cuando quiere juega como España, pero España cuando quiere no sé si puede jugar como Holanda. Será además un duelo entre cuatro virtuosos del juego: Iniesta y Xabi, y Sneijder y Robben. Que gane España si España juega mejor. Pero si es Holanda el que juega más fino y el que dispara misiles inteligentes y el que, puestos a tocar por bajo con picardía, lo hace mejor, que gane Holanda, que gane el mejor. Maradona, papá, ¿y ahora a quién se la tenemos que mamar? ¿O se la mamás vos a Del Bosque?


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