El azar, ese río caudaloso
octubre 31, 2011 | Columnas | Tweet
No soy un político ni quiero serlo, soy un escritor, lo soy hace veinte años, veinte años en los que no he dejado de escribir un solo año, soy un escritor y quiero serlo hasta el final de mis días y sin embargo son ciertos eventos políticos (todos ellos, contrarios a mis intereses o expectativas) los que me han llevado a vivir fuera del Perú, el país en que nací, y a escribir todas mis novelas, menos una, en este país donde ahora vivo y del cual soy ciudadano y en el que quiero vivir lo que me quede por vivir, los Estados Unidos.
El primer accidente político que sacudió mi vida ocurrió cuando yo tenía veinte años, entonces no sabía (lo intuía, pero no lo sabía) que mi destino estaba herido por el sable afilado de la literatura, creía que lo mío serían las leyes, el intrigante oficio del abogado, o la política, la ambición depredadora por el poder, no lo que luego descubrí que estaba en mis genes, la solitaria resignación o el emprendimiento quijotesco de inventar historias y luego contarlas con el fuego sagrado o no tanto de la literatura. El azar, siempre el azar gobernando mi vida, había querido que fuese periodista, primero en un periódico que quebró, luego en un canal de televisión, y fue así como, sin querer ser un político, pero queriendo fastidiar a los políticos (tal vez era solo un instinto de repudio a la autoridad, de rebelión ante los poderosos, un instinto parricida que latía en mí desde los primeros entredichos con mi padre), me enredé en una pelea pública con un joven y talentoso candidato presidencial, cuya salud mental me atreví a cuestionar con calculada impertinencia. El candidato ganó las elecciones y, como consecuencia de ello (y de su amistad con el dueño del canal en el que yo trabajaba), fui despedido de la televisión y, era solo predecible, ningún canal peruano quiso contratarme a sabiendas de que el presidente electo me detestaba rencorosa y cordialmente, y (estaba escrito en mi destino, solo tenía que entregarme al caudaloso río del azar) un productor televisión me ofreció un programa semanal en una isla caribeña, donde, los siguientes cinco años (el tiempo que fue presidente mi enemigo), tuve que ganarme la vida en esa ciudad cálida donde los ritmos alegres del merengue se escuchaban hasta debajo del mar.
La segunda colisión, choque y fuga o catástrofe política que me dejó contuso y aturdido ocurrió pocos años después, de nuevo en la ciudad en que nací, a la que había vuelto a vivir, en la que había comprado auto y apartamento y me había enamorado de un actor y una bailaora flamenca, en la que pasaba las tardes rumiando ficciones débiles, chapuceras, en un cuaderno escolar, no eran tiempos de computadoras ni celulares, aunque yo tenía un celular que pesaba como un ladrillo, regalo de mi amigo, el dueño del canal de televisión en el que presentaba un programa todas las noches. En ese programa me burlaba todas las noches, o casi todas, del presidente electo, un hombrecillo menudo, de ojos rasgados y mirada desalmada, el mismo imprudente caballero que un domingo se descolgó en la televisión anunciando, mapa detrás, que, por el bien del país (entiéndase, el suyo propio), había decidido dar un golpe de Estado, golpe que fue apoyado por la vasta mayoría de sus compatriotas, también por el dueño del canal en el que yo trabajaba, quien me conminó amigablemente a apoyar al espadón, y como yo me negué a aplaudir la barbarie, entonces se me dijo que debía irme pronto al extranjero o terminaría en prisión, de modo que, no siendo el coraje una de mis pujanzas más constantes, dejé todo en manos de mi novia, la bailaora flamenca, y tomé el primer avión, un lunes a medianoche, que me trajera al país de la libertad, aquí donde ahora escribo estas líneas. No pudiendo o no debiendo regresar a la ciudad en que nací porque corría el riesgo de ser apresado, entendí que mi destino era vivir fuera, vivir lejos, vivir los sinsabores del exilio y, sin embargo, volver a recorrer los paisajes aciagos de mi infancia y mi juventud en el territorio quemante de la literatura.
Pero uno siempre vuelve adonde silban las balas, a la trinchera en la que se siente llamado a combatir, y por eso regresé cuando cayó la dictadura, ya entonces sabiendo que lo mío, para bien o para mal, era escribir novelas, saquear mi memoria para volcar esos recuerdos hediondos en la página eternamente en blanco de lo que habrás de escribir mañana para que tu madre y los críticos lo lean y deploren, sabiendo eso y también que tenía que seguir fatigando el vil oficio del bufón o del provocador o del tiratiros televisado, puesto que había unas cuentas familiares que pagar y el dinero que me procuraban las novelas era escaso, insuficiente (y, sin embargo, era dinero al fin y al cabo y mis novelas se publicaban, lo que ya parecía una recompensa gigantesca). De esas tensiones, o de esas ambiciones a menudo encontradas, surgió otro hecho político que volvió a enemistarme con el poder de turno y que me dictó la conveniencia de marcharme de nuevo al exilio, pues quiso el destino que yo conociera y tomara partido por ella a la hija de un candidato presidencial lo bastante cachafaz para negarla en privado y en público, y por desgracia quiso también el destino (o quisieron quienes votaron por él) que ese embustero ganase la presidencia negando con todo descaro a su hija, la adolescente que me había buscado para que alguien por fin la defendiera, y ya luego me sentí otra vez un extranjero y un indeseable en el país en el que mis enemigos habían ganado la disputa mercenaria por el poder y me habían infligido una herida sangrante en la piel del orgullo, y por eso me fui un tiempo después, porque no quería vivir la vergüenza cotidiana de acatar la autoridad de un impresentable y porque no quería pagar mis impuestos a ese gobierno acanallado, fue así como, no siendo yo un político, tuve que irme al exilio por circunstancias adversas de la política, un fango al que, no sé por qué, siempre termino metiéndome y del cual salgo bastante embarrado.
Las últimas refriegas políticas que volvieron a dejarme malherido y apestando ocurrieron hace un año o poco menos y nadie tiene la culpa de ellas salvo yo mismo, pues nadie me obligó a regresar el año pasado a la ciudad en que nací, fui yo quien eligió desavisadamente esa suerte contrariada, y nadie me obligó, ya puesto a hacer un programa todas las noches en aquella ciudad, a meter mis narices en el hormiguero de la política, fui yo quien, desmemoriado, se metió en el jaleo por el poder, fui yo quien tomó partido por esta candidata y luego por la otra, fui yo quien quemó sus naves no teniendo nada que ganar y todo por perder, fui yo quien se metió en un curso de masiva colisión política, en un fragoroso accidente múltiple que acabó costándome primero el programa (del cual fui despedido por razones políticas) y luego un exilio que habrá de prolongarse al menos cinco años (pues jugué todas mis cartas contra el matón que acabó siendo presidente, muy a mi pesar).
Son ya cinco, cinco en casi treinta años, las catástrofes políticas que me han expulsado de ciertos programas de televisión y que me han arrojado lejos del país en que nací, y si bien comprendo ahora que bien pude ahorrarme todas aquellas desgracias, también tengo para mí que hice bien en librar cada una de esas batallas, y que si he de volver a perder (y morir) en el campo del honor o en un campo cualquiera de Agramante, allí estaré con la tranquila determinación del que sabe que se entrega, perdido, a su destino.
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