La última pastilla

Posted by Jaime Bayly in Columnas, ... | 01.26.2009 - 13:34

Soñé que mi tío, el millonario con fama de avaro, el minero cuya fortuna se calculaba no en millones sino en centenares de millones de dólares, el solterón empedernido, el calvo chismoso y socarrón, el que me saludó desdeñosamente al lado del cadáver de mi padre, el que invitaba a mi madre todos los años a unos viajes fastuosos por Europa con mayordomo y chofer viajando con ellos, el navegante melancólico, el amante del mar, el homosexual discreto y encantador con tres copas de vino, se hallaba enfermo y sabía que su muerte era inminente y sentía un miedo muy humano ante el final inevitable.Soñé que mi tío, el millonario avaro que se burlaba de la fe de mi madre y de su militancia en el Opus Dei, llamándola “la beatita”, se asustaba tanto sabiendo que su enfermedad había adquirido ya un carácter irreversible, que llamaba a mi madre y le pedía auxilio religioso y le decía que quería confesarse con el padre Joaquín, del Opus Dei, el mismo que confesó e impuso la extremaunción a mi padre agonizante, el mismo que me saludó amablemente al lado del cadáver de mi padre.

Soñé que mi madre confortaba a mi tío millonario, que le llevaba religiosos del Opus Dei para aliviarle los tormentos de la conciencia y facilitarte el tránsito al más allá, que le ponía estampitas de San José María en el pecho, que rezaban juntos él y ella la estampita, que mi tío se convertía fervorosamente en sus últimos días y abrazaba con pasión temblorosa la fe en Dios y en su bienamado San José María, fundador del Opus Dei, y eso llenaba de dicha y consuelo a mi madre, que tan buena hermana había sido siempre con él, soportando sus ironías crueles y sus regaños destemplados, acompañándolo sin muchas ganas en sus viajes principescos por el mundo, con chofer y mayordomo, sospechosos ambos, por su briosa juventud, de prestarle otros servicios en horas fuera de servicio.

Soñé que mi tío llamaba a su abogado, amigo de mi madre, y rehacía su testamento y legaba su inmensa fortuna a mi madre y solo a mi madre, despojando de toda herencia al resto de sus hermanos y hermanas, con varios de los cuales se hallaba enemistado por cuestiones de dinero, por préstamos que él pensaba que no habían sido pagados o por acciones de su compañía minera que él quería comprar y su hermana no le había vendido, escaramuzas financieras que le valieron a mi madre convertirse en la heredera única y universal del patrimonio de su hermano, que antes la llamaba riéndose “la beatita” y ahora la tomaba de la mano, después de rezar juntos la estampita del Padre, y le decía “eres una santa, eres mi salvadora”.

Soñé que mi tío moría en paz, acariciado en la frente y las manos por mi madre, rodeado de religiosos del Opus Dei, en ausencia de algunos de sus hermanos y hermanas, que no le perdonaban ciertos actos de crueldad o egoísmo en el ejercicio despótico de su fortuna.

Soñé que mi tío era enterrado en el mismo cementerio en que reposaban los huesos de mi padre y que un sacerdote del Opus Dei pronunciaba las honras fúnebres y que entre las manos ya frías de mi tío se había deslizado suavemente una estampita de San José María para que lo acompañase en la vida eterna. Soñé que mi madre lloraba, pero no era una llanto cargado de tristeza sino de alivio y reprimida alegría porque escondía la certeza de que su hermano, en la hora final, había visto la luz, se había convertido a la verdad, al camino del bien, y se había purificado y redimido de sus faltas, asegurándose de ese modo el perdón de Nuestro Señor y un lugar perpetuo en el cielo, no muy lejos de mi padre, también esperándonos en el cielo.

Soñé que mi madre estaba sentada en un estudio de abogados y escuchaba la lectura del testamento de su hermano y se enteraba emocionada de lo que ya su hermano le había susurrado al oído, con voz trémula, cuando agonizaba: que ella se quedaría con los quinientos millones de dólares en que se calculaba su patrimonio.

Soñé que mi madre se convertía en una de las mujeres más acaudaladas de la ciudad y mis hermanos celebraban con vinos y habanos la certeza de que ella compartiría su inmensa fortuna con ellos y que los religiosos y consejeros laicos del Opus también celebraban, aunque más austeramente, la certeza de que ellos no serían del todo ajenos a la fortuna de la que ahora disponía la antigua y leal numeraria de La Obra, de quien se esperaba una pronta donación como gesto de gratitud a quienes la habían acompañado y socorrido espiritualmente durante su accidentado viaje terrenal.

Soñé que mi madre reunía a todos los hermanos, incluyéndome, en el comedor de la casa y nos comunicaba con voz suave y tranquila que había decidido donar el noventa por ciento de la fortuna heredada al Opus Dei, porque eso era lo que le dictaba su conciencia, lo que Dios le ordenaba en su infinita sabiduría, y mis hermanos y yo nos mirábamos perplejos y algunos, los más insolentes, se ponían de pie y protestaban y exigían ese dinero y decían que no tenía derecho de humillarnos de ese modo, despojándonos de su fortuna y prefiriendo sobre nosotros, sus hijos, a los curas del Opus.

Soñé que, tratando de demostrarle a mi padre muerto que no sería el perdedor fracasado que él me decía que sería cuando me llevaba al colegio, me lanzaba como candidato a la presidencia del Perú. Soñé que mi madre se contentaba e ilusionaba tanto con mi candidatura, que me donaba diez millones de dólares para financiarla. Soñé que besaba a mi madre y le decía que era la mejor madre del mundo. Este era el momento más feliz del sueño, porque no pensaba gastarme los diez millones en la campaña, naturalmente, solo la mitad, pero esto no se lo decía a mi madre.

Soñé que, ya siendo candidato, y a buen recaudo los millones que mi madre había donado, anunciaba que, de ganar la presidencia, dictaría leyes para que el Estado Peruano fuese laico y dejase de subvencionar a los jerarcas de la iglesia católica y hasta a sus monaguillos, como dictaban las leyes vigentes, puesto que era injusto y discriminatorio que el Estado financiase a una confesión religiosa, en esta caso la iglesia católica, en perjuicio de las otras confesiones o de los contribuyentes que no creían en ninguna religión pero que pagaban sus impuestos, no siendo justo que los impuestos de un peruano judío, mormón, evangelista, musulmán o de cualquier otra confesión religiosa o agnóstico o ateo sirviesen para pagar la planilla del clero de la iglesia católica, incluyendo a sus monaguillos.

Soñé que, contra todo pronóstico, mi candidatura despuntaba y lograba pasar a la segunda vuelta, con el voto de mi madre. Soñé que los jóvenes veían con simpatía las ideas rebeldes y libertarias que defendía con pasión. Soñé que las encuestas predecían que el triunfo era posible. Soñé que Enrique Ghersi me preparaba para el debate final, confiado en mi habilidad natural para la simulación y la seducción y en mi lealtad incondicional a su astucia.

Soñé que el cardenal de Lima y jefe del Opus Dei en el Perú llamaba por teléfono a mi madre, alarmado ante la probabilidad de mi victoria, y la urgía a reunirse en privado con él. Soñé que mi madre acudía presurosa al llamado de Su Monseñor, a quien tanto veneraba. Soñé que Monseñor, agitado, le decía: Tu hijo no debe ganar. Si tu hijo gana, destruirá el país. Si gana, destruirá a la iglesia, le quitará sus bienes y privilegios, la humillará. Tienes que impedir que tu hijo gane. No podemos dejarlo ganar.

Soñé que mi madre le decía: Pero ya no puedo quitarle la plata que le regalé, Monseñor. Solo puedo no votar por él en la segunda vuelta, y eso haré si usted me lo pide. Soñé que el Cardenal le decía, bajando la voz: No basta con eso, hija mía. Tienes que frenar a tu hijo. Tienes que acabar con él.

Soñé que mi madre no entendía y preguntaba: ¿Cómo puedo frenarlo, Monseñor? Usted sabe que mi hijo es muy rebelde y hace lo que le da la gana. Yo no puedo hacer nada. Soñé que Monseñor le decía, depositando en sus manos una pastilla: Invítalo a tomar el té y mete esta pastilla en su taza y disuélvela bien. Así estaremos seguros de que el Perú no caerá en manos de un ateo satánico. Soñé que mi madre, temblando, le preguntaba: ¿Quiere que envenene a mi hijo, Monseñor? Soñé que él le respondía: Quiero que salves al Perú, mandando a tu hijo al Juicio Final con Nuestro Creador.

Soñé que mi madre, a la salida del despacho del Cardenal, elevaba una última plegaria al cielo, se hincaba de rodillas en el templo, encomendaba su alma a San José María y se tragaba la pastilla.


6 responses on "La última pastilla" »

la madrileña
Posted on 26 Febrero 2009

No entiendo por que te metes tanto con la iglesia…..

HACEN UNA LABOR UNICA.

Roger Alexander
Posted on 2 Marzo 2009

Excelente, me gusta la historia del sueño, me gusta el sarcasmo con elegancia, por fin te volvi a encontrar Jaime tu y tus “papeles perdidos” crei que ya no escribirias luego de dejar tu columna en el diario correo.

RUK
Posted on 3 Marzo 2009

Entretenidísimo todo lo que hace JB: columnas, programas de TV, libros. Muy valiente por decir la verdad.

Enhorabuena, total era solo un sueno. Yo estoy seguro que todo lo que recibirias en el sueno estarias dispuesto a cambiarlo por …..la comprension y un abrazo de tu padre y de tu hererador millonario….No para que te dijeran que estaban de acuerdo con tu forma de pensar..sino para decirte que te comprendian y que deseaban que fueras como tu quisieras ser, porque asi nacemos libres de todo y de todos e incluso libres de nuestra mente que es controladora del ser.

Enrique
Posted on 5 Mayo 2009

Tienes algo que decirle al mundo aparte de que eres homosexual y de que la iglesia católica no acepta a los homosexuales?

Camila C. Figueroa
Posted on 17 Julio 2010

JA, buenísimo final, me dejo re loca.

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