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	<title>Jaime Bayly</title>
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		<title>Cuando era inmortal</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Jan 2012 17:12:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Acostumbrados como estamos a que el mundo sea lo que ven nuestros ojos y lo que difusamente recordamos, rara vez pensamos que tal vez este año será el último de nuestra existencia, resulta más conveniente pensar que son otros los que se mueren y que nosotros moriremos después, mucho después, a los ochenta y tantos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Acostumbrados como estamos a que el mundo sea lo que ven nuestros ojos y lo que difusamente recordamos, rara vez pensamos que tal vez este año será el último de nuestra existencia, resulta más conveniente pensar que son otros los que se mueren y que nosotros moriremos después, mucho después, a los ochenta y tantos años, de ninguna manera antes.</p>
<p>La muerte de los familiares, los amigos y los conocidos no deja de sorprendernos y parecernos cruel, aunque cuando se mueren los familiares y los amigos de los demás, esas personas que no conocemos y cuyas defunciones leemos en el periódico, nos parece lo normal, lo previsible, lo que tiene que ocurrir para que el mundo siga siendo el lugar que conocemos y del que nos sentimos una parte sustancial, indesligable.</p>
<p>Desde pequeños sabemos que vamos a morir, nos lo han dicho nuestros mayores, pero tal cosa nos parece inhumana, impensable, completamente inverosímil e improbable, hay tantas personas en el mundo que podrían morirse ya mismo que sería mucha mala suerte que nos tocase a nosotros, más vale pensar que no moriré hoy, mañana ni pasado, no moriré este año ni el próximo, moriré si acaso cuando sea muy viejo, tan viejo que ya no recuerde nada.</p>
<p>Vivir, sobrevivir, aferrarnos a nuestra curiosa condición de seres vivos es un asunto arduo, trabajoso, algo que terminará costándonos la vida, y por eso es casi un instinto asociar el disfrute de la vida con el olvido de la muerte, de modo que los instantes de más completa felicidad suelen ser aquellos en los que vivimos intensa y despreocupadamente, instalados en el presente, sin pensar en el futuro, en lo malo que está por venir.</p>
<p>Por un lado podría pensarse que si queremos gozar de nuestra precaria existencia deberíamos olvidar que la muerte nos espera, indolente. Mucho pensar en que vamos a morir parecería un ejercicio inútil que en nada cambiará el desenlace final y acaso nos hundirá en el abatimiento y el desánimo. Se diría que las personas más contentas, o las que uno observa risueñas, son aquellas que actúan como si no fueran a morirse, como si ese momento de felicidad que parecen estar viviendo, y que con seguridad les envidiamos, quisieran prolongarlo para siempre.</p>
<p>Por otro lado podría alegarse que si queremos hacer con nuestras vidas las cosas que de veras nos parecen importantes, deberíamos recordar que podemos morir en cualquier momento y por consiguiente es urgente hacer ahora mismo lo que sentimos que estamos llamados a hacer, lo que intuimos que nos dará un cierto bienestar o un cierto orgullo, lo que creemos que corresponde naturalmente a nuestras vidas, aquello que, nos parece, no deberíamos dejar de vivir. No pensar en que vamos a morir, decirnos que viviremos muchos años más y que ya habrá tiempo para acometer más adelante lo que ahora postergamos por desidia, pereza o mera cobardía, o por el comprensible afán de no agitar las aguas y meternos en líos, podría parecer una manera errónea de administrar el tiempo (siempre insuficiente) que nos ha sido dado, un modo frívolo de pasar por el mundo, dejando para el año que viene lo que quisiéramos hacer ahora, este mismo año. Se diría que las personas más juiciosas, o las que uno considera sabias, son aquellas que actúan como si fueran a morirse mañana, como si el futuro fuese una ficción, capturando el momento y dotándolo, con espíritu aventurero, de la mayor intensidad posible.</p>
<p>¿Debemos tomar una decisión compleja, que entraña riesgos no menores, que nos da miedo y al mismo tiempo nos seduce, pensando en que llegaremos a viejos, que sobrepasaremos la expectativa de vida promedio, que no nos emboscará la muerte antes de los ochenta años? ¿O conviene tomar las decisiones capitales de nuestra existencia suponiendo que a fin de año quizá estaremos muertos y que este año bien podría ser el último y que, si queremos vivir a plenitud y sin dilapidar tontamente el tiempo, debemos hacer ahora mismo lo que todavía podemos hacer y no dejarlo para después?</p>
<p>A riesgo de ser arbitrario, podría decir que las decisiones más duras que he debido enfrentar han estado relacionadas con mis hijas y el oficio de escritor: ¿es ahora el momento oportuno para ser padre?, ¿es responsable alentar una vida nueva cuando sé que todo termina mal y muy probablemente seré un mal padre?, ¿debo dejar la seguridad de unos trabajos bien remunerados para escribir por fin esa novela que vengo aplazando hace años?, y ahora que esa novela ya está escrita, ¿debo publicarla contra viento y marea y dinamitar lo poco que todavía queda en pie a mi alrededor, aferrándome a la oscura noción de que debo ser todo lo desdichado que haga falta a condición de cumplir mi destino de escritor? ¿Qué debería hacer si me dijesen que es seguro que estaré vivo cuando cumpla ochenta años? ¿Qué haría de un modo distinto si me asegurasen que inexorablemente estaré muerto el próximo año? ¿Conviene decidir tal o cual cosa pensando como si la muerte fuese un evento lejano o como si fuera un hecho inminente?</p>
<p>Cuando abandoné la universidad, no estaba pensando en el futuro, en hacer unos sacrificios más o menos meritorios para obtener con suerte una recompensa más adelante, solo quería que mis días fuesen más divertidos, menos aburridos. Cuando dejé mi trabajo y me mudé a una ciudad lejana y me senté a escribir mi primera novela, el futuro no existía, no me importaba, solo existía el presente, ahora, hoy, esta hora en que debo escribir perentoriamente, este libro que terminaré de escribir llueve o truene, a cualquier precio, aunque luego enloquezca, hable solo y sea un apestado, alguien repudiado por los que antes me estimaban. Cuando, aterrado, pensé que debía publicar la novela que había escrito, no hacía sino repetirme obsesiva y encarnizadamente: si este es el último año de tu vida, ¿la publicarías o no?</p>
<p>Una de mis peores vergüenzas es recordar el celo deplorable con el que me opuse a que mi hija mayor naciera, y así lo he contado en una novela, El huracán lleva tu nombre. Esa deleznable postura, la de oponerme a una vida que luego habría de parecerme bella y admirable, probablemente estuvo fundada en el miedo al futuro, en el cálculo mezquino de que mi vida sería menos complicada si me exoneraba de la responsabilidad de ser padre. Aquella vez saboteé el presente por cuidarme del futuro. Ahora me pregunto si he usado apropiadamente el tiempo que me ha sido concedido y me digo que todo lo que he perpetrado ha sido insignificante, minúsculo, prescindible, a no ser por mis tres hijas, lo único de veras valioso que se ha originado en mí, y las tres, qué curioso, fueron concebidas precisamente cuando no estaba cuidándome del futuro sino procurando disfrutar irresponsablemente de esos momentos fugaces y sin embargo eternos.</p>
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		<title>La mujer que llora</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Jan 2012 17:09:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Salimos del cine, es pasada la medianoche, hemos visto un bodrio, aun si la película es mala me hace bien ir al cine, me despeja la cabeza. La noche está fresca, tomamos un par de tragos, yo no puedo tomar alcohol, el hígado no me deja, tomo jugo de naranja. Caminando hacia el auto, veo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Salimos del cine, es pasada la medianoche, hemos visto un bodrio, aun si la película es mala me hace bien ir al cine, me despeja la cabeza. La noche está fresca, tomamos un par de tragos, yo no puedo tomar alcohol, el hígado no me deja, tomo jugo de naranja. Caminando hacia el auto, veo una bodega que parece abierta, está iluminada por dentro. Vamos a curiosear, le digo. La bodega parecía abierta pero está cerrada. Volvemos sobre nuestros pasos. Nos cruzamos con una mujer joven, delgada, con minifalda corta y tacos. Está sola, nos mira intensamente. Unos segundos después, mientras nos alejamos de ella, pregunta:</p>
<p>–¿Ustedes son de acá?</p>
<p>Lo ha preguntado en inglés, con una voz débil, asustada. Nos detenemos, la miro, parece que está en problemas, le digo:</p>
<p>–Sí, somos de acá.</p>
<p>No es verdad, claro, nadie es realmente de acá o de allá, todos estamos de paso, pero por el momento estamos acá. La mujer tiene un pequeño tatuaje en el cuello y otro en una pierna. Es blanca, muy blanca, como si estuviera pálida, enferma, con frío, tiene un aspecto que no parece saludable, el pelo es oscuro, no muy largo, algo ensortijado. No está maquillada y sin embargo, o por eso mismo, es atractiva. Lleva una cartera pequeña que sujeta como si tuviera miedo.</p>
<p>–Estoy perdida –dice.</p>
<p>Ciertamente parece estarlo, en su mirada uno puede advertir que algo malo le está pasando, que no está cómoda en ese cuerpo frágil, tembloroso, que no sabe adónde ir o sabe adónde irá y no quiere ir a ese lugar.</p>
<p>–¿Adónde quieres ir? –pregunta Silvia.<br />
–No sé –dice ella y parece que en cualquier momento va a romper a llorar–. Soy de Las Vegas. No soy de acá. Estoy perdida.</p>
<p>Quizá está mintiendo, quizá es prostituta y quiere venir con nosotros, está vestida como prostituta y está parada sola en una esquina como prostituta pero esa mirada tímida, ensimismada, quebradiza, no parece la de una prostituta.</p>
<p>–¿Qué podemos hacer por ti? –le pregunto.<br />
–Nada, nada –dice ella, y mueve la cabeza, contrariada, abatida, como si algo malo acabase de ocurrirle y no se atreviese a contárnoslo.<br />
–Queremos ayudarte –le dice Silvia–. Por favor dinos qué necesitas.<br />
–¿Tienes hambre? –le pregunto–. ¿Quieres ir a comer algo?</p>
<p>Nos mira como si no decidiera si puede confiar en nosotros, le miro las manos, veo que juega con ellas nerviosamente, entrelazándolas, moviendo los dedos, haciendo crujir sus huesos, me parece que tiene marcas en los brazos, seguramente se pincha para drogarse, puede estar drogada, muchos en estas calles andan drogados, cayéndose.</p>
<p>–No sé adónde ir –dice ella–. Mi novio me trajo de Las Vegas y me ha dejado.<br />
Enseguida rompe a llorar, es un llanto reprimido, avergonzado, no se abandona a llorar, intenta ocultarlo, se cubre el rostro con las manos, no es una simulación, está llorando de veras, está sinceramente afectada, consternada.<br />
–Por favor no llores –le digo y me acerco a ella.<br />
–Dinos qué necesitas –le dice Silvia.<br />
–No sé qué hacer, no sé qué hacer –dice ella y nos mira con desesperación, como si estuviera en peligro, como si quisiera escapar de ese esquina desalmada.<br />
–¿Dónde vas a dormir esta noche? –le pregunto.<br />
Silvia me mira diciéndome ten cuidado, no seas imprudente, tampoco podemos confiar tanto en ella.<br />
–No tengo adónde ir –dice ella, y vuelve a llorar y recuerdo que en la película alguien dijo que los humanos somos los únicos animales que lloramos con lágrimas.<br />
Me acerco a ella, acaricio levemente su brazo, cubierto por una chaqueta de cuero negra, y le digo:<br />
–¿Quieres ir a un hotel?<br />
Me mira, asustada.<br />
–Si quieres, te llevamos a un hotel, pagamos la noche y nos vamos –le digo.<br />
–No quiero ir a un hotel –dice ella, cortante, y da un paso, alejándose de nosotros.<br />
–No queremos tener sexo contigo –le digo–. Solo queremos ayudarte.<br />
Pero ella me mira como si no me creyera.<br />
–No te ofendas –le dice Silvia.<br />
–¿Necesitas plata? –le pregunto.<br />
Saco mi billetera, le extiendo un billete, ella hace un gesto de fastidio, al parecer humillada, y dice:<br />
–No quiero dinero, no quiero ese dinero.<br />
Insisto, le acerco el billete, lo meto entre sus dedos suavemente.<br />
–Anda a comer algo –le digo–. Llorar es inútil, no arregla nada.<br />
–¿Quieres que te llevemos a comer algo? –pregunta Silvia.</p>
<p>La mujer me devuelve el billete, extiende el brazo, veo las marcas de los pinchazos.</p>
<p>–No seas tonta, es tuyo, guárdalo por favor –le digo.</p>
<p>Ella mira el dinero, me mira malherida y vuelve a llorar. Tiene un rostro suave, delicado, ojeroso, los labios fruncidos, las lágrimas que no cesan de caer, escondiendo unos secretos que tal vez no nos serán revelados. Como me resisto a recibir el billete, lo deja caer, cae en la vereda, ella me mira como diciéndome estoy mal pero tengo dignidad, no soy una prostituta, no te confundas. Veo que Silvia me dice mejor nos vamos, no te enredes más, esto no lleva a nada bueno. Pero no quiero dejar a esa mujer llorando en una esquina, perdida, no sin hacer un último intento.</p>
<p>–Déjame abrazarte –le digo, y me acerco a ella y la abrazo con cuidado, como si fuera a romperse, como si estuviera rota y fuese a caérseme en pedazos.</p>
<p>Ella no me abraza pero permite que la abrace, siento su espalda temblorosa, su respiración entrecortada. Le digo:</p>
<p>–Tranquila, todo va a estar bien.</p>
<p>Ella dice:</p>
<p>–No soy una prostituta. Sé que lo parezco pero no lo soy. No quiero tener sexo con ustedes, no quiero dinero, solo quiero irme a casa.<br />
–¿Dónde está tu casa? –le pregunta Silvia.<br />
–En Las Vegas –dice ella, y yo dejo de abrazarla y la miro y no sé si creerle, a ratos le creo, sobre todo cuando llora, y luego siento que está mintiendo, que nos está envolviendo en un embuste, tendiéndonos una emboscada, veo a un hombre más allá, pienso en cualquier momento nos saltará encima y nos robará todo.<br />
–A Las Vegas no puedes volver esta noche –le digo–. Vamos a un hotel, te dejaremos en un buen hotel, dormirás en un lugar seguro y mañana te sentirás mejor.<br />
–No quiero ir a un hotel –dice ella y me mira levemente molesta, como diciéndome ya te lo dije, no insistas, no seas pesado, y no entiendo qué es lo que quiere esa mujer, tal vez solo quería llorar, hablarnos, dejarse abrazar, quizá quería compartir con nosotros que se siente desgraciada.<br />
–Todo bien, nos vamos –le digo y me acerco a Silvia.<br />
–¿Vas a estar bien? –le pregunta Silvia.<br />
–Sí, voy a estar bien –dice ella, secándose las lágrimas.<br />
–Suerte –le digo, y nos vamos caminando.<br />
–Evidentemente es una prostituta –me dice Silvia, que camina más rápidamente que yo, ella siempre camina más deprisa que yo.<br />
–Sí, eso parece –digo–. Pero es una prostituta arrepentida, infeliz, con culpa, una prostituta que llora. No tiene futuro como prostituta.<br />
–No entiendo qué quería –dice Silvia.<br />
–Yo tampoco. Si estaba perdida, debería haber venido con nosotros.</p>
<p>Entonces me detengo, volteo a mirarla y la veo agachándose deprisa, recogiendo el billete, caminando resueltamente y entrando a un auto de lujo en el que la espera un hombre solo.</p>
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		<title>Demencia</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Jan 2012 17:05:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Un señor de apellido Salgado, Archibaldo Salgado, me dio mi primer trabajo. Hoy, treinta años después, es mi enemigo y escribe en los periódicos diciendo que soy malsano. Qué se entiende por malsano, no lo sé, supongo que estar en apariencia sano pero mal de la cabeza o las entrañas y hacer cosas que a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un señor de apellido Salgado, Archibaldo Salgado, me dio mi primer trabajo. Hoy, treinta años después, es mi enemigo y escribe en los periódicos diciendo que soy malsano. Qué se entiende por malsano, no lo sé, supongo que estar en apariencia sano pero mal de la cabeza o las entrañas y hacer cosas que a él le parecen malvadas, moralmente dañosas.</p>
<p>Un señor de apellido Botero, Enrico Botero, me dio mi primera columna en un periódico, me llevó a comer y emborracharnos, me educó en el arte del chisme, me enseñó riendo como una hiena que el humor y la bondad están reñidos, son incompatibles. Cuando murió, me detestaba, decía que yo era un desleal, un traidor, alguien que había hecho escarnio de él en una novela humorística, a despecho de todo lo que me había dado, que ciertamente no era poco.</p>
<p>Un señor de apellido Espíndola, Paquito Espíndola, supo ser mi amigo en los tiempos idos de la juventud, mi amigo y mi mentor, el que me recomendaba libros y leía sus novelas en ciernes, el que me decía cuáles eran las buenas ideas, la buena línea, la gente por la que era menester votar. Ahora es espía, espía de los gringos, o sea espía bien pagado, y escribe los discursos de un político prominente, incluso le escribe los libros que casi nadie lee, y si me ve por la calle, no me saluda, me ignora, hace un mohín torero, como si yo fuera una mancha, la caca de un perro que él no quiere pisar.</p>
<p>Un señor de apellido Vieras, Coco Vieras, me sedujo, me habló palabras inflamadas, se puso a cantar a gritos de lo contento que estaba y, aprovechando un descuido por mi parte, me sodomizó sin que yo opusiera resistencia. Todo eso ocurrió hace años, pero él, dueño de una cadena de gimnasios, casado, padre de cinco hijas, ha dicho a ciertos amigos comunes que no me conoce, que nunca me conoció, que no fue él quien en realidad me poseyó, debió de ser alguien parecido a él, no él, puesto que nunca se ha enredado en refriegas eróticas con varón. Y como no lo he vuelto a ver y mi recuerdo de él se empecina en tornarse borroso, ya no sé si fue él quien me inauguró en la senda a contramano del pecado o si todo esto lo he fabulado.</p>
<p>Un señor de apellido Jersey, Mike Jersey, fue mi profesor de leyes y luego mi abogado y contertulio y confidente político. Hombre de vasta sabiduría y de no menos vasto tejido adiposo, me salvó de unas cuantas querellas, estuvo a mi lado en juzgados e interrogatorios, no me cobró por sus atentos servicios legales y guardó en caja fuerte mi testamento. No he vuelto a verlo desde los funerales de mi padre, a quien, gracias a sus argucias y triquiñuelas, libró de ir a la cárcel. Al parecer ofuscado o decepcionado por mis posturas políticas, me devolvió el testamento con una nota que decía: “La ley no permite que testes en beneficio propio: los muertos no heredan”.</p>
<p>Una señora de apellido Guindas, Digna Guindas, se encontró, muy a su pesar, en el seno de mi familia, lo que me permitió ver con familiaridad sus senos, y me prohijó y apañó y consintió, y me dio cobijo y comida caliente, y me pagó los estudios y hasta los viajes a condición de que no escribiera de ella, una condición que, por lo visto, he incumplido, por lo que ya no me prohíja ni me cobija y más bien se llena la boca de vitriolo contra mí.</p>
<p>Un señor de apellido Cuéllar, Pistola Cuéllar, que dice ser Hijo de Dios y ha fundado su propia iglesia en una isla del Caribe y predica con verbo inflamado y persuasivo, me ha excomulgado de su secta, acusándome de impuro y mafioso, y ha dicho con voz tronante que nunca más entraré a ninguno de sus templos, que no me será dado orar con él y que Dios (a quien él interpreta y da voz, siendo su Hijo, el que ha venido a redimirnos de nuestras miserias y enseñarnos el camino de la virtud) no encuentra gracia en mis chanzas y chirigotas. Bufón, payaso, me ha llamado, y luego se ha vestido con túnicas y turbantes y ha pisado descalzo el altar que usa como escenario, declamando cosas arduas, a veces ininteligibles. Lo que al parecer no me perdona es que no haga míos sus dogmas y artículos de fe y que en ocasiones me permita dudar de la prédica virulenta que hace en su iglesia y que tan fervorosamente le aplauden sus acólitos, monaguillos y feligreses.</p>
<p>Un señor de apellido Halcón, Pérfido Halcón, solía pagarme generosamente por mis libros, pero ahora, alegando que son tiempos de crisis, ha recortado los pagos de un modo impiadoso y me ha sugerido que le dé una tregua con mis afanes editoriales y que me tome un año sabático. Contrariado, le he hablado de la vocación, de que los días son tristes vacíos cuando no escribo, del destino y el coraje y la persistencia, pero él me ha dicho que el arte es un empeño de lunáticos envanecidos, que todo lo que hago está lastrado por el peso de un ego desmesurado, que por favor me calle la boca un tiempo, a ver si lo consigo.</p>
<p>Un señor de apellido Troncoso, Moro Troncoso, me ha dejado sin trabajo. Cuando le he preguntado por qué me ha despedido sin miramientos de su empresa, me ha dicho que, según sus informantes, soy un hombre rico que ha heredado bastante dinero de una tía alcohólica que era dueña de una cadena de bingos y casinos. No es verdad, le he dicho, yo no he heredado nada, la que ha heredado es mi madre y ella ha donado casi todo su dinero a la iglesia mormona en la que milita (a pesar de que toma en secreto cafeína, desobedeciendo a sus superiores mormones), pero él no me ha creído, me ha dicho que no necesito trabajar, que deje de engatusarlo. Y es verdad que no necesito trabajar, nunca lo he necesitado, lo que me hace falta es el dinero que él me pagaba y ahora me escamotea, desdeñoso.</p>
<p>Una señora de apellido Sanjinés, Sarita Sanjinés, que antes se encamaba conmigo sin otro requerimiento que el de una botella fría de champaña, ahora se niega a contestar mis correos y hablarme por teléfono y dice que todo el tiempo que pasó a mi lado fue un desperdicio y que sus alaridos y efusiones cuando le prodigaba mi amor eran una impostación histriónica. Tú en la cama eres un saco de papas y estás mal de la cabeza y hablas dormido insultando a medio mundo, me ha dicho, y luego me ha contado, sin reparar en lo mucho que me lastimaba, que ahora se entrega a un actor de culebrones.</p>
<p>¿Por qué tantas señoras y señores, que antes me querían y tenían como amigo, me han dado la espalda y hacen alarde de su hostilidad contra mí y van sembrando la insidia de que mi mente ha sido atacada por la demencia? ¿Por qué he perdido tantas amistades que se han vuelto animosidades? ¿Se trata de una conspiración contra mí o más probablemente de que yo mismo he propiciado esa suerte envenenada? ¿Algo he hecho mal? ¿Desconozco la lealtad, la gratitud? ¿Ha de ser que soy un felón? ¿Me he quedado solo por infidente y canalla? ¿O todos los que desertaron de mí son unos innobles a los que debo olvidar, como si fueran una enfermedad que contraje, padecí y superé? ¿Tendrá algún mérito encontrarme así de solo y que no suene nunca el teléfono? Por otra parte, ¿cómo podría sonar, si está desconectado? En mi familia los viejos enloquecen y yo estoy envejeciendo.</p>
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		<title>Salir en la foto</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Jan 2012 16:47:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Las fotos dicen mucho de las personas. Un lector de periódicos y revistas (ya no van quedando muchos) podría advertir fácilmente que, a la hora de dejarse retratar, hay personas que ponen énfasis en la decoración que las rodea, o en la ropa que llevan puesta (que a veces van cambiando de foto en foto, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Las fotos dicen mucho de las personas.</p>
<p>Un lector de periódicos y revistas (ya no van quedando muchos) podría advertir fácilmente que, a la hora de dejarse retratar, hay personas que ponen énfasis en la decoración que las rodea, o en la ropa que llevan puesta (que a veces van cambiando de foto en foto, tal vez para hacer alarde de las prendas que las adornan, cuando por lo general son prestadas o de canje), o en la biblioteca que exhiben como aparente prueba de su sabiduría, o en sus expresiones: hay personas que miran con aterradora seriedad a la cámara porque acaso suponen que sonreír es un ejercicio frívolo, una cosa de tontos; hay quienes sonríen con gesto bondadoso y aire beatífico que son generalmente falsos, impostados, hay que cuidarse de los que aparecen tan mansos en una foto, esos son los peores; no faltan los que, para hacerse los graciosos, sacan la lengua, abren los ojos con exageración, hacen muecas y morisquetas y maromas y bordean temerariamente el ridículo; están también, por supuesto, los que aparecen pensando, aunque estos son los que menos piensan y si están así, con el ceño fruncido y el gesto afligido, es porque quieren hacernos pensar que están pensando, pero generalmente no están pensando, solo posando.</p>
<p>Probablemente los más sabios son los que no se dejan fotografiar, los que esconden su rostro de la mirada ajena, depredadora, los que huyen del exhibicionismo y el afán de salir en los periódicos a cualquier precio. Los demás, los más tontos, tenemos que aprender a convivir con nuestras fotos, un ejercicio que a menudo resulta doloroso. Las fotos del pasado suelen ser como las amistades que se han perdido o las novias de tiempo atrás: uno no puede explicarlas, son tatuajes, heridas, cicatrices, el recuerdo sistemático de que si algo ha perdurado en nosotros es la idiotez campante y atrevida. Uno ve esas fotos antiguas, esos peinados tan raros y bochornosos, aquella ropa improbable, todas las caras de nuestro pasado indefendible y se queda triste, demudado, como si esas fotos pertenecieran a otra persona, a otras personas, a una gente que se llamó como nosotros pero que ahora nos resulta extraña, odiosa, irritante. Y aunque las fotos de nuestro pasado nos parezcan generalmente espantosas, seguimos dejándonos retratar, exhibimos nuestras fotos, las compartimos con los extraños, queremos verlas en los periódicos y en eso que algunos llaman pomposamente “las redes sociales”, tal vez porque suponemos que las fotos de ahora serán mejores que las de antes, pero es solo cuestión de dejar pasar el tiempo para que todas nos parezcan igual de deplorables y nos remitan a la misma pregunta: ¿en qué estábamos pensando, por el amor de Dios?</p>
<p>Por lo visto, no estábamos pensando, por eso nos gusta que nos hagan tantas fotos: porque nos sentimos poderosos (si me hacen la foto a mí y no al otro es porque algo debo de haber hecho bien), importantes (no cualquiera sale en el periódico), inteligentes (qué bien se me ve así tan serio, casi molesto, preocupado por la crisis global, con todos esos libros detrás que no he leído pero que sugieren que poseo una inteligencia oceánica, enciclopédica) y sobre todo jóvenes, guapos, espléndidos, ajenos al paso del tiempo y sus viciosos estragos (a ver si mis compañeros de colegio pueden salir con este pelo y sin canas, seguro que cuando vean mis fotos se van a deprimir, los muy bobos). Lo que más daña la reputación en estos tiempos es verse gordo, desaliñado. Todos queremos salir regios. No importan tanto las ideas, incluso se diría que las ideas estorban en las fotos, lo que en ellas prevalecen son las sonrisas, los músculos, las tetas, los culos: eso es lo que define a una persona ganadora, de éxito, que tiene muchos seguidores, sin que los seguidores sepan bien, por cierto, qué están siguiendo. Como las fotos no capturan las ideas ni dan una noción aproximada de la inteligencia de los fotografiados, es fácil confundirse y que un tonto pase por listo o un listo, por tonto, según el modo arbitrario y caprichoso como se hicieron las fotos.</p>
<p>Ayuda mucho tener amigos y salir en la foto con ellos, lo que siempre resulta menos arduo que tener ideas. También ayuda cambiar de paisajes, es decir viajar todo el tiempo y hacerse fotos con ruinas, con pirámides, en cuevas, en playas desiertas, trepados en cocoteros, con monos o papagayos o con lugareños vestidos de un modo pintoresco. No se puede tener éxito si uno no exhibe muchas fotos que den fe de que ha paseado por medio mundo: no se viaja para aprender sino para dejar constancia, para mostrar la foto, para colgarla de una página en internet y hacer alarde de ella. El éxito está en tener amigos, en viajar todo el tiempo, en saltar de fiesta en fiesta (no queda mal parecer drogados), en sonreír como si fuéramos inmortales y estar cada vez más flacos, la gordura es señal de que estamos tristes, deprimidos, sin trabajo, de que no nos queremos lo suficiente y estamos mal de la cabeza.</p>
<p>También da prestigio salir con ropa de marca, muy cara, que no se consigue en el país de uno, ropa que no debemos repetir, lo que ya mostramos en la foto hay que regalarlo o esconderlo, el éxito consiste en tener más ropa de la que necesitamos o podemos usar, ropa que los demás no tienen, no pueden tener, que sufran, que nos envidien. Pero lo que más conviene cuando salimos en la foto es mostrar que vivimos en casas de lujo, en palacetes, en lugares luminosos e impolutos, sin gente fea, a ser posible con una mascota diminuta dando vueltas por ahí, desparramados en los distintos ambientes de nuestras insultantes mansiones (aunque no vivamos en ellas y nos las hayan prestado para la ocasión: lo importante en las fotos no es lo que de verdad somos sino lo que falsamente exhibimos, y que la gente sufra pensando que vivimos en medio de tanta opulencia y comodidad, se ve tan mal hacerse una foto en un ambiente pequeño, austero, nadie quiere parecer pobre en una foto, qué horror, qué va a pensar el vecino).</p>
<p>Tienen mérito, porque van a trasmano, a contracorriente, los que, a despecho de la ropa o las joyas o las casonas, se empecinan en hacerse fotos rodeados de libros, en librerías o bibliotecas que visitan solo para hacerse la foto, después ya no regresan. Son los intelectuales, esa gente que, como bien se sabe, raramente es inteligente, aunque presume de serlo. Como suelen ser gordos, feos, aburridos, casposos, con pelos que les salen de las narices y las orejas, y como además suelen estar equivocados pero esto no hay cómo probarlo en una foto, los intelectuales, menuda pandilla, se refugian en los libros, se escudan en las bibliotecas, se sienten pillados si los retratan en un lugar despoblado de aparente cultura. Pero la cultura es, claro, solo aparente: la que aparece en esos libros que ellos no suelen frecuentar. Los intelectuales salen mal en las fotos, nadie quiere ser amigo de ellos ni seguirlos a ningún lado, por eso se empeñan en publicar sus libros o colgar sus cuadros o hacer sus películas, porque quieren que los recordemos no por sus fotos, sino por sus obras de arte, y el arte resulta siendo algo así como la foto que uno se hace de sí mismo, muchas veces retocada para verse estupendo, muy inteligente. Tal vez no ignoran, o no del todo, que son apelmazados, densos, un plomo, predicadores incansables, personas obstinadas en demostrar que llevan la razón y nunca se equivocan, aunque en tal empeño aburran a medio mundo y fastidien al resto, y por eso posan en las fotos como si les pesara todo lo que saben, como si fuera un esfuerzo o una fatiga cargar tantos conocimientos, tan incomprendida sabiduría.</p>
<p>Viendo las fotos de nuestro pasado y las no menos oprobiosas de nuestro presente, parece un hecho indiscutible que las mejores fotos son las que no nos hacemos, las que logramos evitar. Nada es más conveniente que caminar por la sombra, darle la razón al otro y dejar que sea él quien salga en la foto. El que a la larga prevalece no es el que sale en la foto, sino el que la toma, y a ese, al que está detrás, no lo vemos.</p>
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		<title>Quizás mañana</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Jan 2012 16:44:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El último día del año se advierte que muchas personas están contentas, incluso eufóricas, y que expresan esa alegría gritando, cantando, bailando, haciendo bulla, reventando cohetes. Es lo que he visto en las casas vecinas de esta isla y en las casas de más allá, casas de las que surgían ecos vocingleros y el estruendo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El último día del año se advierte que muchas personas están contentas, incluso eufóricas, y que expresan esa alegría gritando, cantando, bailando, haciendo bulla, reventando cohetes.</p>
<p>Es lo que he visto en las casas vecinas de esta isla y en las casas de más allá, casas de las que surgían ecos vocingleros y el estruendo de una música festiva, y también en la televisión, en los canales en inglés y en español, imágenes de una multitud reunida en Time Square, en el corazón de Manhattan, todos gritando con una euforia inexplicable, como si fuese una competencia para ver quién grita de un modo más estentóreo o simiesco. ¿Por qué están tan contentos, tan ruidosamente contentos? No lo sabemos, es un misterio, cada individuo es un océano turbio, un mar sin fondo. Borges decía que no hay un solo hombre que no sea un descubridor, primero descubre los sabores, lo dulce, lo amargo, enseguida las texturas, lo liso, lo áspero, después los rostros, los siete colores del arco, las veintitantas letras del abecedario, luego los mapas, los animales, y concluye por la duda o por la fe y por la certidumbre casi total de su propia ignorancia. ¿Por qué tanta gente se abandona a la euforia bulliciosa el último día de la año? ¿Qué es lo que celebran? ¿Qué los pone tan dichosos? ¿Por qué se emborrachan? Acaso celebran que están vivos, que no se han muerto, esa parece una buena razón para alegrarse, no sé si para bailar o para encender pirotecnia, de todos modos nos vamos a morir por mucho que chillemos como energúmenos, quizá la gente supone que alegrándose tan fragorosamente alejará la muerte o preñará de buena fortuna el año que está por comenzar. En todo caso, los eufóricos y los bailantes no parecen tener dudas, parecen tener fe, parecen tener fe en que, como no se han muerto el año que termina, tampoco se van a morir el año que comienza, parecen tener fe en que la bulla y el estrépito espantan la propia muerte. Es, me parece, una fe deplorable, una fe oportunista, porque llegado el momento inescapable de la muerte, nadie, que yo sepa, pide música de fiesta y se pone a bailar y a gritar memeces y sopla cornetas chillonas y se pone sombreros coloridos y arroja papel picado sobre el cura que intenta aplicarle la extremaunción. El último día del año tal vez debería recordarnos que sí, es verdad, no nos hemos muerto, no todavía, y por consiguiente estamos más cerca de nuestra muerte, y tal certeza podría inducirnos de un modo discreto a ser menos pueriles, a vivir los días que nos quedan de un modo menos atropellado y vulgar, honrando esto que de momento tenemos y que después será polvo: nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestros recuerdos. Pero no: elegimos intoxicarnos, dejar de pensar, volver a ser los monos agresivos que fuimos. Un individuo alcoholizado, aturdido, que grita, que baila, que define su identidad haciendo ruido, parecería la prueba viviente, inequívoca de que nuestros antepasados fueron los chimpancés bonobos y que no necesariamente los hemos mejorado.</p>
<p>El primer día del año lo que se lleva es ser optimista, salir a correr, montar en bicicleta, llenarse de planes bienaventurados, sentir que ahora sí, por fin, vamos a vivir la vida que de veras queríamos vivir, y entonces todo nos va a salir bien, nuestros planes van a cumplirse, lo mejor está por venir. Sin embargo, bien se sabe (lo sabemos porque así han sido todos los años que recordamos) que ese optimismo dura dos o tres días y luego se extingue, se desvanece, se hace humo, y todo vuelve a ser como era, y ya no somos tan optimistas ni salimos a correr ni a montar en bicicleta, y vemos con resignación que nuestros planes no se cumplen, parecen haber sido trazados no para cumplirse sino para incumplirse, así ha sido siempre, nadie mejora con el tiempo, todos nos volvemos peores, más majaderos, más quisquillosos, más mediocres si cabe. No es culpa de nadie, nadie debiera sentirse mal, es el destino humano, es la suerte que nos espera, un viaje paulatino y quejumbroso al más trivial de los actos humanos, que es morirse. ¿Por qué entonces nos desean un feliz año si los años no son felices, no pueden ser felices, son predominantemente infelices? ¿Por qué nos imponemos la inhumana obligación de que este año sea feliz, cuando a estas alturas ya deberíamos saber que ningún año puede ser encapsulado o cifrado en esa palabra vana, la felicidad? Por lo visto no aprendemos, no queremos aprender, cierto instinto simiesco o cierto mandato genético nos predispone al error de pensar que debemos aspirar a ser felices. Tal cosa no es posible, a duras penas es posible seguir vivos y nadie puede estar seguro de que en un año seguirá estándolo y por eso convendría detenerse, callarse, pensar un poco, aislarse de la turbamulta y recordar que estar vivos hoy y quizás mañana es un pequeño, discreto milagro y que los milagros habría que contemplarlos con asombro y un cierto sentido de la gratitud, procurando no afearlos o acanallarlos con nuestra natural tendencia a la vulgaridad y nuestro impulso bravucón por volver a ser los monos que fuimos, que todavía somos.</p>
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		<title>Las Islas Vírgenes del porvenir</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Dec 2011 16:41:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Los últimos días del año suelen ser ocasión propicia para mirar atrás y preguntarnos qué hicimos bien y qué hicimos mal, cómo hubiesen sido las cosas si las hubiéramos hecho de un modo distinto, qué errores pudimos habernos evitado de haber sido prudentes o haber sabido que íbamos mal encaminados.</p>
<p>Por supuesto, es un ejercicio inútil, ya no podemos cambiar las cosas que han ocurrido, en el mejor de los casos solo podemos aprender de ellas, y sin embargo, sabiendo que perdemos el tiempo, nos entregamos a esa tarea perniciosa, de examen interior, de ajuste de cuentas con uno mismo.</p>
<p>Aun si hemos hecho muchas cosas buenas en el año que termina, es probable que recordemos más vivamente los errores que hemos cometido, los tropiezos en que hemos incurrido, las cosas malas que nos han pasado. La memoria es distraída para la felicidad, la pasa por alto, la olvida fácilmente, asume que es eso lo que nos merecemos, estar bien, gozar de buena salud, que todo nos salga como lo habíamos planeado. La memoria no es buena para registrar los aciertos que nos debemos y alojar en ella los muy esporádicos momentos de alegría que nos invaden. La memoria es rencorosa, malagradecida. La memoria, hablo por mí, no sé de la memoria de los otros, es una alcantarilla, un pozo séptico, una caja negra, un mar enfermo, oscuro, viscoso. Cuando intento recordar las cosas que me han pasado este año, mi memoria me devuelve los ecos afantasmados de una casa de terror, el inventario de un fracaso en toda la línea: rencillas familiares, casas vacías, silencios que duelen, entredichos públicos con viejos amigos que no lo serán más, libros plagados de erratas, batallas perdidas, palabras inflamadas y no por inflamadas menos envanecidas e inútiles, amantes que se vuelven enemigos, tantos oprobios, tantos escándalos, tantas riñas, tanta furia desparramada. Es eso lo que veo, lo que escucho, lo que ha quedado en mi memoria: lo malo, todo lo malo.</p>
<p>Uno se pregunta entonces si todo lo malo que pasó tenía que haber pasado, estaba en el destino que pasara, que nos pasara, y además de ese modo sañudo, al parecer injusto, o si pasó por culpa nuestra, porque fuimos torpes, imprudentes, viciosos, porque propiciamos esa suerte aciaga. No lo sabemos, nunca lo sabremos con certeza. Solo sabemos que ocurrió y que lo que ahora somos es lo que quedó tirado en la carretera después del accidente, como quedan los cuerpos malheridos, los perros machucados, como quedan las ruinas o los escombros luego de la catástrofe. Tal vez porque no conocemos otra manera de tratarnos, porque nos hemos acostumbrado a tratarnos con severidad –un rigor al que nos familiarizaron nuestros mayores, y ya luego se nos hizo costumbre mantener el listón alto y menoscabar lo que somos, siempre algo chato y defectuoso por comparación con lo que deberíamos haber sido–, creemos que lo malo que nos pasó tenía que pasarnos, estaba en nuestro destino, era inevitable, era incluso deseable, nos lo merecíamos. Y no solo nos lo merecíamos: todo lo malo nos pasó porque fuimos tontos, podría no habernos pasado, pudimos habérnoslo ahorrado. En efecto, pensamos ahora enfangados en ese vicio complaciente que es la melancolía, pudimos quedarnos callados, pudimos no meternos en tal o cual polémica de arrabal, debimos quedarnos quietos, zafar el cuerpo, hacernos los distraídos, fingir neutralidad o indiferencia, guarecernos en la sombra. Tal pudo haber sido el pasado. No es, sin embargo, lo que ocurrió, lo que hicimos. Y nada de lo que hagamos ahora, ni siquiera lamentarnos y arrepentirnos y pensar que tendríamos que haber sido más listos, cambiará lo que ya pasó.</p>
<p>No queda entonces otro camino que escapar del pasado, no mirar atrás, olvidarlo todo y echar a correr con curiosidad pueril para descubrir lo bueno, si acaso, que nos esconde el futuro. El futuro siempre será mejor que el pasado, no porque de veras acabará siendo mejor (con seguridad acabará siendo peor, acabará en la muerte, que es siempre un final triste, irritante), sino porque uno puede imaginar el futuro, no así el pasado, el pasado nos impone ciertos recuerdos inconvenientes, revulsivos, es una sombra achacosa que nos persigue. Del mismo modo que uno escribe cada línea basándose en el carácter al parecer inexorable de las líneas anteriores y aceptando que lo que se ha escrito bien escrito está y de ello deberá desprenderse lo que se escriba a continuación, el oficio de estar vivos nos obliga a seguir viviendo basándonos en lo que ya hemos vivido, construyendo afanosamente a partir de esos precarios cimientos o de ese pantano, procurando que lo que venga sea mejor que lo que ya pasó. Uno nunca parece estar contento con lo que le ha tocado en suerte, uno está enojado con el modo en que la realidad se obstina en imponérsenos, uno tiende a pensar que se merece un futuro mejor, más felicidades o riquezas, el reconocimiento general, unánime, de que uno es inteligente o por lo menos divertido.</p>
<p>Tal vez por eso, como año tras año vamos descubriendo que nuestra existencia parece condenada a una densa mediocridad, nos aferramos a las pocas cosas que sabemos hacer, o que ni siquiera sabemos hacer bien, pero que hacemos con placer, unas cosas, unos hábitos, unas rutinas, que nos permiten escapar de las miserias y las grisuras de la vida misma y que nos permiten ganar imaginariamente las batallas que en la realidad hemos perdido. No podemos ya cambiar los libros que hemos publicado, no quisiéramos leerlos porque nos espantan o desconciertan, pero no por eso vamos a desmayar del afiebrado empeño de escribir cada día como si fuera el último, pues el futuro solo parece posible si uno se aferra al hábito de volcar en palabras todas las historias que se ocultan como tesoros en ese archipiélago a conquistar que son las islas vírgenes del porvenir.</p>
<p>No es cierto que lo mejor está por venir, eso quedará en evidencia cuando nos digan que padecemos una enfermedad mortal, que ha muerto esa persona a la que tanto queríamos. Ahora, de momento, estamos bien, claro que podríamos estar mejor, pero también podríamos estar peor, lo cierto es que estamos vivos, no estamos gravemente enfermos o no lo sabemos, podemos perseverar en la empecinada repetición de unos hábitos que nos definen, que moldean quienes somos, y sin embargo nos quejamos y pensamos que el año que termina no fue suficientemente bueno y que el que viene será mejor, debería ser mejor, es lo que nos merecemos. Pues más vale pensar que no necesariamente será mejor y que puede ser el último en nuestra extraviada andadura y por eso hay que vivirlo sin perder el tiempo mirando atrás y lamentándonos, tan bobos, tan llorones, por lo que pasó y no debió haber pasado.</p>
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		<title>No sé si eres mi hija</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Dec 2011 16:37:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Lo bueno de leer los periódicos es que de pronto te enteras de que tienes una hija a la que no recuerdas, a la que crees no haber conocido, una hija que tal vez es tu hija o tal vez no, pero que los periódicos aseguran que es tu hija. Lees con estupor la noticia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Lo bueno de leer los periódicos es que de pronto te enteras de que tienes una hija a la que no recuerdas, a la que crees no haber conocido, una hija que tal vez es tu hija o tal vez no, pero que los periódicos aseguran que es tu hija.</p>
<p>Lees con estupor la noticia y descubres que tus hijas han debutado como modelos, así lo anuncian dos periódicos muy leídos del país en que naciste, dos periódicos que sueles leer someramente, sin entrar en detalles, como quien camina por un campo minado o procura salir de un pantano, sabiendo que puedes salir maltrecho o enfangado de ese ejercicio, que, por lo demás, sabes que es una pérdida de tiempo, y sin embargo lo haces todos los días al despertar, con el placer culposo del que se abandona a un vicio nocivo y por eso mismo incorregible.</p>
<p>Según los periódicos, y no estamos hablando de periódicos envilecidos o acanallados o que se ceban en crímenes o menoscaban el idioma con palabras de sonoridad procaz, estamos hablando de periódicos supuestamente serios y prestigiosos y por tanto influyentes, tus hijas han debutado con gran éxito en las pasarelas, han provocado algún tipo de conmoción o revuelo en cierto desfile de modas, han inaugurado de un modo prometedor lo que se anuncia como una carrera en el mundo del modelaje. Bien, mis hijas son modelos, digieres con algún sobresalto o alarma la noticia (con alarma porque imaginas que la carrera de modelo es corta, cruel, desalmada, y pone énfasis en unas cosas que el tiempo se encargará de corromper, aunque el tiempo lo corrompe todo, incluso aquello que no puede exhibirse).</p>
<p>Desde luego, es de suponer que esos periódicos que se refieren a mis hijas sin hacer excepciones, a mis hijas en general, aluden a todas mis hijas, a las que he reconocido y conozco y a las que no he reconocido y desconozco, o desconozco mayormente, como dicen los pícaros en el país en que nací. Pero mis hijas, o al menos las que conozco, son tres, eso me parece recordar, y la menor de ellas es todavía muy menor para ser modelo, tiene apenas ocho meses y medio y no está en condiciones para debutar como modelo caminando en una pasarela, principalmente porque aún no sabe caminar. Debo suponer, por tanto, que la prensa, cuando alude a mis hijas modelos, se refiere a mis dos hijas mayores. Si bien no veo a mis hijas mayores hace más de un año por circunstancias políticas, familiares y religiosas (la religión tiene la culpa de casi todas las desgracias, y si no la tiene es bueno echársela, por las dudas), creo que todavía puedo reconocerlas en una fotografía actualizada, y por eso me atormenta reconocer solo a una de ellas, la más rubia, ella sin duda es mi hija aunque hubiera merecido mejor suerte, pero la otra, una señorita muy maja, de facciones angulosas y mirada inteligente, bella y misteriosa como una esfinge, no parece ser mi hija, no recuerdo que lo sea, tal vez tenga ganas de ser mi hija y resulta que vengo a enterarme de ello leyendo la prensa. ¿Es posible que esa jovencita tan guapa y distinguida sea en efecto mi hija, como afirman con aspaviento algunos de los periódicos más serios de mi país de origen, y que, siendo mi hija y además mi hija modelo y que triunfa como modelo o se anuncia como modelo rompedora, yo la haya olvidado o no sea capaz de reconocerla? ¿Cómo podría ser tan estúpido para ver una fotografía de mi hija mayor y no saber quién es la señorita y pensar que no tengo el gusto de conocerla? ¿Cómo mi hija mayor podría ser modelo y yo, que no soy un padre modelo ni un hijo modelo ni un modelo de nada, me quede pasmado, alunado, mirando su retrato luminoso y espléndido, sin saber si esa criatura modélica es mi hija o fue mi hija o se dispone a ser mi hija con una pujanza encomiable o la están obligando a ser mi hija muy a su pesar? Creo que no es mi hija, me digo, aunque si la prensa lo afirma en ese tono sentencioso, exento de toda duda, debe de serlo.</p>
<p>Es un bochorno no saber quién es tu hija, no tener memoria para reconocer a tu hija cuando lleva el nombre que le pusiste pero no parece llevar la cara que llevaba la última vez que la viste, es notable lo que el paso del tiempo hace sañudamente con las personas, con la estragada memoria de las personas, siempre he temido estar en una reunión familiar y no reconocer a nadie y echarlos a todos de un modo airado, crispado, rencoroso, pensando que son unos intrusos cuando son mis compungidos familiares a los que ya no reconozco, no pensé que esa pesadilla me asaltaría tan pronto, antes de cumplir los cincuenta años.</p>
<p>A estas alturas, solo caben tres posibilidades, me digo, escudriñando las fotografías de mi supuesta hija, procurando encontrar en ellas una pista o un vestigio que me permita reconocerla: es mi hija y no la recuerdo, qué pesar; es mi hija y no la conozco, qué ilusión conocerla; no es mi hija y los periódicos se han equivocado y le han enrostrado tal cosa ignominiosa a una inocente jovencita que merece ser feliz. Lo que está en duda es que sea mi hija, no cabe duda alguna de que, sea o no mi hija, es modelo, y una modelo admirable en lo que a mí respecta.</p>
<p>El diccionario define modelo como “arquetipo o punto de referencia para imitarlo o reproducirlo” y como “persona de buena figura que en las tiendas de modas se pone los vestidos”. Está claro que la señorita en cuestión es una modelo en ambos sentidos, en el sentido ejemplar o moral del término y en el sentido vistoso de la palabra, yo al menos quisiera ser como ella, y no lo digo en un sentido figurativo, como quien dice yo quisiera tener el éxito que ella ha alcanzado, yo quisiera que la gente me mirase embelesada como a juzgar por las fotos la mira en aquel desfile, lo digo porque la contemplación de su imagen me sirve de modelo, de ejemplo, de guía o vaga inspiración, y me recuerda algo lacerante, algo que no por doloroso voy a escamotear al lector: que es menester ponerme a dieta si quiero (y vaya que lo quiero, lo he querido desde muy niño) lucir algún día ese vestido tan premioso, que según dice la prensa recrea el cuadro de un pintor estimable. Las cosas son como son y no como quisieras que fuesen, y está bien claro que de momento no puedo embutirme ese vestido en mi cuerpo adiposo, pero quizá pueda desfilar en la pasarela camuflado tras uno de los lienzos de tan estimable pintor.</p>
<p>Los amigos están para echar mano a ellos cuando está uno desesperado, no sabiendo cuántas hijas tiene, y por eso llamo a un amigo, director de uno de los periódicos que sabe de mis hijas más que yo mismo, y le pregunto azorado si está seguro de que aquella modelo de inasible belleza es mi hija. Es tu hija, no la niegues, mis reporteros me aseguran que es tu hija, me dice mi amigo, que es un caballero y sería incapaz de fabular sobre mi descendencia, ya no digamos sobre mi ascendencia, de esto último me ocupo yo mismo. Luego añade, sin amonestarme, en tono cordial: Es tu hija, ella le ha dicho a mi fotógrafo que es tu hija. Pero no la reconozco, no sé quién es, no creo haberla visto nunca, le digo a mi amigo, apesadumbrado. Es porque hace mucho que no las ves, las tienes abandonadas, no las visitas ni las llamas ni les mandas regalos, te has hecho fama de viejo verde y ya no sabes quién es tu hija, esto no puede seguir así, Jaime, algo tienes que hacer, por lo pronto deberías dejar de fumar esas hierbas que me invitaste cuando pasé por tu casa, me dice mi amigo, y cómo podría enojarme con él, es mi amigo y lo quiero precisamente porque me dice con franqueza lo que otros callan por timoratos, por apocados, por halagarme con lisonjas memas. Muy bien, la llamaré, la felicitaré por ser mi hija y por ser modelo, me resigno. Y a continuación llamo por teléfono a mi hija mayor y la felicito por su debut como modelo y le digo que asistiré entusiasmado a su próximo desfile, pero ella me interrumpe, al parecer contrariada, y dice: No soy yo la de la foto, los periódicos se han equivocado, le han puesto mi nombre a una chica que es mi amiga, qué usura. Qué usura, le digo, pero ella, que es muy lista, ya ha colgado.</p>
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		<title>Los vivos incómodos</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Dec 2011 16:35:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[La muerte, bien se sabe, mejora curiosamente a los muertos. Nada hacen los muertos, salvo morirse, para adquirir un cierto prestigio que antes les era esquivo, para ser añorados o evocados con afecto, para exagerar sus virtudes y escamotear sus defectos. Nada hacen los muertos porque nada pueden hacer o nada quieren hacer, los muertos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La muerte, bien se sabe, mejora curiosamente a los muertos. Nada hacen los muertos, salvo morirse, para adquirir un cierto prestigio que antes les era esquivo, para ser añorados o evocados con afecto, para exagerar sus virtudes y escamotear sus defectos.</p>
<p>Nada hacen los muertos porque nada pueden hacer o nada quieren hacer, los muertos se mueren y somos los vivos quienes hacemos con ellos lo que nos da la gana, lo que nos conviene, lo que suaviza la aspereza de seguir vivos. Los que nos quedamos vivos generalmente lamentamos que los muertos se hayan muerto y no tengan por lo visto ninguna intención de dejar de estar muertos. Lloramos a nuestros muertos, los echamos de menos, imaginamos que la vida sería mejor o más completa si no estuvieran muertos, si todavía estuvieran con nosotros. Sin embargo, cuando los muertos aún estaban vivos no siempre nos desvivíamos para verlos, tal vez hacíamos todo lo posible para no verlos, su presencia nos resultaba un engorro, un fastidio, un lastre, hacíamos todo cuanto podíamos para evitarlos, para no verlos, para evadirlos, nos parecía que la vida era mucho peor cuando por desdicha estábamos con ellos, los que todavía estaban vivos. Desde luego no pensábamos, o casi nunca pensábamos, que era mejor para nosotros que esos vivos irritantes acabaran de morirse y nos aliviaran de ese modo el arduo oficio de seguir vivos. A tanto no llegábamos, claro está: no era que queríamos que se muriesen, solo queríamos que no existiesen en nuestras vidas, que hicieran sus vidas misérrimas alejados de la nuestra, como si fueran una mancha, una sustancia espesa, tóxica, contaminante, como si el trato con ellos, los vivos incómodos, nos recordase una y otra vez que todo era peor con ellos o por culpa de ellos, que no había manera de entendernos, que ellos tenían que irse por su lado y nosotros buscar un camino distante y separado de ellos. Parecía entonces que habíamos llegado a la razonable conclusión de que esas personas, los vivos fastidiosos, los vivos latosos, los vivos cargosos o cargantes, eran incompatibles con nosotros y que por mucho que lo intentáramos no encontraríamos la manera de ver algo bueno en ellas, porque era lo malo lo que a nuestros ojos prevalecía de aquellas personas, era lo malo lo que nos agriaba la existencia. En cierto modo nos resultaba inconveniente o indeseable que esos vivos siguieran pertinazmente vivos, o al menos nos contrariaba que se empeñaran en vivir cerca de nosotros, confundidos con nosotros, entrometiéndose en nuestras vidas. A esa triste e irrebatible certeza parecíamos haber llegado: estamos mejor sin ellos, nos conviene su ausencia, no debemos entreverarnos con ellos, lo prudente es replegarnos, ensimismarnos, hacerlos prescindibles. Y luego resulta que esos vivos cuya ausencia cultivábamos con esmero deciden ausentarse del todo y para siempre, sin más remedio, muriéndose de súbito o no tan abruptamente, muriéndose al fin y al cabo. Y ahora que los vivos de los que huíamos como quien huye de la peste nos han hecho el favor de ausentarse por completo, ahorrándonos el esfuerzo de escapar de ellos y de recurrir a mentiras o desaires para evadirlos, ahora que están muertos resulta que los recordamos de un modo enternecedor, deploramos no haber pasado más tiempo con ellos, nos parece que fue culpa nuestra y no de ellos que las cosas no fueran todo lo felices que debieron ser, pensamos que algo hicimos mal para no ver lo bueno que había en ellos, los que no queríamos que estuviesen y en efecto ya no están, y ahora que ya no están pensamos que sería mejor que estuviesen, porque hubo algo que debimos decirles y no les dijimos, hubo un abrazo fallido que quisiéramos haberles dado y quedó trunco, en el aire. Los muertos suelen ser personas encantadoras. Los muertos rara vez tienen enemigos. Los muertos son prudentes, atinados, un dechado de virtudes, gente tan simpática que nos parece injusto y vicioso que se haya muerto, siendo que ahora tantos los echamos de menos, tantos sentimos su hondo vacío, aquella pérdida irreparable. Los muertos hicieron bien en morirse, porque cuando estaban vivos eran bastante insoportables y ahora son del todo estimables. Morirse no carece de mérito, es lo que conviene, sirve por lo pronto para ganar amigos. Ya se fue, no volverá, es la nada, apenas un recuerdo borroso, leve, difuminado por el tiempo, el muerto está bien muerto y son pocos los que se enojan con el destino por haberse llevado al muerto de esa particular y encarnizada manera, que aunque nos resulte desconcertante o dolorosa acaba por parecernos la manera correcta, la manera única y definitiva como esa persona debía morir, tal era su suerte, tal su cita aciaga con el destino. Y ahora que deberíamos aliviarnos de que los muertos ya se han marchado y no volverán, sin embargo pensamos que no sería justo que cesen de existir por completo, imaginamos que los pobrecitos no merecen estar tan muertos, les deseamos una vida eterna, los soñamos en un lugar mejor, allá arriba, entre ángeles, rodeados de la bondad infinita, sonriéndonos con una dulzura y una compasión que tanto echábamos de menos cuando nos miraban con el gesto adusto y los ojos turbios en aquellos días espesos en que todavía podían sonreírnos y preferían clavarnos una mirada plúmbea, pesarosa. Aun si nos habíamos llevado fatal con tal o cual persona, es infrecuente que pensemos: menos mal que se murió, ojalá que fulano esté muerto y bien muerto, si hay otra vida espero no tener la desgracia de encontrármelo, porque ya me estropeó bastante esta vida como para que me eche a perder también la otra. Pues no, los que vamos quedando vivos tenemos la extraña costumbre de idealizar a nuestros muertos, dotarlos de unas cualidades ficticias, lamentarnos por no haber gozado como correspondía de sus incomprendidas compañías, conversar con ellos, decirles cosas bonitas, cursilonas, sensibleras, decirles por ejemplo cuánto los extrañamos, cuánto quisiéramos verlos de nuevo, con qué impaciencia esperamos el ansiado reencuentro en el más allá. Es decir que cuando estaban vivos queríamos que se fuesen con sus vidas a otra parte, por ejemplo que tuviesen el buen gusto de morirse, y ahora que están muertos necesitamos inventarnos que están vivos, fabular que son felices, urdir la ficción tan humana de que el muerto nos extraña, anda siempre pendiente de nosotros y nos sonríe, extasiado.</p>
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		<title>La ira de los patriotas</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Nov 2011 00:49:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Algunos peruanos se han molestado conmigo y me han escrito insultos porque he escrito que en los próximos años no quisiera volver al Perú, dado que ese país me recuerda a la infelicidad. Agradezco los espesos salivazos verbales de los patriotas ofendidos, por lo pronto me confirman que hago bien en mantenerme alejado de ellos. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Algunos peruanos se han molestado conmigo y me han escrito insultos porque he escrito que en los próximos años no quisiera volver al Perú, dado que ese país me recuerda a la infelicidad.</p>
<p>Agradezco los espesos salivazos verbales de los patriotas ofendidos, por lo pronto me confirman que hago bien en mantenerme alejado de ellos.</p>
<p>No he dicho o no he querido decir que todos los que viven en el Perú son infelices, qué ocurrencia, qué penoso malentendido. Por supuesto, es mi deseo ferviente que todos los que viven en el Perú, incluyendo a mi familia y mis enemigos (si no es redundancia), sean felices, muy felices si cabe o si les cabe tanta alegría sin embriagarse. Deseo que sean felices viviendo en el Perú y también cuando viajen ocasionalmente fuera del Perú, que la felicidad sea plena y no se les interrumpa y roce el éxtasis, la euforia. Cómo podría yo ser tan despistado para suponer que todos los habitantes del Perú son por fuerza desdichados, cuando la desdicha o el júbilo son estados de ánimo de las personas, no de una patria o una nación.</p>
<p>Lo que he querido decir, valga la aclaración y vayan mis disculpas a los patriotas mancillados que se apresuran en insultarme para que nadie ponga en entredicho lo felices que son escribiendo invectivas anónimas, es que yo, por tonto o porque tal era mi destino, no he sabido ser feliz en el Perú, que, hechas las sumas y las restas, mis recuerdos del Perú son tristes, aciagos, contrariados, son recuerdos de derrotas y traiciones y persistentes amarguras, son una caja negra de la que se escuchan gritos, palabras filudas, amenazas, risas de hiena, rezos en latín.</p>
<p>Lo que quisiera decir ahora, sin ánimo de fastidiar a nadie, es que, de todos los lugares en los que me ha sido dado vivir, me he encontrado mejor en esta isla en la que ahora malvivo y de la que no quisiera irme por unos años, es aquí donde me siento algo más tranquilo y en libertad, es aquí donde puedo escribir sin grandes sobresaltos y donde salgo a caminar sin que me griten improperios desde una esquina o desde un auto acanallado, es aquí donde he aprendido a estar más o menos bien, menos bien que mal pero a ratos bien, lo que ya es bastante. Esta isla no es el lugar en el que nací, es el apacible paisaje en el que pude forjar mis pequeñas ambiciones, es el refugio que he encontrado para no claudicar de mi empeño por ser un escritor, es mi casa, la última estación, la mansa orilla a la que me ha arrojado el mar.</p>
<p>No tendría sentido mudarme a una ciudad, sea peruana o de otra geografía, en la que, a pesar de mi probada imprudencia, puedo avizorar claramente que mis días serían bastante peores que los que paso en esta isla, nadie debería imponerse tal contrariedad, un hombre retirado o jubilado debería ser libre de elegir el barrio donde quiere estar tranquilo sin que alguien se moleste por eso, y yo soy un hombre retirado, retirado al menos de las fatigas y los reveses de ser o aparentar ser un hombre de éxito y de buena entraña, que ama a quienes no conoce, cuando me es tan arduo amar a los que ya conozco, no encuentro tanto amor en mí y se me escapa en unas pocas personas a las que probablemente tampoco conozco.</p>
<p>Por eso no quisiera volver al Perú en unos años, por razones de salud, porque en esta isla de momento duermo mejor, por razones de lo que me conviene como escritor, porque en aquí puedo seguir escribiendo mis naderías, por razones de cobardía, porque temo que en la ciudad en que nací podrían arrestarme o citarme a interrogatorios o impedirme salir del país en venganza por mis posturas políticas (y no se me diga paranoico, todos los meses llegan a mi casa en Lima citaciones policiales para intimidarme, y desde luego lo consiguen), por razones familiares, porque mi mujer y mi hija menor están contentas en esta casa y porque en Lima está la parte de mi familia a la que tampoco vería si viviera allá, y por razones, en fin, dictadas por la más pura arbitrariedad o el más legítimo egoísmo, porque presiento que allá en Lima me sentiría jodido, rehén, a la defensiva, huyendo de las miradas inquisidoras y los chismes envenenados, y acá me siento también jodido, pero en libertad, esta es la jodienda que yo elijo, no la que me impone la patria.</p>
<p>Ruego que se me entienda bien: así como quiero días tranquilos para mí, del mismo modo que debo estar en el lugar que me resulte más propicio para escribir y resistir en pie los infortunios y plantarle cara al toro bravío que es el destino, sin duda deseo que todos los que viven en el Perú, todos sin excepción, todos incluyendo al presidente y a sus papás y a los que sueñan con ser presidentes, todos contando a mis enemigos y a los que me insultan con tan curiosa saña, sean felices, cuanto cabe de felices, más felices que yo. Ahora bien, mucho me temo que ni los patriotas inflamados ni yo seremos felices lo que se dice felices, porque tal cosa no es inherente a la condición humana y la vida misma parece ser un viaje de estaciones grises a otras oscuras, pero al menos moriremos intentando ser felices en el lugar donde se nos dé la gana, que puede ser la patria original o alguna de las patrias que uno se va inventando en el camino, y yo tengo para mí que la patria también está en los libros, en las películas, en las personas, y no necesariamente en tales o cuales coordenadas o puntos cardinales o en ciertas abstracciones colectivas.</p>
<p>Si me preguntasen por qué he sido tercamente infeliz en el Perú, por qué no he podido encontrar la mejor versión de mí en aquel país pundonoroso y estimable, no sabría qué responder, quedaría en silencio, ofrecería mis sentidas disculpas a los patriotas iracundos. He vivido en el Perú los primeros veinte años de mi vida, luego he viajado todos los meses al Perú por otros veinte años o más, he pasado temporadas optimistas en el Perú que siempre han terminado mal, he querido ser presidente del Perú por megalómano y vanidoso y por contentar a mi madre, he querido ser un peruano feliz pero he fracasado una y otra vez en el intento. Y no lo digo contento o con orgullo, qué va, qué fácil hubiera sido encontrar mi destino en la ciudad en que nací, qué liviano y conveniente sería cifrar las claves de mi felicidad en alentar a la selección peruana de fútbol, comer comida peruana bien encebollada y acompañada de cerveza cusqueña, decir peruanismos y diminutivos, pasar los domingos con mi madre y mis hermanos comiendo causa y tamales, sentir que ese himno es el mío, que yo me agito en una bandera y que unos adustos señores uniformados me defienden de los peligros extranjeros.</p>
<p>Volveré al Perú, si acaso, cuando sea el momento, ahora no es el momento. Entretanto, me contento con volver a los paisajes de mi infancia y mi juventud cuando me siento a escribir mis novelas excesivas, que es una manera no desdeñable, me parece, de seguir queriendo al lugar donde aprendí a mirar, a caminar, a leer y a escribir. </p>
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		<title>Un año sin ellas</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Nov 2011 16:40:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace más de un año no veo a mis hijas mayores. De vez en cuando les escribo pero no hay respuesta. Supongo que pronto me escribirá su madre pidiéndome dinero, ella suele recordarme con cariño en esas ocasiones. Ya me resigné a la idea de que no las veré más. Lo que duele no es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace más de un año no veo a mis hijas mayores.</p>
<p>De vez en cuando les escribo pero no hay respuesta.</p>
<p>Supongo que pronto me escribirá su madre pidiéndome dinero, ella suele recordarme con cariño en esas ocasiones.</p>
<p>Ya me resigné a la idea de que no las veré más.</p>
<p>Lo que duele no es tanto su silencio sino saber o intuir que ellas están más contentas haciendo su vida sin mí.</p>
<p>Todo el tiempo que fuimos amigos, diecisiete largos años, las eduqué en ejercitar su libertad y en no menoscabar nunca el amor propio y, ya veo, algo aprendieron a quererse y ser fuertes y saber lo que quieren y mandar al carajo a quien les estorba o las lastima, incluso si ese patán soy yo, su padre.</p>
<p>Les he mandado regalos, dinero y no pocos correos pidiéndoles perdón, pero todo es en vano, por lo visto no me perdonan, no quieren perdonarme o no pueden perdonarme.</p>
<p>Quién podría culparlas, yo recién perdoné a mi padre cuando ya había muerto, tal vez ellas me perdonen cuando yo muera, tengo mis dudas al respecto, puede que les resulte más conveniente fatigar el rencor y odiar al padre como políticas de supervivencia.</p>
<p>No me queda tan claro por qué mis hijas mayores y su madre siguen molestas conmigo.</p>
<p>Supongo que es porque las eché de mala manera de mis departamentos en Lima.</p>
<p>Hice mal, fue un error, cometí una torpeza mayúscula que estoy pagando.</p>
<p>Les he pedido disculpas en privado y en público y vuelvo a ofrecerles mis disculpas públicas por ese penoso incidente.</p>
<p>Más no puedo hacer. Lo que pasó, pasó y ya no puede cambiarse por mucho que uno se arrepienta y se flagele. Solo cabe a estas alturas pedir disculpas y esperar que la otra parte comprenda y perdone. Pero si la otra parte no perdona, tampoco conviene sufrir más de lo que ya resulta inevitable, es bueno que uno mismo comprenda por qué pasaron las cosas y que uno sepa perdonarse y siga disfrutando de los días que quedan por delante.</p>
<p>Así como sospecho que mis hijas mayores son felices organizando sus vidas con absoluta prescindencia de mí, yo las he extrañado todo este año sin verlas pero no por eso he sido infeliz, ha sido un año bueno y he elegido pasarla bien con mi mujer y mi hija menor en esta isla en la que me siento en casa.</p>
<p>No estoy tan seguro de que mis hijas y su madre se molestaron conmigo porque las boté de mi casa con pésimos modales. Tengo mis dudas. Ya estaban molestas conmigo antes de que las echase de mi casa. Estaban molestas y no me hablaban porque me había enamorado de mi chica y no ocultaba ese amor y lo contaba con alegría en televisión y porque mi chica había quedado embarazada.</p>
<p>Fue entonces cuando todo se fue al carajo con mis hijas y su madre. Mis hijas detestaban a mi novia, la madre de mis hijas la insultaba a gritos día por medio, mis hijas y su madre no me abrían la puerta de mi propia casa, la madre de mis hijas montaba unas escenas de celos y despecho que me resultaban insoportables y del todo injustas porque yo estaba divorciado de ella hacía más de diez años y porque no teníamos ninguna clase de intimidad erótica hacía más de diez años y porque ella no se había privado de tener sus aventuras sentimentales ni yo las mías y porque yo había sido bastante generoso (pudiendo no hacerlo) en comprar unos departamentos para que ella y nuestras hijas viviésemos juntos, por lo visto demasiado juntos, más de lo que convenía, un peligro del que advertí a tiempo a mi ex esposa, pero ella quiso imprudentemente venir a vivir a mi casa y luego, ya viviendo en mi casa cuando tenía otra casa en la que bien pudo haberse quedado, pensó que, como vivía conmigo y tenía dos hijas conmigo, podía recortar mi libertad y prohibirme ver a la persona de la que me había enamorado y además insultar a esa persona a la que yo sentía que amaba y ahora siento que amo aún más.</p>
<p>Nada disculpa la tontería que hice. Debí encajar los golpes con aplomo. Debí preservar la calma. Debí perdonar los desaires y los insultos y las humillaciones. Debí entender que ir a la guerra sería sangriento para todos pero en particular para mí. Debí venirme a la isla con mi chica embarazada y dejar viviendo en mi casa de Lima a mis hijas mayores y su madre aunque ellas me odiasen y no quisieran verme y solo me recordasen por cosas de dinero.</p>
<p>Pero no lo hice porque no soy un santo ni un hombre virtuoso o ejemplar y cuando me pegan y se meten con mi libertad, pierdo los modales y tomo represalias que a la distancia se ven excesivas pero que en su momento parecieron una manera de hacer justicia y poner las cosas en su lugar: simplemente no me parecía justo que mi ex esposa se tomara la licencia de vivir en mi casa y, al mismo tiempo, insultar sistemáticamente a la mujer embarazada de la cual yo estaba enamorado.</p>
<p>Si todo volviera a ocurrir, trataría de no molestarme, trataría de reírme de las cosas que tanto me molestaron, pero las cosas pasan como tienen que pasar y ya está, yo estuve mal, claro que estuve mal, pero ¿no hubiera sido todo más fácil y amigable si mi ex esposa hubiese tratado con cariño a mi chica embarazada y les hubiese dicho a nuestras hijas que la niña que estaba por nacer era su hermana a la que ellas debían querer y no una enemiga de baja estofa a la que ellas debían odiar o despreciar?</p>
<p>Yo no le retiré mi amistad a mi ex esposa cuando ella se enamoró no una sino varias veces ya estando divorciados, solo que como ella no es escritora ni sale en televisión la gente no se enteró de sus amores encubiertos, pero yo sí me enteré y no salí a insultar a sus amantes de entonces ni a insultarla a ella y con seguridad no hubiese reaccionado a la tremenda si ella hubiera quedado embarazada de algún novio, pero cuando me tocó a mí enamorarme, entonces ella perdió la calma, se abandonó a la vulgaridad de las pasiones contrariadas, se olvidó de ser mi amiga, pateó el tablero y desató una lluvia de insultos y desmesuradas peticiones económicas que, por desgracia, me hicieron perder la paciencia y pedirle en privado y en público (tal es mi estilo y al que no le guste, que se aleje de mí: yo soy un escritor y lo cuento todo, en especial todo lo malo) que se fuera de mi casa.</p>
<p>Pero no las eché a la calle, qué ocurrencia. Podían volver a la casa en los suburbios donde tan cómodamente vivieron muchos años, gracias a mi invariable y no podría decirse que mezquina asistencia económica. Podían alquilarse el mejor departamento de la ciudad con el dinero que transferí a la madre de mis hijas cuando le pedí que se fuera de mi casa, casi doscientos mil dólares a ser gastados solo este año que ya termina. Ya quisiera yo que alguien me dijese: no puedes quedarte más en mi casa, debes irte, acá tienes doscientos mil dólares para este año y luego me pides más. No creo que eso califique en rigor como echar a alguien a la calle, y así como reconozco que me porté mal echando de mi casa a mis hijas mayores y a su madre, también creo que siempre me he preocupado por darles todo el dinero que necesitan y más también, incluso cuando he estado furioso con ellas, y no pido que se me agradezca por eso, es lo que me corresponde, aunque siempre les he dado bastante más de lo que me corresponde legalmente, sobre todo a la madre de mis hijas mayores, que se ha pasado media vida dándose todos los lujos que le apetecían a expensas de mi generosidad, habida cuenta de la tacañería de su madre y de la enfermedad de su padre.</p>
<p>Pero ya está, ya fue, todo esto suena a excusas tardías e inútiles.</p>
<p>Lo cierto es que hace más de un año no veo a mis hijas mayores y es muy probable que pase otro año sin verlas.</p>
<p>Yo quiero verlas, estoy dispuesto a verlas cuando ellas quieran y con su madre si así ellas lo prefieren, solo que no quiero ir a verlas al Perú, prefiero verlas fuera del Perú porque no me provoca ir a ese país que me recuerda a la infelicidad, yo las invito adonde ellas quieran y si quieren que vaya solo, sin mi esposa y mi hija menor, iré solo, por supuesto, no quisiera incomodarlas más.</p>
<p>Pero presiento que esa reunión no habrá de ocurrir pronto y entonces no me queda sino desear que mis hijas mayores y su madre sean felices (y si para ello necesitan odiarme, que me odien con ferocidad, no se repriman) y desear, al mismo tiempo, que yo acabe de acostumbrarme a este curioso desafío que me ha impuesto el destino, el de estar tranquilo y contento sin dos personas con las que siempre asocié la felicidad, mis hijas mayores, que Dios las bendiga y si no volvemos a vernos, espero que podamos vernos en alguna otra vida y que ya entonces no haya rencores y ellas tengan ganas de darme un abrazo como el que yo tengo ganas de darle a mi padre.</p>
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		<title>Jaime quiere que sus hijas visiten a su pequeña hermana Zoe en Miami</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Nov 2011 18:29:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Jaime Bayly en su reciente columna reveló los motivos por los que decidió irse a vivir a Miami y no volver a radicar en el Perú. &#8220;Debíamos irnos a Miami y darme a mi un final algo más digno. Lo hablé con  Silvia y no lo dudamos: si en Lima ningún canal contestaba siquiera mis [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Jaime Bayly</strong> en su reciente columna reveló los motivos por los que decidió irse a vivir a Miami y no volver a radicar en el Perú.</p>
<p>&#8220;Debíamos irnos a Miami y darme a mi un final algo más digno. Lo hablé con  Silvia y no lo dudamos: si en Lima ningún canal contestaba siquiera mis llamadas, debíamos irnos a Miami y tener al bebé allá y darle a mi carrera de televisión (28 años ya) un final algo más digno que la humillación que me infligieron en octubre del año pasado al despedirme por razones que ignoro y prefiero seguir ignorando&#8221;, sostuvo Jaime Bayly, quien dio a entender que su salida del canal 2 no fue en buenos términos.</p>
<p>Asimismo, <strong>Jaime Bayly</strong> comentó que espera que sus hijas vayan a visitarlo a Miami porque el no piensa regresar al Perú.</p>
<p>&#8220;Ruego a Dios que Silvia y Zoe me acompañen y que Camila y Paola no tarden en venir a visitarnos y ocupar los cuartos que hemos decorado con amor para ellas&#8221;, añadió.</p>
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		<title>Jaime Bayly a Chino: “Tú eres mi tipo de hombre”</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Nov 2011 18:11:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Jaime Bayly, el polémico conductor peruano, volvió a hacer de las suyas, esta vez con el dúo reggaetonero Chino y Nacho. Los venezolanos estuvieron invitados en su programa de televisión, donde los entrevistó y entre otras cosas bromearon y hasta hubo coqueteo por parte de Bayly hacia Chino. Como era de esperarse, Bayly no desaprovechó la oportunidad de insinuar su atracciónhacia uno [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Jaime Bayly</strong>, el polémico conductor peruano, volvió a hacer de las suyas, esta vez con el dúo reggaetonero <strong>Chino y Nacho.</strong> Los venezolanos estuvieron invitados en su <strong>programa de televisión,</strong> donde los entrevistó y entre otras cosas bromearon y hasta hubo <strong>coqueteo </strong>por parte de Bayly hacia Chino.</p>
<p>Como era de esperarse, Bayly no desaprovechó la oportunidad de<strong> insinuar su atracción</strong>hacia uno de ellos, mientras el dúo se mostró ameno, simpático y llevándole la corriente al presentador con sus bromas: <strong>“Si yo viajara tanto de hotel en hotel con otro hombre de seguro me volvería gay, pero tú eres mi tipo de hombre”,</strong> le dijo el peruano a Chino. Además, el presentador lo calificó de sex symbol y lo invitó a tocar su cabellera, pero Chino sutilmente se negó.</p>
<p>Los reggaetoneros también hablaron sobre sus <strong>próximos pasos</strong> en cuanto a sus proyectos musicales, entre los cuales destacan la conquista del público <strong>anglosajón </strong>con el sencillo “Bebé bonita”, incluido en su último disco, “Supremo”.</p>
<p>A continuación, <strong>parte </strong>de la entrevista con el <strong>coqueteo </strong>del presentador peruano a Chino:</p>
<p><a href="http://www.jaime-bayly.net/noticias/jaime-bayly-a-chino-%e2%80%9ctu-eres-mi-tipo-de-hombre%e2%80%9d/"><em>Pinche aquí para ver el vídeo</em></a></p>
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		<title>La emboscada</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Nov 2011 17:25:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Carlos Cacho Legrand no es mi amigo, nunca lo fue, tampoco se sabe públicamente que es mi enemigo, pero yo siento un odio visceral por ese enano calvo de nariz puntiaguda, un odio lo bastante duradero como para ir a darle una paliza por la cabronada que me hizo cierta vez, hace ya años, en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Carlos Cacho Legrand no es mi amigo, nunca lo fue, tampoco se sabe públicamente que es mi enemigo, pero yo siento un odio visceral por ese enano calvo de nariz puntiaguda, un odio lo bastante duradero como para ir a darle una paliza por la cabronada que me hizo cierta vez, hace ya años, en televisión. Probablemente Cacho Legrand pensará que lo he olvidado, probablemente él habrá olvidado lo que me hizo, pero yo jamás olvidaré ni perdonaré la doble afrenta con la que me humilló. Me invitó a su programa. Yo estaba en Buenos Aires promocionando una novela. Mis editores locales me advirtieron de que el programa era amarillo, peligroso, sensacionalista, me dijeron que no parecía una buena idea que fuese. Al mismo tiempo, ya se sabe cómo son de retorcidos los editores, me dijeron que el programa lo veía todo el mundo (ellos también) y que si corría el riesgo de someterme a una entrevista con Cacho Legrand, sin duda las ventas de mi novela se dispararían. O sea, me recomendaron que no fuese, pero me pidieron que fuese. Y como yo no quería quedar como un pusilánime o un cobarde, hice lo imprudente, lo que no debí hacer: fui a los estudios de canal 9 en Palermo, me dejé maquillar y salí en directo a las diez de la noche en el programa “El mundo de Cacho”, así de esperpéntico era el nombre del programa. Yo pensé ingenuamente que Cacho Legrand habría leído alguno de mis libros y me hablaría de ellos o de política o de sexo o de trivialidades y zarandajas inofensivas. Pensé que, como él tenía fama de mujeriego y de misógino (la de un depredador de mujeres que solo ve en ellas orificios a horadar), me hablaría de esas cosas, de mujeres, de que las mujeres son tontas o sucias o las dos cosas, o de que una mujer sin un hombre que se la monte es infeliz y no vale nada, cosas que solía decir la bestia de Cacho Legrand en sus programas de la radio y la televisión (que irónicamente gozaban de gran audiencia entre el público femenino, especialmente entre las mujeres mayores de cuarenta años, divorciadas o viudas o solitarias por la razón que fuese). Pero Cacho Legrand, astuto y venenoso como una tarántula, me tendió una emboscada. Me saludó con excesiva cortesía, me aduló de un modo embarazoso que delataba que no había leído una puta línea de mis novelas y, de pronto, cuando yo pensaba que sería una entrevista sosa más, Cacho Legrand hizo honor a su fama de pirata hijo de la gran puta y me preguntó: “¿Es verdad que tuviste sexo con Anita Casán la noche antes de su suicidio?”. La concha de su hermana, ¿cómo carajo podía este enano perverso haberse enterado de eso? La noticia del suicidio de Anita Casán fue un gran escándalo años atrás, porque Anita era presentadora de televisión y era muy guapa y muy querida y porque una tarde, enloquecida de tanto aspirar cocaína, al parecer vio criaturas horrendas que venían a matarla y saltó por el balcón dando alaridos y se mató, se partió la cabeza. Pero nunca nadie había sabido que la noche anterior Anita estuvo conmigo en mi departamento de San Isidro. Nunca nadie había dicho o publicado una palabra al respecto. Era un secreto que yo guardaba tristemente conmigo. Porque en realidad Anita Casán era mi amiga y ocurrió que el día anterior a su suicidio habíamos pactado que me hiciera una entrevista en un restaurante del bajo de San Isidro con vista al río, y en efecto grabamos la entrevista, y como siempre me pareció una mujer lista, despierta, atropellada, y además me pareció que estaba buenísima, y entonces cuando la entrevista terminó, ella despachó al equipo técnico y se vino conmigo al departamento y terminamos follando y metiéndonos la coca que ella llevaba en el bolso. Tiramos dos veces, ambas ella sentada a horcajadas sobre mí, y nos demoramos en venirnos, tal vez por la coca que nos había endurecido, y sentí que Anita Casán estaba loca y que se movía deliciosamente sobre mí y que su coca era sin duda la mejor que había probado en Buenos Aires. Cuando se le terminó la coca, se fue, no insinuó que quería que la acompañase, dijo que tenía que reunirse con no sé quién, era ya tarde, una hora incierta de la madrugada, y se fue y yo creí ver en su mirada desorbitada que sin duda se iba a conseguir más coca, que de ninguna manera se iba a dormir. Meses después, estando en Londres, desperté aturdido por un dolor de cabeza, entré en Internet, repasé Clarín y La Nación y leí en portada: “Murió Anita Casán”. La noticia decía que Anita había saltado del balcón, que la autopsia había revelado que estaba llena de cocaína, en fin, todo muy triste. Quedé muy afectado y no fui a su velorio ni a sus funerales y nunca pude olvidarla. Y ahora de pronto, en televisión en vivo, este enano miserable de Cacho Legrand me había apuñalado con ese recuerdo exacto y lacerante: “¿Es verdad que tuviste sexo con Anita Casán?”. Quedé perplejo, demudado. No supe qué responder. La incomodidad de mi silencio resultó delatora. Por mucho que luego me repuse y respondí que no, que no era verdad, que nunca había sido amante de Anita Casán, nadie me creyó, y de eso se ocupó de hacérmelo saber el hijo de puta de Cacho Legrand, que soltó una risotada de hiena y me dijo: “Dejá de joder, peruano, todo el mundo sabe que vos le dabas la coca a Anita, todo el mundo sabe que vos y Anita estuvieron en tu apartamento montándose como dos conejos en celo”. Me pareció alucinante que Cacho Legrand tuviese la insolente desfachatez de hablar así de una mujer muerta: montándose como dos conejos en celo. Pero más me indignó que me acusara de haberle dado cocaína, cuando fue ella la que me rompió la nariz, y no me quejo. “Lo que usted dice es una infamia, y por respeto a la memoria de Anita Casán no se lo voy a permitir”, dije, y me quité el micrófono, me puse de pie y me retiré bruscamente del estudio, mientras Cacho Legrand, maestro en el arte del desplante y el escándalo, gritó como si no le importara: “Andá a cagar, peruano del orto. ¿Qué pensás vos, que como sos escritor te voy a besar el culo? Andá a cagar, nene, acá somos periodistas independientes y no le besamos el culo a nadie, y menos a un escritor de cuarta como vos. Anita Casán se mató por tu culpa, boludo, cagón, buchón. ¡Anita Casán se mató porque vos la taponeaste de coca, recagón!”. Por supuesto, yo escuché todo eso mientras procuraba saltar los cables y evitar a los técnicos y camarógrafos que trataban de detenerme y disuadirme de que me retirase de ese modo intempestivo, pero eso no fue lo más grave, lo más grave fue que casi toda la puta Argentina vio y escuchó al enano de Cacho Legrand gritando al aire esas infamias en televisión, culpándome de la muerte de Anita Casán. Lo peor del caso es que, tantos años después (han pasado doce años exactamente desde aquel bochornoso episodio), Legrand sigue triunfando en canal 9, a las diez de la noche, con su truculento programa “El mundo de Cacho”, programa al que, por supuesto, no volveré, como presiento que no volveré a la Argentina.</p>
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		<title>Jaime Bayly debuta hoy con su nuevo unipersonal</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Nov 2011 15:14:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8216;Dicen que estoy loco&#8217; es el nombre del nuevo proyecto de Jaime Bayly: un unipersonal que llevará a los teatros de Miami durante los próximos meses. En una entrevista al Miami Herald, el escritor calificó esta experiencia como &#8216;aterradora&#8217;. &#8216;Esto del teatro es más aterrador porque la función dura aproximadamente 90 minutos, hay que sostener [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&#8216;Dicen que estoy loco&#8217; es el nombre del nuevo proyecto de <strong>Jaime Bayly</strong>: un unipersonal que llevará a los teatros de Miami durante los próximos meses. En una entrevista al Miami Herald, el escritor calificó esta experiencia como &#8216;aterradora&#8217;.</p>
<p>&#8216;Esto del teatro es más aterrador porque la función dura aproximadamente 90 minutos, hay que sostener todo el tiempo el interés del público y, lo más difícil para mí, recordar el orden correcto de la guía argumental del show&#8217;, manifestó el conductor televisivo.</p>
<p>Asimismo, Jaime Bayly señaló por qué prefiere el humor a los esquemas típicos de los que se ciñe un presentador de televisión.</p>
<p>&#8216;Cuando hablo en serio creo que todo el mundo se aburre, por lo tanto en este espectáculo lo que me propongo principalmente es hablar de mi vida, especialmente de ciertos hechos desde los cuales puedo fantasear o aspirar al humor&#8217;, puntualizó.</p>
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		<title>El azar, ese río caudaloso</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Oct 2011 16:53:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[No soy un político ni quiero serlo, soy un escritor, lo soy hace veinte años, veinte años en los que no he dejado de escribir un solo año, soy un escritor y quiero serlo hasta el final de mis días y sin embargo son ciertos eventos políticos (todos ellos, contrarios a mis intereses o expectativas) [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No soy un político ni quiero serlo, soy un escritor, lo soy hace veinte años, veinte años en los que no he dejado de escribir un solo año, soy un escritor y quiero serlo hasta el final de mis días y sin embargo son ciertos eventos políticos (todos ellos, contrarios a mis intereses o expectativas) los que me han llevado a vivir fuera del Perú, el país en que nací, y a escribir todas mis novelas, menos una, en este país donde ahora vivo y del cual soy ciudadano y en el que quiero vivir lo que me quede por vivir, los Estados Unidos.</p>
<p>El primer accidente político que sacudió mi vida ocurrió cuando yo tenía veinte años, entonces no sabía (lo intuía, pero no lo sabía) que mi destino estaba herido por el sable afilado de la literatura, creía que lo mío serían las leyes, el intrigante oficio del abogado, o la política, la ambición depredadora por el poder, no lo que luego descubrí que estaba en mis genes, la solitaria resignación o el emprendimiento quijotesco de inventar historias y luego contarlas con el fuego sagrado o no tanto de la literatura. El azar, siempre el azar gobernando mi vida, había querido que fuese periodista, primero en un periódico que quebró, luego en un canal de televisión, y fue así como, sin querer ser un político, pero queriendo fastidiar a los políticos (tal vez era solo un instinto de repudio a la autoridad, de rebelión ante los poderosos, un instinto parricida que latía en mí desde los primeros entredichos con mi padre), me enredé en una pelea pública con un joven y talentoso candidato presidencial, cuya salud mental me atreví a cuestionar con calculada impertinencia. El candidato ganó las elecciones y, como consecuencia de ello (y de su amistad con el dueño del canal en el que yo trabajaba), fui despedido de la televisión y, era solo predecible, ningún canal peruano quiso contratarme a sabiendas de que el presidente electo me detestaba rencorosa y cordialmente, y (estaba escrito en mi destino, solo tenía que entregarme al caudaloso río del azar) un productor televisión me ofreció un programa semanal en una isla caribeña, donde, los siguientes cinco años (el tiempo que fue presidente mi enemigo), tuve que ganarme la vida en esa ciudad cálida donde los ritmos alegres del merengue se escuchaban hasta debajo del mar.</p>
<p>La segunda colisión, choque y fuga o catástrofe política que me dejó contuso y aturdido ocurrió pocos años después, de nuevo en la ciudad en que nací, a la que había vuelto a vivir, en la que había comprado auto y apartamento y me había enamorado de un actor y una bailaora flamenca, en la que pasaba las tardes rumiando ficciones débiles, chapuceras, en un cuaderno escolar, no eran tiempos de computadoras ni celulares, aunque yo tenía un celular que pesaba como un ladrillo, regalo de mi amigo, el dueño del canal de televisión en el que presentaba un programa todas las noches. En ese programa me burlaba todas las noches, o casi todas, del presidente electo, un hombrecillo menudo, de ojos rasgados y mirada desalmada, el mismo imprudente caballero que un domingo se descolgó en la televisión anunciando, mapa detrás, que, por el bien del país (entiéndase, el suyo propio), había decidido dar un golpe de Estado, golpe que fue apoyado por la vasta mayoría de sus compatriotas, también por el dueño del canal en el que yo trabajaba, quien me conminó amigablemente a apoyar al espadón, y como yo me negué a aplaudir la barbarie, entonces se me dijo que debía irme pronto al extranjero o terminaría en prisión, de modo que, no siendo el coraje una de mis pujanzas más constantes, dejé todo en manos de mi novia, la bailaora flamenca, y tomé el primer avión, un lunes a medianoche, que me trajera al país de la libertad, aquí donde ahora escribo estas líneas. No pudiendo o no debiendo regresar a la ciudad en que nací porque corría el riesgo de ser apresado, entendí que mi destino era vivir fuera, vivir lejos, vivir los sinsabores del exilio y, sin embargo, volver a recorrer los paisajes aciagos de mi infancia y mi juventud en el territorio quemante de la literatura.</p>
<p>Pero uno siempre vuelve adonde silban las balas, a la trinchera en la que se siente llamado a combatir, y por eso regresé cuando cayó la dictadura, ya entonces sabiendo que lo mío, para bien o para mal, era escribir novelas, saquear mi memoria para volcar esos recuerdos hediondos en la página eternamente en blanco de lo que habrás de escribir mañana para que tu madre y los críticos lo lean y deploren, sabiendo eso y también que tenía que seguir fatigando el vil oficio del bufón o del provocador o del tiratiros televisado, puesto que había unas cuentas familiares que pagar y el dinero que me procuraban las novelas era escaso, insuficiente (y, sin embargo, era dinero al fin y al cabo y mis novelas se publicaban, lo que ya parecía una recompensa gigantesca). De esas tensiones, o de esas ambiciones a menudo encontradas, surgió otro hecho político que volvió a enemistarme con el poder de turno y que me dictó la conveniencia de marcharme de nuevo al exilio, pues quiso el destino que yo conociera y tomara partido por ella a la hija de un candidato presidencial lo bastante cachafaz para negarla en privado y en público, y por desgracia quiso también el destino (o quisieron quienes votaron por él) que ese embustero ganase la presidencia negando con todo descaro a su hija, la adolescente que me había buscado para que alguien por fin la defendiera, y ya luego me sentí otra vez un extranjero y un indeseable en el país en el que mis enemigos habían ganado la disputa mercenaria por el poder y me habían infligido una herida sangrante en la piel del orgullo, y por eso me fui un tiempo después, porque no quería vivir la vergüenza cotidiana de acatar la autoridad de un impresentable y porque no quería pagar mis impuestos a ese gobierno acanallado, fue así como, no siendo yo un político, tuve que irme al exilio por circunstancias adversas de la política, un fango al que, no sé por qué, siempre termino metiéndome y del cual salgo bastante embarrado.</p>
<p>Las últimas refriegas políticas que volvieron a dejarme malherido y apestando ocurrieron hace un año o poco menos y nadie tiene la culpa de ellas salvo yo mismo, pues nadie me obligó a regresar el año pasado a la ciudad en que nací, fui yo quien eligió desavisadamente esa suerte contrariada, y nadie me obligó, ya puesto a hacer un programa todas las noches en aquella ciudad, a meter mis narices en el hormiguero de la política, fui yo quien, desmemoriado, se metió en el jaleo por el poder, fui yo quien tomó partido por esta candidata y luego por la otra, fui yo quien quemó sus naves no teniendo nada que ganar y todo por perder, fui yo quien se metió en un curso de masiva colisión política, en un fragoroso accidente múltiple que acabó costándome primero el programa (del cual fui despedido por razones políticas) y luego un exilio que habrá de prolongarse al menos cinco años (pues jugué todas mis cartas contra el matón que acabó siendo presidente, muy a mi pesar).</p>
<p>Son ya cinco, cinco en casi treinta años, las catástrofes políticas que me han expulsado de ciertos programas de televisión y que me han arrojado lejos del país en que nací, y si bien comprendo ahora que bien pude ahorrarme todas aquellas desgracias, también tengo para mí que hice bien en librar cada una de esas batallas, y que si he de volver a perder (y morir) en el campo del honor o en un campo cualquiera de Agramante, allí estaré con la tranquila determinación del que sabe que se entrega, perdido, a su destino. </p>
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		<title>De paso por el cielo</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Oct 2011 16:51:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Son días felices. El otoño ha llegado por fin, el calor agobiante del verano se ha marchado, estos son los meses mejores en la isla. Una lluvia que parecía rabiosa ha llenado tanto la piscina que se ha desbordado de agua y ha lavado las camionetas que nunca se lavan porque lavarlas en el grifo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Son días felices.</p>
<p>El otoño ha llegado por fin, el calor agobiante del verano se ha marchado, estos son los meses mejores en la isla.</p>
<p>Una lluvia que parecía rabiosa ha llenado tanto la piscina que se ha desbordado de agua y ha lavado las camionetas que nunca se lavan porque lavarlas en el grifo cuesta cuarenta dólares por camioneta y porque ya lavé todos los domingos las camionetas cuando era niño y mi padre me obligaba a ello: la limpieza y el orden son virtudes de los mediocres, escuché alguna vez en una película, por eso mi vida es un caos y no limpio nada, o casi nada.</p>
<p>Las ratas trepadoras que vivían en un escondrijo en las alturas de un árbol y que salían a pasear de noche en los alrededores de la piscina han mordido las trampas envenenadas y el jardinero dominicano, gran amigo de mi familia, las ha encontrado muertas, hoy domingo apareció una más y nadie la ha tocado y será mañana el jardinero quien cumpla la odiosa tarea de retirar el cadáver.</p>
<p>Las nanas, Dios las bendiga, nos permiten dormir hasta tarde, por lo general despierto entre una y dos de la tarde, pero hoy he despertado a las tres. Zoe despierta en su cuarto a las siete de la mañana y entonces las nanas la entretienen, le dan de comer, la bañan, juegan con ella, la sacan a pasear por estas calles tranquilas, le cuentan cuentos peruanos como los que mis nanas me contaban a mí y procuran que Zoe no suelte sus carcajadas fantásticas o sus gritos de aquí mando yo para que no nos despierte, qué nos haríamos sin las nanas, todo lo que gano trabajando es para ellas y todo lo que ellas trabajan es para que yo duerma como un bebé más bebé que mi bebé.</p>
<p>Las horas de sueño, que antes eran tensas y entrecortadas, y que tenía que estimular con numerosos sedantes que dañaban no poco mi hígado y mi memoria, se han vuelto limpias de químicos, ahora duermo ocho o diez horas de un tirón o con una sola interrupción gracias a unas pastillas naturistas que me recomendó uno de los muchos médicos que consulté para emanciparme de la nociva dependencia a las drogas para dormir. Lo bueno de dormir sin psicotrópicos es que recuerdo mis sueños y a veces tomo nota de ellos y azuzan mi imaginación de escritor; también es bueno despertar en ocasiones sintiendo el cosquilleo del deseo y poder contarle a mi mujer mis sueños, todos mis sueños, incluso los que más me desconciertan o me entristecen. Lo malo de recordar lo que he soñado es que ciertas noches despierto llorando, pensando en ellas, mis hijas mayores, en lo rara e inexplicable que es la vida sin ellas.</p>
<p>Zoe cumple siete meses esta semana. Los momentos que paso con mi hija menor son de una felicidad luminosa, impensada. Nos gusta pasear por el jardín, mover el agua de la piscina, salir a caminar por el barrio, mirar el mar o la fuente de agua de la isla, a ella le gusta que le hable, que le explique cada cosa, su mirada seria y adulta posada en aquello que despierta su asombro, su mano tan delicada acariciando el pelo posterior de mi cabeza, como si ella fuese mi madre y yo su hijo, como si ella supiera que, aun siendo mi hija de casi siete meses, mi vida depende de ella, de sus caricias, de sus miradas, de su sonrisa infrecuente. No estamos juntos todo el día porque ella tiene que hacer sus cosas y yo las mías y porque ambos creo que intuimos que es mejor estar un momento intenso y feliz y luego reunirnos más tarde, es mejor así. Es mi hija, sin duda es mi hija, basta con mirar sus manos o sus pies o el modo ceñudo y levemente depresivo en que pasea sus ojos por el mundo o el chiste que hace con las piernas, levantándolas y dejándolas caer, antes de quedarse dormida. Es mi hija y todas las batallas que he tenido que librar para afirmar su vida y para darle una apropiada bienvenida y para estar con ella ahora que más me necesita han valido la pena, aunque mi sangre haya quedado derramada en el camino, bien derramada estuvo.</p>
<p>Por mucho que intento controlarlo o neutralizarlo, se me sigue cayendo el pelo y por lo visto no hay nada que pueda hacer para impedirlo, desde luego la idea de quedarme calvo me aterra, pero si es un mandato genético o del destino, habrá que acatarlo con una mínima dignidad y, si acaso, con lo que uno pueda simular que sea parecido a la elegancia. Mi padre era calvo, mis abuelos eran calvos, mis tíos casi todos eran o son calvos, algunos de mis hermanos menores tienen menos pelo que yo y sin embargo sonríen encantadores, de modo que no hay por qué asustarse tanto, y sin embargo, a decir verdad, no me acostumbro a ver caer mis pelos muertos, estragados sobre la mesa en la que escribo o sobre el lavatorio en el que me peino después de ducharme. Seguiré tomando ciertas pastillas, aplicándome algunas lociones y elíxires de cítricos, lavándome el pelo con un champú francés demasiado caro que mi peluquera me ha jurado que usa su marido para no quedarse calvo, pero si he de quedarme calvo, calvo seré, y entonces supongo que será la hora de retirarme de la televisión y ser un escritor calvo y, por respeto a los demás, ermitaño, todo lo ermitaño que sea posible.</p>
<p>En dos semanas, el ocho de noviembre, mi mujer cumplirá años. No tengo un regalo para ella, no sé que regalarle, todo lo mío es suyo, toda esta alegría otoñal se la debo a ella, que me quiere tranquilamente, sin preguntas ni reproches, sin quejas ni melodramas, con una sonrisa pícara y esquinada al otro lado de la cama. Esta es una vida nueva que no pensé que en justicia me correspondía vivir y es ella, mi mujer, la madre de Zoe, quien la ha urdido minuciosamente para mí. La amo como jamás pensé que podía amar a una mujer. Yo pensé toda la vida que ahora recuerdo como si fuera de otro que no podía amar a una mujer porque yo era la mujer agazapada a la que debían amar. No deja de ser extraño y divertido que el azar haya emboscado mis certezas de esta manera inesperada. Pero, no siendo un hombre cabal, siendo a duras penas un hombre a medias, incompleto, roído por las dudas incesantes y el pasado que lo abruma, soy con ella exactamente el hombre que me da la gana de ser, puedo ser con ella todo lo que soy, el revoltijo de contradicciones y ambigüedades y sinsabores que anida en mi espíritu, un entrevero caótico sin el cual no sería el padre de Zoe, el esposo de mi mujer, el padre de mis hijas mayores, a las que recuerdo absolutamente todos los días, y el hijo de mi madre, la persona más bondadosa que he conocido, quien, a la distancia, tanto me quiere.</p>
<p>Son días felices. Mi mujer y mi hija menor y todas las nanas de blanco me han traído al cielo, esto tiene que ser el cielo y creo que todavía estoy vivo. Si no es mucho pedir, ruego a los dioses que dure un poco más. </p>
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		<title>El jefe</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Oct 2011 16:49:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[No es una noche cualquiera. Hay concierto de Calamaro. Vamos, por supuesto. Llueve. No tenemos paraguas. Corremos. Alguien nos detiene. Pide fotos. Dispara la foto de una vez, joder, que estoy mojándome la coronilla. Han dejado en la taquilla dos entradas a mi nombre. Se agradece el cariño anónimo. Segunda fila, dos asientos muy cerca [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No es una noche cualquiera. Hay concierto de Calamaro. Vamos, por supuesto. Llueve. No tenemos paraguas. Corremos. Alguien nos detiene. Pide fotos. Dispara la foto de una vez, joder, que estoy mojándome la coronilla. </p>
<p>Han dejado en la taquilla dos entradas a mi nombre. Se agradece el cariño anónimo.</p>
<p>Segunda fila, dos asientos muy cerca del escenario. Poca gente en la sala, es temprano todavía.</p>
<p>Treinta dólares por dos latas de cerveza. El negocio es vender cerveza, no libros.</p>
<p>Ocho y cuarto de la noche. Dijeron que el concierto comenzaría a las ocho. Con esta lluvia, dudo que comience antes de las nueve y media. Menuda será la espera. No importa, El Jefe la merece.</p>
<p>Me parece un acierto que exhibas tu ombligo, le digo a Silvia. No le digo: Creo que Andrés amaría tu ombligo. No se lo digo, pero lo pienso.</p>
<p>Un hombre joven se acerca y nos cuenta que el concierto de Nueva York fue un éxito y el de esta noche está todo vendido. La gente está por llegar, dice. Es por la lluvia que se ha demorado.</p>
<p>Una señora alta y delgada nos dice que El Jefe quiere vernos, nos pide que la acompañemos.</p>
<p>Dejamos las latas de cerveza escondidas tras las patas de las sillas plegables de la primera fila. ¿Estarán aquí cuando volvamos? Lo dudo. Miradas de sed se ciernen sobre ellas.</p>
<p>Subimos al escenario. Me detengo un segundo, miro la inmensidad del teatro aún desocupado. Debe de ser cojonudo estar allí arriba y sentir que una multitud canta tus canciones. El verdadero poder está en la música. Los grandes poetas de nuestro tiempo son músicos. Los líderes espirituales de nuestro tiempo son músicos. La religión de nuestro tiempo es la música.</p>
<p>Tendrías que aprender a tocar guitarra y a cantar y a tocar el piano, amor. Con los libros, ya sabes, no llegaremos a ninguna parte. Tranquilo, este lunes comienzo clases de guitarra. Fantástico, no he conocido a nadie que sienta la música como tú. ¿A nadie, ni siquiera a Andrés? Bueno, a Andrés lo conozco, lo he entrevistado, le he regalado algún libro, pero no es mi amigo.</p>
<p>Andrés, querido. Jaime, querido. Andrés besa a Silvia, sorprendido. Pensará que es mi hija. Pensará que soy un buen padre (no está al tanto de los chismes de Lima). Pensará que el ombligo de Silvia es territorio invicto. No sabe que ese ombligo es mi almohada, el epicentro de todos los terremotos.</p>
<p>Andrés tiene un pelo espléndido, todo el pelo que se me está cayendo, un pelo negro, amplio, esponjoso, el pelo díscolo de un chiquilín. Combina sabiamente ese pelo afro, que se lo envidio y así mismo se lo digo, con una barba canosa que ha hecho bien en no afeitarse.</p>
<p>Va vestido con un pantalón negro ajustado, zapatos negros de poeta itinerante, camisa blanca, corbata negra muy delgada y saco negro pegado al cuerpo. Ningún gordo podría vestirse así. Yo reventaría esos pantalones, ese saco.</p>
<p>Andrés vigila a Silvia, estudia a Silvia, algo nos cuenta paseando sus ojillos neuróticos por el ombligo de Silvia. Más allá, en la esquina del camerino, una mujer muy guapa, con ropas ajustadas, nos sonríe. Se llama Micaela, o eso dice El Jefe. Desde luego, yo no pregunto quién es Micaela, como Andrés no pregunta quién es Silvia. Yo miro prudentemente a Micaela, mientras El Jefe mira prudentemente a Silvia.</p>
<p>¿Quieren un té?, pregunta Micaela. Tiene que ser una broma. Cómo han cambiado los tiempos, Jefe. ¿Tomaremos té antes del concierto? ¿Té y solo té? Yo paso. Dejamos las cervezas allá abajo. ¿No tienen cerveza? Soy abstemio, dice Andrés, solo tomo para el público. No puedes tomar, no queremos que te bajes los pantalones como en Nueva York, dice Micaela. El Jefe cuenta sonriendo el episodio de Nueva York. Luego llama a Olga y le dice que se descuelgue ya mismo con una botella, ella sabe cuál.</p>
<p>Olga no demora, por algo está con Andrés. Aparece con una botella de tequila, o eso dice él y yo le creo, él sabe de tequila todo lo que yo ignoro, o sea todo. El Jefe abre la botella. Micaela le pide que no tome, le ruega que no tome. Guardo silencio. No se llega a ser una leyenda del rock siendo abstemio. Tienes que probar lo que te prohíben.</p>
<p>Andrés, no se sabe todavía por qué, coge una cuchara y habla de las cucharas, de su historia con las cucharas. Dice que en los setentas, en el South Bronx, había gente desesperada que pedía un café o una sopa para luego llevarse la cuchara y prenderle fuego por debajo y consumir aquella mezcla de drogas rompedoras. Había gente que pagaba y se llevaba la cuchara antes de tomarse el café o la sopa, cuenta El Jefe, y uno sabe que es verdad. Esas cucharas que la gente compraba con impaciencia o que robaba de los cafés y los bares eran luego tan quemadas que terminaban agujereadas de tanto uso maldito. Esa cuchara que tienes en la mano, Andrés, estará algún día en otras manos y nosotros ya no estaremos: nosotros pasamos, las cucharas quedan (agujereadas, pero quedan).</p>
<p>Andrés acerca la cuchara a la botella de tequila. Micaela se alarma. Una cucharada de tequila es lo que toma El Jefe. Yo paso. Tengo el hígado hecho mierda, le digo. Andrés coge un cooler y dice: Acá tengo el hígado que necesitas. Reímos. Añade, sus ojillos vivarachos: Me lo dieron para mí, es tuyo si lo querés. Bendito seas, Andrés. Dame tequila en cucharitas, dame la sagrada comunión. Comulgamos juntos. Menos ella, Micaela, que es un bombón y solo toma té, té verde, será por eso que está así de fuerte.</p>
<p>Cucharadas de tequila van y vienen en medio del camerino que se enciende con la palabra cadenciosa de una leyenda del rock. No nos veremos en cinco o diez años o nunca más, salud por eso, es insólito que después de todo sigamos vivos, Andrés.</p>
<p>Se habla de la televisión, se habla de fútbol, se habla de política, se habla de la tormenta de anoche que casi derribó el avión en el que El Jefe venía de Nueva York, se habla de la entrevista que no pude hacerle porque el vuelo llegó demorado, se habla de todas las dietas que hemos hecho y no han funcionado a pesar de que Andrés es hijo de una nutricionista, y así nos lo hace saber sin soltar la cuchara en una mano y el tequila en la otra, qué manera de servir tequila sin que caiga una gota, maestro.</p>
<p>Olga anuncia que es tiempo de dar el concierto. Nos damos un abrazo. Al salir, Andrés me toma del brazo y dice: Las mejores entrevistas son las que no se hacen, porque esas son las que terminás escribiendo.</p>
<p>Larga vida al Jefe. Silvia y yo le hemos mandado por correo una cuchara que robamos de un restaurante argentino. </p>
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		<title>El casino</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Oct 2011 16:41:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[La vida es un casino. Todos estamos dentro del casino, las miradas entreveradas, los humores veleidosos, el estrépito incesante de las voces confundidas. Es, por supuesto, un casino gigantesco, tan grande que no podríamos caminarlo por completo, con infinitas mesas de juego y ruidosas máquinas tragamonedas. Todos estamos en el casino por una larga noche, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La vida es un casino. Todos estamos dentro del casino, las miradas entreveradas, los humores veleidosos, el estrépito incesante de las voces confundidas. Es, por supuesto, un casino gigantesco, tan grande que no podríamos caminarlo por completo, con infinitas mesas de juego y ruidosas máquinas tragamonedas. Todos estamos en el casino por una larga noche, una noche que por momentos parecería perpetua, pero que, bien lo sabemos, bien conviene recordarlo, no lo es. Sabemos que al amanecer, el casino cerrará sus puertas y nos echarán de mala manera a la calle. Sabemos que aun antes del amanecer, alguna mezquina autoridad del casino podría arrojarnos a la calle sin darnos explicaciones. Apenas salgamos de esa casa superpoblada donde gobierna a su antojo el azar, dejaremos de existir. Solo podemos vivir dentro del casino. La nuestra es, pues, una existencia que depende del paso del tiempo o, peor aún, de que se nos aparezca gruñón el portero del casino, puesto que cuando dicho señor uniformado decida echarnos a empujones o de una patada en el trasero, nada podremos alegar, será la hora de irnos a regañadientes o, más probablemente, lloriqueando. Fuera del casino, es la nada misma, la certeza de que estaremos quietos, fríos, muertos, la angustia de no saber si algo de nosotros logrará pervivir (unos se angustian porque quisieran ser eternos, otros ven con pavor la cruel promesa de la eternidad, cuénteseme por favor entre estos últimos). No por eso, todos los que están en el casino juegan. No son pocos quienes prefieren limitarse a mirar, no apostar, no correr riesgo alguno. Por lo visto, tienen miedo a perder, tienen miedo de que, si pierden sus fichas, los echarán del casino antes del alba, rumiando la frustración o la desdicha de que podrían haberse quedado un tiempo más. Por temor a perder, por temor a ser expulsados del casino antes de que amanezca, muchos no juegan en las mesas donde vuelan las cartas y rueda zumbando las bolitas, muchos se sientan y miran y no corren riesgo alguno. Abundan también los que apuestan, sí, pero solo moderada y cuidadosamente, por ejemplo se sientan frente a las máquinas tragamonedas y se divierten y saben que al menos de esa manera están procurando sentir el goce de la inesperada recompensa que les será concedida a unos pocos, esos afortunados que súbitamente ven caer un torrente de monedas o de fichas que equivalen a una pequeña fortuna. De pronto, para ellos, es la alegría de ganar, es la euforia de ganar. Cuando ganan, se alegran tanto que por un instante olvidan las leyes del casino: no importa cuánto ganes, al amanecer (o cuando nos dé la gana) te daremos una patada en el trasero, te echaremos a la calle y morirás como un perro atropellado, tus vísceras salpicadas en la penumbra de una calle helada, y no podrás llevarte contigo nada de lo que hayas ganado, todo quedará en el casino, la casa siempre gana, el jugador siempre pierde, aun si no juega pierde, aun si se queda mirando siempre pierde, porque al alba no hay compasión con nadie y el casino se vacía de concurrentes y todos se difuminan, desaparecen, caen en un agujero negro que los conduce al medio de la nada (aunque algunos supersticiosos aseguran que los conducirá a un lugar mejor que el casino, a un casino inmaculado donde todo el que apuesta, gana, y donde nunca amanece y no te echan a la calle a morir). Lo cierto es que todos estamos en el casino, unos jugando, otros mirando, unos ganando, otros perdiendo, y todos sabemos, o deberíamos saber, que en un tiempo la gerencia del casino (o no siquiera la gerencia, digamos el portero, un portero borracho, un portero zafio) nos echará a la calle y se acabará nuestra identidad tal como la conocimos y la conocieron, si acaso, nuestros amigos en el casino. Hay quienes prefieren olvidar que el tiempo es limitado y que la derrota final es segura, inexorable, y por eso, en lugar de apostar en las mesas de juego, en vez de perder dinero en las tragamonedas, se dedican a beber alcohol o a seducir personas que les resultan apetecibles (y que, a nuestros ojos, rara vez lo son). Hay quienes, conscientes de que esa noche en el casino habrá de terminar más o menos pronto y que entonces tocará desaparecer, morir, extinguirse, pudrirse en la calle como un perro atropellado, comprenden que, dado que no hemos elegido estar dentro del casino pero ya estamos confinados allí, y dado que no es posible escapar del casino con la plata ganada ni eludir la cita segura con la muerte al amanecer o incluso antes, solo tiene sentido correr los riesgos más excitantes, redoblar la apuesta, jugárselo todo, vivir la noche en el casino con la certeza de que será la única noche fragorosa en ese antro de mala muerte, y con la certeza adicional de que aun ganando siempre, nada de lo que ganes podrás llevártelo cuando despunte el sol y te avienten a la calle sin misericordia. Esos benditos intrépidos, los que más arriesgan, los que pierden todo o ganan todo y siguen jugando espoleados por la ilusión de ganar siempre, parecerían ser los que más se divierten, y no necesariamente porque sean más inteligentes que los otros, esos que miran o que a duras penas corren riesgos menores, sino porque da la impresión de que son más audaces, de que saben o intuyen que al terminar la noche en el casino no quedará nada sino el olvido y por tanto deciden que esa noche en el casino será una de veras memorable, y entonces corren los riesgos más altos, y ganan en grande o pierden en grande pero no se quedan con la sensación apática, apocada, pusilánime, del que mira y no se anima a jugar. Terminada la noche, unos extenuados por jugárselo todo, otros aburridos por contemplar el juego ajeno, suena la alarma y los que estamos hacinados en el casino somos empujados con aspereza hacia afuera. Fuera del casino, ya se sabe, no hay vida: lo que eras en el casino desaparece de inmediato, lo que ganaste o perdiste queda en el casino. La noche siguiente otra gente jugará y ganará o perderá o no jugará y se excitará con los triunfos y las derrotas de los otros, y al final, como siempre, todos perderán, la casa se quedará con todo, porque la casa, está dicho, siempre gana, y el que juega, aun ganando siempre, termina perdiéndolo todo. Sé que está por amanecer, que me quedan un par de horas más en el casino. Soy de los que han nacido para subir la apuesta, elevar el riesgo, jugarse los cojones en cada ronda. No he nacido para mirar el juego de los otros. He nacido para jugar y para que otros miren la insolencia o la desfachatez con la que me abandono a jugar, una insolencia que no proviene del coraje, claro está, sino del recuerdo de que en pocas horas el casino habrá cerrado sus puertas y todos seremos la nada misma, o yo seré la nada misma y ustedes seguirán jugando unas horas más. </p>
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		<title>Jaime Bayly dice que lo despidieron del canal 2 por no seguir línea editorial</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Oct 2011 18:33:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Jaime Bayly mediante su columna de Perú21 reveló porque lo despidieron de Frecuencia Latina, en donde conducía ‘El Francotirador’. Jaime Bayly explicó que lo dejaron ir del canal 2 porque no seguía con la línea editorial y porque según él Frecuencia Latina le tiene miedo al Presidente de la República. ‘¿Es el dueño del medio [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Jaime Bayly mediante su columna de Perú21 reveló porque lo despidieron de Frecuencia Latina, en donde conducía ‘El Francotirador’.<br />
<a href="http://www.netjoven.pe/noticias/50040/Jaime-Bayly-someteria-a-prueba-de-ADN-al-bebe-de-Silvia-Nunez.html"><br />
</a>Jaime Bayly explicó que lo dejaron ir del canal 2 porque no seguía con la línea editorial y porque según él Frecuencia Latina le tiene miedo al Presidente de la República.</p>
<p>‘¿Es el dueño del medio de comunicación quien decide qué se opina y qué no se opina en su empresa, o son los periodistas que trabajan en ese medio de comunicación los que deciden libremente qué se opina o no se opina en la empresa, aun si lo que opinan desafía o contradice las opiniones del dueño?’, se preguntó Jaime Bayly en su columna.</p>
<p>’La línea editorial es la opinión del dueño. Si el periodista opina de un modo consistentemente desafiante a la opinión del dueño, no veo por qué el dueño debería estar obligado a seguir pagándole’, remarcó Jaime Bayly.</p>
<p>Asimismo, Jaime Bayly comentó que en el contrato que tenía con <strong>Frecuencia Latina</strong> le daba libertad de opinión, pero siempre y cuando coincidieran con las opiniones del dueño.</p>
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		<title>La máquina de Arizona</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Oct 2011 16:34:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[UNO El doctor dice: Sus problemas pueden arreglarse con descargas eléctricas al cerebro. El cerebro es un campo electromagnético. Tengo una nueva máquina que puede medir las ondas eléctricas que emite su cerebro. Gracias a la nueva máquina, puedo afinar los desbalances eléctricos de su cerebro y elevar su mente al máximo potencial. El paciente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>UNO<br />
El doctor dice: Sus problemas pueden arreglarse con descargas eléctricas al cerebro. El cerebro es un campo electromagnético. Tengo una nueva máquina que puede medir las ondas eléctricas que emite su cerebro. Gracias a la nueva máquina, puedo afinar los desbalances eléctricos de su cerebro y elevar su mente al máximo potencial. El paciente piensa: Suena demasiado bien para ser verdad. Si fuera verdad, más gente usaría la máquina, más gente estaría afinada.</p>
<p>DOS<br />
El doctor dice: Su cerebro emite ondas que pueden medirse en una escala de 0 a 60. Su cerebro emite 256 ondas simultáneas por segundo. La nueva máquina registrará las ondas más potentes o agresivas que emite su cerebro. La máquina fue descubierta por un físico en Arizona hace 8 años. Más de 10 mil personas se han sometido al afinamiento cerebral de la máquina. Esto le cambiará la vida. El paciente piensa: Lo dudo.</p>
<p>TRES<br />
El paciente lee un libro en inglés que le ha regalado el doctor. El libro dice que, si el paciente se somete a las descargas eléctricas de la máquina de Arizona, sus posibilidades (o las posibilidades de su mente) son ilimitadas. El libro dice que las personas que han afinado su mente con la máquina de Arizona han cambiado de un modo dramático sus vidas, superando los traumas que les impedían ser felices. El libro dice que la máquina es efectiva en el 95 por ciento de los casos. El paciente piensa: Si esto es una estafa, está tan bien montada que debo pagar por ella. Seré un conejillo de indias.</p>
<p>CUATRO<br />
El doctor conecta la máquina al paciente, le pide que cierre los ojos, apaga las luces y sugiere al paciente que respire profundamente. El doctor ha adherido doce cables a la cabeza del paciente, cables que unen la máquina de Arizona a la cabeza del paciente. El doctor dice: Son siete protocolos de medición. Esto tomará unas dos horas. Puede quedarse dormido si así lo desea. El paciente cierra los ojos y no siente dolor. El doctor sale del cuarto, cierra la puerta y toma un café con su enfermera. Ríen. El paciente los escucha reír y piensa: Están riéndose de mí.</p>
<p>CINCO<br />
El doctor entra en el cuarto, prende las luces, se sienta al lado del paciente y plantea cuestiones matemáticas sencillas que el paciente, tras un silencio en el que suma y multiplica y resta, resuelve con exactitud. El doctor entrega un libro al paciente (otro libro, no el de las posibilidades ilimitadas) y le pide que lea varias páginas rápidamente. El paciente sabe o intuye que le preguntarán por lo que está leyendo, por eso usa su memoria para intentar recordarlo todo. Cuando termina de leer, escucha las preguntas que el doctor le formula y responde con apego fotográfico al texto que ha memorizado. El doctor se sorprende o finge sorprenderse y elogia la memoria del paciente. El paciente piensa: Estoy perdiendo el pelo, pero no la memoria.</p>
<p>SEIS<br />
El doctor examina unos papeles en los que se han marcado las ondas eléctricas del paciente. El paciente no sabe si esos papeles son una medición fiable o un montaje fraudulento. El doctor dice: Usted ha sufrido un trauma severo cuando estaba en el vientre de su madre. Usted ha sufrido un trauma severo, o varios traumas severos, entre los 0 y 18 años. ¿Puede recordar esos traumas que ha sufrido? El paciente dice: No, no recuerdo nada. El paciente piensa: Todos hemos sufrido traumas severos entre los 0 y 18 años, la vida misma es un trauma severo. El doctor dice: ¿Alguien de su familia puede decirle los traumas que ha sufrido? El paciente dice: Mi padre está muerto, le preguntaré a mi madre.</p>
<p>SIETE<br />
El doctor dice: Debo advertirle que soy ateo. El sentido de la vida es ser feliz. Todos los actos de su vida deben servir al propósito de hacerlo feliz. El paciente pregunta: ¿Incluso si esos actos que me hacen feliz hacen al mismo tiempo infelices a otras personas? El doctor dice: La infelicidad de otras personas no le causará felicidad. Usted se sentirá feliz cuando vea la felicidad que causa en otras personas. Por eso uso la máquina de Arizona, porque veo la felicidad que causo en mis pacientes y eso me hace feliz. El paciente piensa: Lo dudo. Lo que lo hace feliz es sacar dinero a personas incautas como yo.</p>
<p>OCHO<br />
Antes de comenzar el tratamiento, el doctor ha extendido unos papeles al paciente y le ha dicho: Necesito que firme estos papeles. El paciente ha leído los papeles. Los papeles dicen que si el paciente muere como consecuencia de las descargas eléctricas, el doctor no tiene la culpa de nada y no puede ser enjuiciado por nada. Los papeles dicen que si el paciente queda loco o estúpido o en coma, el doctor no tiene la culpa de nada. Los papeles dicen que si la máquina no funciona y el paciente no siente que su mente ha sido afinada en un sentido positivo, el doctor no puede ser enjuiciado, nadie puede ser enjuiciado. El paciente firma todo y piensa: Esto es una estafa. El paciente pregunta cuál es el riesgo estadístico de morir o quedar dañado por usar la máquina. El doctor dice: Menos de 0.1 por ciento. El paciente piensa: El daño no será cerebral, será económico.</p>
<p>NUEVE<br />
El paciente pregunta: ¿Recuerdas si sufriste algún trauma cuando estabas embarazada de mí? La madre del paciente dice: No recuerdo nada, hijo, pero ninguno de mis embarazos fue un trauma para mí. El paciente piensa: Mi madre no sería capaz de reconocer un trauma porque su vida entera ha sido un trauma. El paciente pregunta: ¿Recuerdas si sufrí uno o varios traumas antes de los 18 años? La madre del paciente dice: No recuerdo nada, pero eras un niño muy obediente, rezabas mucho y sacabas buenas notas en el colegio. El paciente dice: Según el doctor, mi cerebro funciona mal por culpa de los traumas que sufrí en mi infancia. La madre del paciente dice: Si quieres que tu cerebro funcione mejor, tienes que rezar. El paciente piensa: He ahí uno de mis traumas, la religión. </p>
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		<title>No me digas que fue un sueño</title>
		<link>http://www.jaime-bayly.net/columnas/no-me-digas-que-fue-un-sueno-2/</link>
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		<pubDate>Mon, 26 Sep 2011 17:51:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Uno de los hechos más sorprendentes e inolvidables que me han ocurrido ha sido conocer a Borges. Lo conocí dos años antes de que muriera. Era julio o agosto de 1984, no recuerdo bien el mes, recuerdo que era 1984 y era invierno en Buenos Aires y yo estaba leyendo las Obras Completas de Borges [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Uno de los hechos más sorprendentes e inolvidables que me han ocurrido ha sido conocer a Borges. Lo conocí dos años antes de que muriera. Era julio o agosto de 1984, no recuerdo bien el mes, recuerdo que era 1984 y era invierno en Buenos Aires y yo estaba leyendo las Obras Completas de Borges en tres volúmenes realmente gruesos. No sé por qué había ido a Buenos Aires, en realidad siempre he viajado a Buenos Aires sin ninguna razón particular, por el inexplicable placer de estar en esa ciudad. Recuerdo que en aquel tiempo no tenía el departamento de San Isidro, me gustaba alojarme en hoteles del centro. Todavía no había publicado mi primera novela. Leía hechizado a Borges. Estaba poseído por la mágica gracia de Borges para encontrar el adjetivo exacto con rigor de matemático. Me parecía (me sigue pareciendo) que Borges era el gran escritor en lengua española de nuestro tiempo y que todos los demás estaban a muchas leguas de distancia. Además, los libros de entrevistas a Borges o de conferencias de Borges o de conversaciones con Borges me hacían estallar en risas fantásticas. Su sentido del humor, su desprecio por el peronismo y el tango y el fútbol siendo argentino o en parte argentino, me parecían admirables. Nunca imaginé (fue la mano de Dios) que, caminando por la calle Lavalle, de pronto vería a Borges con sombrero, de la mano de una mujer joven, de ojos rasgados, muy delgada, casi espectral, que yo sabía que era entonces su asistenta, María Kodama, y que luego terminaría siendo su esposa, la mujer que lo llevó a morir a Ginebra, no sé si porque así lo quería Borges o porque así lo quería ella, lo cierto es que vi en la calle a Borges con sombrero, protegido por un paraguas que le llevaba María, caminando con elegancia inglesa por el centro de Buenos Aires, y me pareció un momento fantástico, pensé que estaba soñando. Borges hablaba con María, ella asentía, él se dejaba guiar, parecían caminar sin apremio, la gente no lo reconocía ni se le acercaba, eso me sorprendió. El presidente era entonces Alfonsín y el país estaba sumido en el caos (como de costumbre) y recuerdo que aquel día era uno de huelga o paro general, de modo que los comercios, casi todos, estaban cerrados, y no circulaba transporte público y había menos gente deambulando por la calle. La razón de la huelga o el paro general se me escapaba, pero en la Argentina siempre he tenido la sospecha de que las huelgas y los paros y los feriados religiosos y militares se inventan por una razón que es inherente a la esencia del argentino, y esa razón es la alergia al trabajo, la natural proclividad al descanso, al reposo, a la ingestión de pizzas y empanadas, al cultivo de viejos fervores como el fútbol o la política o algún otro encono de esa naturaleza. Borges y María caminaban delicadamente, como si estuvieran pisando la nieve, como si pudieran resbalarse, y él estaba físicamente en esa calle del centro de Buenos Aires, pero su mente parecía estar en algún lugar remoto, en un tiempo antiguo, quizá hablando algún dialecto escandinavo, al menos a mí me pareció evidente que los zapatos gastados de Borges se movían respondiendo las órdenes de una zona del cerebro de Borges que podríamos denominar “la zona argentina” o “la zona real”, pero las palabras que salían como murmullos de su boca provenían de otra región de su cerebro, de una zona que podríamos llamar “la zona fantástica” o “la zona laberíntica” o “la zona de las bifurcaciones infinitas”. Sin advertirlo, de pronto me encontré siguiendo a Borges y a María. Los seguía a prudente distancia, tratando de no incomodarlos. Poco más allá, cruzaron la calle (nadie los saludaba, algunos parecían reconocerlo pero nadie se acercaba a pedirle un autógrafo y menos una foto) y entraron en una confitería y se sentaron a una mesa en la esquina, alejada de la exposición a la calle. Entré a la confitería y me senté a una mesa cercana y pedí un café y un tostado de jamón y queso. María Kodama me miró con abierta hostilidad, como si quisiera decirme: Sé que nos estás siguiendo, no se te ocurra acercarte, estamos hartos de los impertinentes como vos. Fue la suya una mirada de gélida advertencia, que enseguida esquivé con timidez. Comprendí que no debía acercarme, que solo podía contemplar al genio bebiendo un té y comiendo un tostado como el que luego me sirvieron a mí. Le temblaba un poco la mano cuando se acercaba el tostado a la boca. En un momento, María se levantó y caminó hacia el baño. Tuve entonces la osadía (de la que nunca me he arrepentido) de acercarme a Borges y decirle: “Es usted un genio, Borges”. Borges se sobresaltó levemente y me preguntó: “¿Qué me dijo?”. Por lo visto no me había oído bien. Levanté un poco la voz, no demasiado, y le dije: “Estoy leyendo sus Obras Completas y quiero decirle que es usted el gran genio de nuestro tiempo”. Borges sonrió, la mirada extraviada, moviendo la cabeza como si no estuviera bien asida al cuello, como si pudiera caérsele la cabeza, y dijo: “Bueno, muchas gracias, pero no sé si le conviene leer mis Obras Completas, yo le sugiero que lea mis Obras Incompletas”. Me reí. Borges sonrió, le gustó que celebrase su ironía. “¿De dónde es usted?”, me preguntó, sorprendiéndome. “Soy peruano”, le dije. “Peruano”, dijo él, como si le hubiera dado una buena noticia, lo que me halagó. “Siéntese, por favor, permítame invitarle un té”, dijo Borges. Luego levantó el brazo derecho e hizo el ademán de llamar al camarero. En ese momento vi que María Kodama salía del baño y me lanzaba una mirada de vitriólica hostilidad. Me jodí, pensé. Esta mujer viene a echarme de la mesa, me dije. Borges comentó, como hablando consigo mismo: “Mi bisabuelo peleó en la batalla de Junín, no sé si usted lo sabe”. Me sorprendió su exquisita cortesía, la impensada amabilidad con la que trataba a un forastero como yo, al que además ni siquiera podía ver. Le dije: “Sí, me parece que he leído el poema en el que lo menciona”, dije. Luego Borges, mientras María se acercaba, recitó: “Alta en el alba se alza la severa/ faz de metal y melancolía/ un perro se desliza por la acera/ ya no es de noche y aún no es de día/ Suárez mira su pueblo y la llanura/ ulterior, las estancias, los potreros/ los rumbos que fatigan los reseros/ el paciente planeta que perdura/ Detrás del simulacro te adivino/ oh joven capitán que fuiste el dueño/ “de esa batalla que torció el destino” (dijimos ambos, y él sonrió cuando escuchó mi voz acompañando a la suya)/ Junín, resplandeciente como un sueño/ En un confín del vasto Sur persiste/ esa alta cosa, vagamente triste”. Borges sonrió. Le dije: “Es usted un genio. Nadie ha definido mejor al Perú: esta alta cosa, vagamente triste”. Borges pareció ensimismado. Enseguida dijo: “Mi bisabuelo Manuel Isidoro Suárez comandó un regimiento de caballería que decidió la batalla en la pampa de Junín. La batalla duró una hora o poco menos. No se disparó un solo tiro. Fue a sable y lanza. Mi bisabuelo atravesó con su lanza a un español. El español había tomado prisionero a un coronel amigo de mi bisabuelo, el coronel Olavarría. Mi bisabuelo mató al godo y le dio la libertad a su amigo. Manuel Isidoro Suárez, mi bisabuelo: uno de los hombres más valientes del ejército de la independencia. Fue él quien comandó una carga de caballería (casi todos eran peruanos y colombianos, mi bisabuelo era uno de los pocos argentinos) que decidió la batalla de Junín”. María Kodama me lanzó una mirada venenosa y me preguntó: “¿Quién es usted? ¿Qué hace sentado aquí? ¿Es usted periodista?”. Borges sonrió, paciente, generoso, y dijo: “No, no, María, este señor es mi amigo, es peruano, conoce el poema que le escribí al coronel Suárez, mi bisabuelo, héroe de la pampa de Junín”. Me conmovió que Borges me llamara su amigo. No lo era, desde luego. Era solo un extraño, un impertinente. Pero Borges parecía necesitar desesperadamente un pretexto, una coartada para evadir la realidad y refugiarse en el mundo perfecto de sus palabras. Me levanté de la mesa y dije: “No quiero molestar más, me retiro, ha sido un honor, Borges”, dije, y no quise decirle “maestro”, sabía que le hacía gracia o le incomodaba que lo llamasen “maestro”, creo que prefería que le dijeran Borges y por eso le dije así, Borges. María Kodama felicitó mi decisión: “Muy bien”, dijo, con una mirada despoblada de afecto, extranjera a la ternura. Borges, el brazo tembloroso, buscó mi mano, estrechó débilmente mi mano, y entonces dijo, casi balbuceando: “Me parece que alguna vez leí a un poeta peruano”. No supe qué decir, no quería decir un desatino, sabía que los gustos literarios de Borges eran arbitrarios, impredecibles, por lo general a contracorriente. Prudentemente, pregunté: “¿Le gustó ese poeta peruano?”. Creo que a Borges le pareció apropiado que, siendo yo peruano, considerase la posibilidad de que cualquier poeta peruano fuese malo, o dicho de otra manera pareció sonreír ante la posibilidad de que no por ser peruano aquel poeta que él creía recordar debía ser un buen poeta. Borges respondió: “La niña de la lámpara azul.” Dije: “Eguren, José María Eguren”. Borges dijo: “Eguren, claro, Eguren”. Luego recitó: “En el pasadizo nebuloso/ cual mágico sueño de Estambul/ su perfil presenta destelloso/ “la niña de la lámpara azul” (dijimos, a la vez). Borges se rió y dijo, como haciéndome una confidencia: “La niña de la lámpara, bueno, está bien, pero el azul, no sé, ya me parece decorativo, ¿sabe usted?”. Me reí, creo que Borges le gustaba sentir que alguien celebrara su sentido del humor, tal vez por eso añadió: “Una lástima el azul, yo soy muy sobrio, un puritano, y el azul ahí ya es demasiado para mí”. Me reí, pensé que estaba viviendo un sueño, ignoré a María Kodama, dije: “Un exceso, claro”. Borges me corrigió: “Más que un exceso, una orgía”. Me reí y dije: “Adiós, Borges. Debo volver al Perú, esa alta cosa, vagamente triste”. Borges, sonriendo, me hizo adiós. María Kodama me dijo con su mirada: No quiero verlo más. Pero años después, ya muerto Borges, volví a verla, y ella por suerte no me recordaba. </p>
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		<title>Ellas contra ti</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Sep 2011 17:46:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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		<description><![CDATA[UNO Buenos Aires, 2004. No puedes dormir. Pasas la noche exprimiendo naranjas, tomando jugos de naranja, escribiendo una novela (la vida parece reducirse a eso: escribir una novela mejor o menos mala que la anterior). Sabes que tu padre está enfermo, que le queda poca vida. No quieres verlo, no te atreves a verlo. El [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>UNO<br />
Buenos Aires, 2004. No puedes dormir. Pasas la noche exprimiendo naranjas, tomando jugos de naranja, escribiendo una novela (la vida parece reducirse a eso: escribir una novela mejor o menos mala que la anterior). Sabes que tu padre está enfermo, que le queda poca vida. No quieres verlo, no te atreves a verlo. El invierno argentino envenena tus noches, te roba el sueño. Sospechas que los viejos alemanes del piso de arriba son nazis fugitivos. El frío, el silbido del viento deslizándose por las rendijas de las ventanas, los ruidos molestos de los vecinos, las ásperas discusiones en alemán, el recuerdo de tu padre enfermo, esperándote: todo se confabula contra ti. Hablas con las hormigas. Tu mente se deshace en un eco de voces enemigas. No eres el mismo, eres otro, eres alguien peor. Lo habías leído: cuando una persona no duerme comienza a enloquecer, privarla del sueño es una forma de tortura. Contratas a unos técnicos que convierten tu habitación en un espacio herméticamente sellado, aislado del ruido con paredes de goma, como si fuera una cabina radial. Ahora tu cuarto es una radio fantasma y sigues sin dormir. Te rindes. Tomas las pastillas que te ha regalado una señora del edificio (Alplax). Duermes, no como antes, pero algo duermes.</p>
<p>DOS<br />
Georgetown, 2005. ¿Quién hubiera dicho que volverías como profesor de literatura al campus de la universidad donde años atrás escribiste el borrador de tu primera novela? Eres el profesor que comienza sus clases diciendo: No soy capaz de enseñarles nada, por eso prefiero contarles un cuento. Eres el profesor insomne, el profesor pasmado, el que nunca duerme. Pasas las noches escuchando los ruidos inquietantes de los espíritus que habitan esa casa fantasmagórica que has alquilado a una señora (alcohólica) finlandesa. Detrás del espejo de uno de los baños encuentras varios frascos de Xanax. Tus noches (y tus tardes después de clases) son un batiburrillo de Alplax y Xanax. Alguna mañana despiertas, miras el reloj y adviertes con sobresalto que tus alumnos deben de estar esperándote hace una hora. Tomas dos Xanax más y renuncias a la vida académica.</p>
<p>TRES<br />
Key Biscayne, 2006. Viajas en avión todas las semanas. No bastan ya los sedantes habituales. Pides consejo al farmacéutico de la isla. Debes tomar el somnífero que está de moda, te sugiere. Lo toman los atletas, los futbolistas, los cantantes que viven de gira, te informa. Se llama Ambien, dice, bajando la voz, como si te diera el contraseña para llegar a un tesoro oculto. No es adictiva, no tiene efectos secundarios, no deja resaca, es la droga ideal para dormir, te asegura. En la televisión aparecen a menudo unas publicidades muy persuasivas en las que una mariposa de colores (la mariposa Ambien) termina su vuelo veleidoso en la cabeza atormentada, sombría de un paciente insomne: apenas la mariposa se deja estar sobre la cabeza del sujeto torturado, todo es felicidad, todo es paz, todos se conjuran para dormir. El farmacéutico y la televisión no pueden mentir, debes tomar Ambien. Pero si quieres ser feliz, químicamente feliz, debes tomar Prozac también, eso es lo que te recuerdan el farmacéutico y los anuncios sicodélicos de la televisión.</p>
<p>CUATRO<br />
Lima, 2007. Intentas dormir en un hotel. Es un empeño vano. Tomas una ronda de pastillas y otra y otra más. Tu cuerpo se tensa, se amotina, es un campo de batalla. Caminas dopado con tus pantuflas de conejo hasta la farmacia vecina al hotel. Pides ayuda a la señora farmacéutica, una dama muy honorable. Se trata de una emergencia, exageras. Pides algo que te ponga a dormir, que apague el incendio de tus vísceras. Es así como trabas amistad con el Dormonid, ese lánguido señorito azulado. Desde entonces lo haces tuyo o te hace suyo, se vuelven amigos viciosos, inseparables.</p>
<p>CINCO<br />
Madrid, 2008. Hospital Gregorio Marañón, sala de urgencias. Tienes el brazo fracturado. Los doctores te suministran un analgésico (Nolotil) que toma a tu cuerpo de rehén y lo somete a la extorsión de una cápsula cada ocho horas. Tus amigos españoles te envían por correo cajas de Nolotil a tu casa en la isla. Miami, 2008. Mercy Hospital, sala de cuidados intensivos. Te han operado el conducto biliar. Pasas una semana recibiendo morfina a la vena. Sales de la clínica con centenares de painkillers, muestra gratis, fina cortesía del médico que te operó. Para aliviar el dolor, o para neutralizar un hipotético dolor que de seguro se ensañará contigo, te refugias en el consuelo del Celebrex: parece una manera discreta de celebrar que estás vivo, a despecho de la orgía de psicotrópicos a la que te has abandonado.</p>
<p>SEIS<br />
Bogotá, 2009. El jefe de la policía te ha dicho en el bar del hotel que unos sicarios vendrán a matarte. Estás tenso, necesitas relajarte y esperar con aplomo a los tiratiros. Antes de comenzar el programa, ya con el micrófono adherido a la corbata, preguntas a los camarógrafos y técnicos en general: ¿Alguien sabe cómo puedo conseguir marihuana? Nadie responde, todos saben que están siendo escuchados en el control maestro. Al terminar el programa, dos muchachos se te acercan y deslizan en los bolsillos de tu saco unos papeles que envuelven la hierba amiga. ¿Quién hubiera dicho que tantos años después, en un hotel de Bogotá, volverías a fumar marihuana? ¿Quién hubiera dicho que una amenaza de muerte te serviría como coartada para volver a la costumbre del porrito y el paseo de madrugada hablando con los árboles? Nadie viene a matarte: pasan noctámbulas las motos, pasan los autos cochambrosos, nadie dispara. Que sepan los bribones que los espera un hombre armado (de pastillas y hierba fresca), que sepan que los espera un hombre dopado (y bien dopado).</p>
<p>SIETE<br />
Lima, 2010. Tomas todo lo que tienes a mano, que no es poco, y duermes a duras penas un par de horas. Luego tomas otra ronda de pastillas pistoleras y con suerte duermes hora y pico. Así pasan los días y las noches entrecortadas, azuzadas por el arcoíris de los químicos que se despliegan en la mesa de granito de la cocina y que ahora ingieres con gelatina roja y helado de lúcuma: debes celebrar que estás en Lima, todavía vivo, convertido en una pequeña botica ambulante que atiende las veinticuatro horas, de sol a sombra. Es el sufrido apostolado del periodista: uno siempre está de turno.</p>
<p>OCHO<br />
Key Biscayne, 2011. Ahora tomas una sola pastilla para dormir (Ambien) y, al despertar, un antidepresivo (Prozac). Te parece algo casi milagroso. Gradualmente, y no sin dolor, has conseguido emanciparte de las servidumbres a todas las otras drogas de las que eras adicto. Tu casa es una clínica de desintoxicación, tu mujer es tu médico de cabecera, tus hijas son el mejor estímulo para aferrarte a la vida. Todo este año ha sido una larga guerra sin cuartel contra las pastillas, ellas contra ti, y si no han podido matarte, es tu turno de acabar con ellas, una a una. Es una batalla que no cesa. En nombre del amor, en nombre del coraje, debes prevalecer. </p>
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		<title>Memorias de un suicida</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Sep 2011 17:44:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[El malhumor de mi padre. La devoción de mi madre. Un hermano nuevo cada año. La soledad de Los Cóndores. La voz de Pocho en la radio. Los libros de Salgari. Las riñas imaginarias con maleantes. El fútbol en el jardín grande. Los partidos de frontón con mi hermana. El pasmo en el colegio. La [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El malhumor de mi padre.<br />
La devoción de mi madre.<br />
Un hermano nuevo cada año.<br />
La soledad de Los Cóndores.<br />
La voz de Pocho en la radio.<br />
Los libros de Salgari.<br />
Las riñas imaginarias con maleantes.<br />
El fútbol en el jardín grande.<br />
Los partidos de frontón con mi hermana.<br />
El pasmo en el colegio.<br />
La revista de mujeres que rozó mis manos.<br />
Las pajas incontables, inconfesables.<br />
La joya robada.<br />
El mes que fui prófugo.<br />
El fervor celeste viaja en tren.<br />
Un policía me detiene en el estadio.<br />
Mi padre, ese señor que parece policía.<br />
La misa en ayunas.<br />
El venado que no maté.<br />
La carne de venado que no pude comer.<br />
Eres la fruta podrida, dice mi madre.<br />
Debes irte para no contaminar a los demás, dice mi madre.<br />
El exilio con los abuelos.<br />
El primer trabajo, el primer sueldo, cien soles la quincena.<br />
Mi nombre impreso en el periódico.<br />
Las cuchipandas de los sábados.<br />
Los desmayos de mi hermana alada.<br />
El periódico, ese manicomio donde nadie me cree loco.<br />
Todo lo que aprendí para el examen de ingreso, todo inútil, ya olvidado.<br />
Mi nombre escrito en el puesto cuarenta y ocho.<br />
La cabeza rapada, el orgullo solapado.<br />
Nunca una felicitación de mi padre.<br />
Nunca un abrazo al menos impostado.<br />
Está claro, somos enemigos.<br />
Los rosarios en latín con mi madre.<br />
Los sollozos furtivos de mi madre.<br />
El sosegado amor de los abuelos.<br />
Las visitas al burdel.<br />
Los emolientes de madrugada.<br />
El primer televisor que compré.<br />
Los goles polacos.<br />
La modorra universitaria.<br />
Ella quiere estar conmigo, sus padres no.<br />
De pronto soy famoso o eso creo.<br />
El dinero mercenario de la televisión.<br />
Los viajes al Caribe.<br />
Tantos deslices dominicanos.<br />
Tantas manos sin nombre.<br />
Ocho o diez porros al día.<br />
El formidable estímulo de la cocaína.<br />
El toque de queda.<br />
Un calzoncillo como bandera blanca.<br />
Conseguir cocaína: emergencia médica.<br />
Los discursos a solas de madrugada.<br />
Las pastillas que no me mataron.<br />
Toda la coca que aspiré como un suicida.<br />
Las mil noches que me rehusé a dormir.<br />
La adicción al pacman.<br />
Los primeros cuentos culposos.<br />
Nadie como Bukowski,<br />
ni siquiera Capote.<br />
La pizza, la sangría, el tocayo esquivo.<br />
Ella en la discoteca.<br />
Ella en mi cama.<br />
Él gritándome insultos.<br />
Él llorándome su amor encubierto.<br />
En mi corazón siempre cabe alguien más.<br />
La pasión por ella, la pasión por él, todo a un tiempo.<br />
Solo escribir me salvará la vida.<br />
Bailar conmigo en el Nirvana.<br />
Enloquecer de celos por ella.<br />
Buscarla en las discotecas.<br />
Encontrarla bailando con otro.<br />
Aquella paja rabiosa, esperándola.<br />
El Suizo de La Herradura, el señorío de sus mozos.<br />
El amor al pie de la cruz del morro.<br />
El malecón serpentino, el mar enfermo.<br />
Mi padre es un extraño o un adversario.<br />
Sobrevive el camaleón.<br />
Tantas camas de hoteles y hostales.<br />
Las sobremesas con Bobby, el arte del chisme.<br />
Los funerales y bodas a los que no asistí.<br />
Tremendos partidos de fulbito al pie del mar.<br />
No se olvidan los goles que metiste.<br />
Esos goles, ¿los metiste o los soñaste?<br />
Mis hijas cuando eran mis hijas.<br />
La prisa rumbo al aeropuerto.<br />
Llegar y partir, llegar y partir, estar de paso.<br />
El cariño insólito de los extraños en la calle.<br />
La hostilidad de los parientes honorables.<br />
Ojalá te mueras de sida, me dice una señora.<br />
Lárgate de nuestra casa, me dice un señor.<br />
Los mensajes escritos en sangre por una mujer.<br />
El Park Plaza que es mi casa.<br />
El Golf Los Incas que es mi casa.<br />
El Country que es mi casa.<br />
Mi casa que no es mi casa.<br />
Mi casa nunca fue mi casa.<br />
Una mujer me insulta a gritos.<br />
Los huevos rotos en las ventanas.<br />
Ahora soy mi padre.<br />
La chica mala, eso tiene que ser magia.<br />
El malecón, la hora incierta, la ola infinita.<br />
La conspiración de los cerdos.<br />
Tres meses en la niebla, tres resfríos viciosos.<br />
Las intrigas, las amenazas, las traiciones.<br />
Los interrogatorios de la policía.<br />
La mano obesa te pone en jaque.<br />
Una vez más tienes que irte.<br />
La vida está en otra parte.<br />
Solo estabas de paso, debes partir.<br />
La chica mala, mi chica mala.<br />
Pronto seremos tres.<br />
Bien, al aeropuerto.<br />
Creo que no volveré.</p>
<p>Estas son mis memorias,<br />
ahora que he perdido la memoria.</p>
<p>La Isla, septiembre, 2011. </p>
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		<title>Borges</title>
		<link>http://www.jaime-bayly.net/columnas/borges/</link>
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		<pubDate>Mon, 05 Sep 2011 17:41:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra. Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible. (Tú). Debo fingir que hay otros. Es mentira. Solo tú eres. Tú, mi desventura y mi ventura, inagotable y pura. (El enamorado). Felices los valientes, los que aceptan con ánimo parejo la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra. Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible. (Tú).</p>
<p>Debo fingir que hay otros. Es mentira. Solo tú eres. Tú, mi desventura y mi ventura, inagotable y pura. (El enamorado).</p>
<p>Felices los valientes, los que aceptan con ánimo parejo la derrota o las palmas. (Fragmentos de un evangelio apócrifo).</p>
<p>Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir. (El amenazado).</p>
<p>No habrá una sola cosa que no sea una nube. Eres nube, eres mar, eres olvido. Eres también aquello que has perdido. (Nubes).</p>
<p>Vuelvo a Junín, donde no estuve nunca. (Junín).</p>
<p>Curiosamente, una pastilla puede borrar el cosmos y erigir el casos. (El sueño).</p>
<p>Ahora estás en mí. Eres mi vaga suerte, esas cosas que la muerte apaga. (Buenos Aires).</p>
<p>Ser esa cosa que nadie puede definir: argentino (La fama).</p>
<p>Nadie es la patria, pero todos lo somos. (Oda escrita en 1966).</p>
<p>Somos nuestra memoria, ese montón de espejos rotos. (Cambridge).</p>
<p>Y pensar que no existiría sin esos tenues instrumentos, los ojos. (Historia de la noche).</p>
<p>Tu ausencia me rodea como la cuerda a la garganta, el mar al que se hunde. (Ausencia).</p>
<p>La vejez puede ser el tiempo de nuestra dicha. El animal ha muerto o casi ha muerto. Quedan el hombre y su alma. Pronto sabré quién soy. (Elogio de la sombra).</p>
<p>Un libro no debe requerir un esfuerzo, la felicidad no debe requerir un esfuerzo. Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. (El libro, conferencia en la universidad de Belgrano).</p>
<p>Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. (El otro).</p>
<p>Feliz el que no insiste en tener razón, porque nadie la tiene o todos la tienen. (Fragmentos de un evangelio apócrifo).</p>
<p>El Perú fue la historia que Prescott ha salvado. Fue después una playa que el crepúsculo empaña, y un sigilo de patio, de enrejado y de fuente, y unas líneas de Eguren que pasan levemente, y una vasta reliquia de piedra en la montaña. (El Perú).</p>
<p>Abjuré de mi honor, traicioné a quienes me creyeron su amigo, compré conciencias, abominé del nombre de la patria. Me resigno a la infamia. (El espía).</p>
<p>Nada o poco sé de mis mayores portugueses, los Borges: vaga gente que prosigue en mi carne, oscuramente, sus hábitos, rigores y temores. (Los Borges).</p>
<p>Ya te cerca lo último. Es la casa donde tu lenta y breve tarde pasa y la calle que ves todos los días. (A quien ya no es joven).</p>
<p>Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. (Borges y yo).</p>
<p>Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. (El amenazado).</p>
<p>I offer you the bitterness of a man who has looked long and long at the lonely moon. I offer you whatever insight my books may hold. I offer you the loyalty of a man who has never been loyal. (Two english poems).</p>
<p>Tú, que ayer eras toda la hermosura, eres también todo el amor, ahora. (Sábados).</p>
<p>El novelista no debe jamás buscar la belleza, aunque sabemos que ha fracasado si no la logra. (Citando a E. M. Forster, Textos cautivos).</p>
<p>No acumules oro en la tierra, porque el oro es padre del ocio, y éste, de la tristeza y del tedio. (Fragmentos de un evangelio apócrifo).</p>
<p>España del inútil coraje. (España).</p>
<p>El que mira el mar ve a Inglaterra. (La dicha).</p>
<p>Quizá no tuve ayer, quizá no he nacido. Acaso sueño haber soñado. (Descartes).</p>
<p>De las operaciones del espíritu, la menos frecuente es la razón. (Citando a Fenelon, Siete Noches).</p>
<p>El rostro que se mira en el espejo no es el de ayer. La noche lo ha gastado. El delicado tiempo nos modela. (Adán es tu ceniza).</p>
<p>Soy el que no conoce otro consuelo que recordar el tiempo de la dicha (The thing I am).</p>
<p>Me legaron valor. No fui valiente. No me abandona. Siempre está a mi lado la sombra de haber sido un desdichado. (El remordimiento).</p>
<p>Estoy mirando el último poniente. Oigo el último pájaro. Lego la nada a nadie. (El suicida).</p>
<p>No odies a tu enemigo, porque si lo haces, eres de algún modo su esclavo. Tu odio nunca será mejor que tu paz. (Fragmentos de un evangelio apócrifo).</p>
<p>En un confín del vasto Sur persiste, esa alta cosa, vagamente triste. (Coronel Suárez).</p>
<p>A los otros les queda el universo; a mi penumbra, el hábito del verso. (On his blindness).</p>
<p>Este verano cumpliré cincuenta años; la muerte me desgasta, incesante. (Límites).</p>
<p>Mis instrumentos de trabajo son la humillación y la angustia; ojalá yo hubiera nacido muerto. (El poeta declara su nombradía).</p>
<p>Soy el que envidia a los que ya se han muerto. (Yo).</p>
<p>El tonto no entrará en el cielo, por santo que sea. Hay que descartar la santidad, hay que investirse de inteligencia. (Citando a Blake, Emanuel Swedenborg).</p>
<p>Tu lomo condesciende a la morosa caricia de mi mano. (A un gato).</p>
<p>La meta es el olvido. Yo he llegado antes. (Un poeta menor, Quince monedas).</p>
<p>Quiero morir del todo; quiero morir con este compañero, mi cuerpo. (Una oración).</p>
<p>Las tardes que serán y las que han sido son una sola, inconcebiblemente. (La tarde).</p>
<p>Vivimos descubriendo y olvidando esa dulce costumbre que es la noche. Hay que mirarla bien. Puede ser última. (La cifra).</p>
<p>Mi Dios, mi soñador, sigue soñándome. (Ni siquiera soy polvo). </p>
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		<title>Mi patria laxa</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Aug 2011 17:39:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[UNO Me han suspendido la licencia de conducir. Acumulé veinte puntos en medio año. Hago más puntos en mi licencia que en el rating del programa. DOS Mi hija cumple cinco meses. Dice sus primeras palabras: Hu-ma-la. Me deja devastado. Yo le digo: Pa-pá. Ella repite: Hu-ma-la. No me recupero. TRES No soy adicto a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>UNO<br />
Me han suspendido la licencia de conducir. Acumulé veinte puntos en medio año. Hago más puntos en mi licencia que en el rating del programa.</p>
<p>DOS<br />
Mi hija cumple cinco meses. Dice sus primeras palabras: Hu-ma-la. Me deja devastado. Yo le digo: Pa-pá. Ella repite: Hu-ma-la. No me recupero.</p>
<p>TRES<br />
No soy adicto a las drogas. Soy amigo de las drogas. Nos llevamos bien. Tenemos química.</p>
<p>CUATRO<br />
El paraíso no es una biblioteca, es una farmacia.</p>
<p>CINCO<br />
Afuera había un ruido como de carrera de motos. Salgo y veo a un muchacho en el jardín montando algo parecido a una moto. Creo que es Tony, el ex novio de Silvia, que solía montar motos. Le digo: Tony, la concha de la lora, ¿qué haces acá con tu moto?, ¡nos has despertado! El muchacho me dice: No soy Tony, señor Jaime Baylys, soy el jardinero, y esto no es una moto, estoy cortando la hierba.</p>
<p>SEIS<br />
Mi madre se opone a que cremen mis despojos en una funeraria de Miami. Dice que se quemaría mi alma. Yo le digo: mamá, no tengo alma, en los ultrasonidos que me hacen no sale nunca mi alma. Ella me dice: sí tienes alma, claro que tienes alma. Yo le digo: si tengo alma, estará escondida en mi bolsa testicular.</p>
<p>SIETE<br />
El Perú es un archipiélago. Cada peruano es una isla.</p>
<p>OCHO<br />
Silvia y yo estamos en la piscina. Le digo: no te muevas, hay un mosquito en tu frente. Ella se queda inmóvil. Golpeo su frente para matar el mosquito. No lo aplasto, escapa ileso. Silvia se queja: eso dolió.</p>
<p>NUEVE<br />
Caminando de madrugada con Silvia, se detiene a nuestro lado una camioneta con lunas negras. Bajan las lunas. Son tres gordos crapulosos, de mal aspecto. Pienso que me dispararán, protejo a Silvia con mi cuerpo. ¿Cómo se llama esta calle?, me pregunta en inglés uno de los mafiosos. El jirón de la Unión, le digo en español. No habla inglés, dice en inglés uno de los gordos cachafaces. Luego se van.</p>
<p>DIEZ<br />
Nunca he entendido la utilidad de la bolsa testicular. Debería tener un cierre o cremallera para guardar monedas o llaves o caramelos de menta. Uno se pasa la vida cargando una bolsa de regular tamaño en la que nada puede guardar. Silvia me ha pedido que me depile la bolsa testicular. Será un trance doloroso pero lo haré por amor. Dicen que en la Calle Ocho hay un chino que te depila con los dientes.</p>
<p>ONCE<br />
Esta mañana, después de tres días extraviados, encontré mis anteojos en el fondo de la piscina. No recuerdo haber buceado con los anteojos puestos, pero mi memoria no es de fiar.</p>
<p>DOCE<br />
A esta isla viene la gente que huye de la política, de la violencia, del caos. En esta isla se reúne gente que quiere vivir discretamente, en paz, contemplando las maravillas de la naturaleza, por ejemplo las ardillas que juegan en los árboles de mi jardín. Esta isla es mi república tropical, mi patria laxa.</p>
<p>TRECE<br />
En esta isla no hubo nunca una revolución, nunca una guerra, nunca un golpe de estado, nunca una huelga violenta, nunca dictaduras ni esclavos, nunca reyes decapitados, nunca torturas ni desaparecidos. En esta isla la gente se ha conjurado para actuar de un modo razonable.</p>
<p>CATORCE<br />
A mi hija le pusieron aretes. Lloró mucho. Yo también lloré. La pediatra me preguntó por qué lloraba. Le dije: porque siempre quise que me pusieran aretes. Fue todo muy triste.</p>
<p>QUINCE<br />
Una señora me dice al salir del cine: se ve usted mejor en persona que en televisión. Le digo: usted también, señora.</p>
<p>DIECISEIS<br />
La vida incluye sufrimiento. El origen del sufrimiento es el deseo. El sufrimiento puede extinguirse cuando se extingue su causa. Lo dijo Buda cuatro mil años antes de que naciera Cristo.</p>
<p>DIECISIETE<br />
Traté de dormir sin pastillas. Mala idea. Ella dormía, yo veía cómo mi cuerpo convulsionaba cada tanto. No dormí nada. Era divertido ver cómo mi cuerpo se movía con absoluta prescindencia de mi voluntad.</p>
<p>DIECIOCHO<br />
Ella dice: no sé quién eres, pero te amo</p>
<p>DIECINUEVE<br />
Hay una página en Facebook que dice “yo pienso que Jaime Baylys es un payaso”. Hay otra que dice “odio enormemente a Jaime Baylys”. Como mi hija mayor les puso “like” y las eligió entre sus páginas favoritas, yo les puse “like” también, así me siento más cerca de ella y pienso que, después de todo, tenemos algo en común.</p>
<p>VEINTE<br />
Llueve a cántaros en la isla. En cada gota creo ver una vida de otro tiempo, una vida ya olvidada. La lluvia es el recuerdo de los que nos precedieron en el arduo empeño de sobrevivir. Todos seremos lluvia.</p>
<p>VEINTIUNO<br />
Ella y yo fuimos a una fiesta. Había mucha gente. Había bailarinas sobrealimentadas. Nos hacían fotos. A la media hora escapamos. De pronto un viejo me gritó al oído: ¡Soy el dueño de una revista de pesca y quiero sacarte en la portada! Le dije: encantado, mañana temprano salgo a pescar, ¡nos vemos en el puente de Key Biscayne! El viejo se emocionó: ¿a qué hora pescas, Jaime Baylys? Le dije: ¡temprano, a las cinco y media ya estoy con mi caña y mis carnadas! El viejo gritó: ¡allí nos vemos, chico!</p>
<p>VEINTIDOS<br />
Madre querida, madre solo hay una/ desde esta isla te extrañamos al mirar la luna/ Madre querida, madre solo hay una/ Silvia y yo estamos pasando cierta hambruna/ Madre querida, madre solo hay una/ rogamos que compartas con nosotros tu inmensa fortuna/ Madre querida, madre solo hay una/ una remesa no sería para nada inoportuna/ Madre querida, madre solo hay una/ por favor manda plata de una.</p>
<p>VEINTITRES<br />
Allá, lejos, a miles de kilómetros, en la ciudad del polvo y la niebla, ellos bailan y celebran el amor. Enhorabuena. Por lo visto, no has nacido para ir a fiestas. Esa escandalosa alegría te aterra o te fatiga o te entristece. Prefieres esta fiesta, la de bailar a solas con las palabras.</p>
<p>VEINTICUATRO<br />
Ella me dice: no es que tengas mala reputación, es que hay mucha gente confundida.</p>
<p>VEINTICINCO<br />
Saliendo del estudio, entro en la autopista a toda velocidad y me para la patrulla con su odiosa sirena. El policía me pregunta: ¿ha estado tomando alcohol? Le digo: no, señor. El policía me pregunta: ¿por qué va tan rápido? Le digo: porque mañana me muero. Me pone la multa más cara.</p>
<p>VEINTISEIS<br />
Todos los días me ausculta un doctor distinto. Sumados los tocamientos, los médicos me tocan más que mi esposa.</p>
<p>VEINTISIETE<br />
Ir a la televisión es como ir al baño. Tienes que hacerlo, te da un cierto alivio pero no podrías sentirte orgulloso de lo que has hecho.</p>
<p>VEINTIOCHO<br />
El obligado trato con otros humanos me civiliza. La soledad me animaliza. La cortesía es una forma de mentir para hacer menos áspera la convivencia humana. Cuando estoy solo, cuando escribo, es cuando puedo ser más bestialmente yo mismo. Escribir es como entrar a un zoológico y abrir todas las jaulas y ser uno mismo todos los animales sueltos.</p>
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		<title>La mujer que mira en silencio</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Aug 2011 17:33:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Zoe Bayly está por cumplir cinco meses. Una vida es siempre un enigma y Zoe no es la excepción. Cinco meses parecería tiempo insuficiente para que Zoe me recuerde. Yo, sin embargo, sé que la recordaré hasta el final de mis días. Puedo decir sin exagerar que Zoe no me ha causado nunca un problema [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Zoe Bayly está por cumplir cinco meses.</p>
<p>Una vida es siempre un enigma y Zoe no es la excepción.</p>
<p>Cinco meses parecería tiempo insuficiente para que Zoe me recuerde. Yo, sin embargo, sé que la recordaré hasta el final de mis días.</p>
<p>Puedo decir sin exagerar que Zoe no me ha causado nunca un problema o un disgusto. Su proximidad a mí, o mi proximidad a ella, ha sido consistentemente el origen de una felicidad tranquila.</p>
<p>No por haber sido padre en ocasiones anteriores (en un tiempo en el cual la crispación me impedía contemplar con serenidad el florecimiento de una vida cercana a mí), deja de sorprenderme el modo en que Zoe afirma cada día sus ganas de ser ella misma.</p>
<p>Lo que Zoe habrá de ser es un misterio, un acertijo, un enigma. Nadie puede predecirlo, nadie lo sabe, ella desde luego lo ignora.</p>
<p>Solo puedo dar fe o dejar constancia de lo que Zoe es ahora, o de lo que Zoe es ahora desde mi punto de vista.</p>
<p>Tal como la veo, Zoe se parece más a su madre que a mí. No me refiero solo a los rasgos suaves de su rostro. Pienso sobre todo en su carácter, si uno puede adivinar el carácter en una mujer de apenas cinco meses.</p>
<p>Como su madre, Zoe da la impresión de ser una mujer reservada. Al mismo tiempo, creo ver en ella eso que los mayores llaman un genio fuerte. Sabe lo que quiere y lo expresa no todavía con palabras pero sí con unos leves gruñidos o protestas roncas que parecen el preludio de un grito o la amenaza contenida de un grito. Aunque Zoe no llega a gritar, emite un sonido breve y visceral que nos comunica con exactitud lo que quiere o lo que no quiere. Si bien no ha descubierto las palabras, creo que ya conoce el poder que ejerce sobre los que la queremos.</p>
<p>No somos pocos los que la queremos, los que interpretamos sus deseos. Quienes más se sacrifican para complacerla y evitar que Zoe llegue al extremo indeseable del llanto son tres mujeres que la quieren como si fuera su hija. Las tres son peruanas, las tres son amigas, las tres dejan de dormir para cuidar el sueño inquieto de Zoe, las tres me permiten dormir sin sobresaltos en las horas improbables en las que duermo. Sus nombres son Teresa, Hilda y María. En sus rostros podría leerse una tristeza lejana, cierta contrariedad no del todo olvidada, pero esos sufrimientos antiguos (de los que ya no se habla) han sido eclipsados por la admirable obstinación de vivir unas vidas dignas, unas vidas exentas de rencor y de maldad, unas vidas en las que prevalecen el amor, la bondad y la ternura. Zoe sabe todo esto mejor que yo, solo que todavía no puede escribirlo, pero lo sabe bien y por eso cuando está con Teresa, con Hilda y con María, ella se siente (o es lo que creo ver en sus ojos) segura, querida, protegida, y por eso cuando se encuentra con alguna de ellas sonríe abriendo mucho la boca, una manifestación pura y genuina de que Zoe ve en esos rostros ya familiares para ella el mismo amor que veo yo.</p>
<p>No dejan de sorprenderme las risas desaforadas de Zoe. Ríe con su madre, que le habla como si fuera su amiga de toda la vida. Ríe con su abuela, que baila para ella. Ríe cuando la bañan y porfía por tomar el agua que no debe tomar. Ríe cuando la sorprenden. Ríe a veces cuando la siento en mis piernas y le hago caballito.</p>
<p>El eco de sus risas llega a mis oídos y envuelve de una alegría tranquila el aire que se respira en esta casa. Todo en esta casa ha sido organizado para procurarle a Zoe una existencia cómoda, sosegada y a ser posible feliz. Creo que Zoe lo sabe o lo intuye. Veo en sus ojos la certeza de que quienes la rodeamos estamos entregados sin reservas a la pasión de que Zoe sea Zoe, de que Zoe florezca cada día siendo Zoe en todo su esplendor.</p>
<p>Su asombro es el mío cuando descubre los globos, la pelota, el paseo en la camioneta, la brisa que mueve las hojas, el pelo de su madre, la lluvia, los ventiladores del techo.</p>
<p>Lo que más me deslumbra en ella es su seriedad, su absoluta y precoz seriedad, su aire ermitaño o desconfiado ante la gente extraña que le sonríe con excesiva confianza (algo que le irrita o la aturde). El rasgo más conspicuo de su carácter parece haberlo heredado de su madre, y es esa desconcertante seriedad para mirar, observar y comprender las cosas que la rodean.</p>
<p>No quisiera ofender a nadie si digo que estos cinco meses con Zoe y con Silvia, su madre, han sido el tiempo más tranquilo y estimable de mi vida.</p>
<p>Agradezco a Zoe, a Silvia, a los padres de Silvia, a Teresa, a Hilda y a María, por la impensada alegría de ser a mucha honra el padre de una mujer muy seria llamada Zoe Bayly, una mujer que mira en silencio y que quizá algún día recuerde vagamente mi sonrisa y sepa con certeza que yo nací para conocer el orgullo de ser su padre. </p>
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		<title>Serás nubes</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Aug 2011 17:27:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[No sé si volveré a ver a mis hijas mayores, eso depende de ellas o del azar. No sé cuánto tiempo más se aburrirá mi esposa en esta casa, espero que resista unos años. No sé si mi hija menor me recordará de algún modo, de momento me sonríe y parece entender algo de lo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No sé si volveré a ver a mis hijas mayores, eso depende de ellas o del azar.</p>
<p>No sé cuánto tiempo más se aburrirá mi esposa en esta casa, espero que resista unos años.</p>
<p>No sé si mi hija menor me recordará de algún modo, de momento me sonríe y parece entender algo de lo que le susurro al oído.</p>
<p>No sé si seguiré haciendo televisión el año que viene, importa poco o nada.</p>
<p>No sé si estaré vivo en abril, cuando me han prometido que saldrá en España la trilogía Morirás Mañana, reunida en un solo libro.</p>
<p>Solo sé unas pocas cosas y a ellas me aferro.</p>
<p>No volveré al país en que nací, no al menos los próximos cinco años.</p>
<p>No volveré a viajar en avión (dicho esto, bien podía suponerse lo anterior, pero lo anterior es más seguro que esto último: puede que viaje para despedirme de Madrid y Barcelona, puede que viaje para caminar en Georgetown y en Central Park, tanto mejor si esos viajes ocurren con ella).</p>
<p>No me mudaré más, en esta casa me quedaré hasta el final de mi tiempo, en esta casa es donde quisiera morir, en esta casa y no en un hospital o en un hotel o en una autopista o emboscado en la puerta de la televisora, pero nunca se sabe, la muerte es una puta que se esconde en cualquier esquina en la penumbra y a la que solo alcanzas a ver cuando ya es muy tarde y está besándote con su aliento fétido.</p>
<p>Si llego vivo a los cincuenta años y continúo haciendo televisión, será el momento de retirarme. Pero es probable que me retire antes o que me retiren antes.</p>
<p>Si llego a los cincuenta, cinco serán las invitadas a comer helados de chocolate conmigo: mis tres hijas, la madre de mi hija menor y mi santa madre (que dicha reunión ocurra es, por supuesto, altamente improbable, pero ocurre a menudo en mi imaginación, y esa ya es una manera no desdeñable de que ocurra).</p>
<p>En cuanto a la política, ni una palabra más, ya tuve suficiente de esas riñas patibularias, de esas reyertas de callejón.</p>
<p>Cuando muera, todo lo que tenga se dividirá a partes iguales entre mis tres hijas, según consta en mi testamento. Podría dejar todo a mi esposa, con arreglo a las leyes de este país en el que nos hemos casado, pero no haré un agravio tal a mis hijas mayores, aunque ellas se jacten en público de odiarme, lo que parece una señal de que no carecen de buen gusto.</p>
<p>Me gustaría elegir la circunstancia exacta de mi muerte. Me gustaría estar solo en ese momento. Me gustaría no sentir miedo.</p>
<p>He dejado instrucciones escritas para que mi cadáver sea cremado en una funeraria en las afueras de esta isla. Lo que se haga luego con las cenizas dependerá de la voluntad de mi esposa, enteramente de su voluntad.</p>
<p>Procuraré ser un buen padre con mi hija menor, ya que con las mayores por lo visto he fracasado, tras un comienzo que parecía prometedor. El resultado de esta empresa es incierto, como bien sabe todo padre o toda madre: los hijos, tarde o temprano, han de juzgarnos (como juzgué a mis padres sin compasión).</p>
<p>Intentaré ser un amigo leal de mi esposa. Aunque me acompaña la esperanza de que el amor perdurará, mucho me temo que ella no seguirá a mi lado cuando comprenda que su vida o el placer está en otra parte. Si se va, no podré seguirla. Creo, sin embargo, que seguiré siendo su amigo y que esa lealtad no se romperá, no debería romperse, después de tantas traiciones de las que hemos sido testigos.</p>
<p>No tengo muchas ganas de seguir haciendo televisión. Llevo veintiocho años en este circo y arrastro ya una cierta pereza. Si mucho insisten, fatigaré el oficio histriónico un par de años más. El 13 de noviembre de 2013 se cumplirían treinta años desde aquella trémula mañana en la que salí por primera vez en la televisión de un canal de Lima. Si llego vivo y no he renunciado o no me han despedido, creo que sería un buen momento para retirarme del circo de los reflectores y el maquillaje y las sonrisas tantas veces impostadas.</p>
<p>A fines de año o a comienzos del próximo, presentaré un monólogo de humor en un teatro de esta ciudad, una sola función, debut y despedida.</p>
<p>El año que viene saldrá la tercera y última parte de la trilogía Morirás Mañana. Será mi decimocuarta novela. (Claro que en ciertos países como España y algunos otros la trilogía saldrá en un volumen y contará como una novela obesa y no como tres, pero yo las cuento como tres separadas, como serán publicadas en el Perú, en los Estados Unidos y en otros como Chile, Colombia y México). Luego quisiera publicar dos novelas más antes de cumplir cincuenta años: una el 2013 y otra el 2014. Ya están escritas. Ya las tiene a buen recaudo la agencia literaria que me representa en Barcelona. Si muero antes, saldrán en esos años y en el orden en que le he pedido a mi agente.</p>
<p>En el improbable evento de que llegue a cumplir los cincuenta años, quisiera publicar un libro que ya empecé a escribir y que tentativamente se titula “Serás nubes”.</p>
<p>Después, como ahora, cada día puede ser el último, cada día es urgente escribir para que el tiempo no pase en vano (o no del todo) y para que la muerte no me sorprenda sin dejar escrito lo que es menester dejar escrito, aun si después nadie o casi nadie lo lee, eso poco importa. </p>
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		<title>Coleccionistas de secretos</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Aug 2011 17:25:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[El hombre va todas las noches al estudio de televisión y presenta un programa de entrevistas o un programa de disparates o un programa que le resulta liviano y en ocasiones entretenido. Al estudio acuden cada noche unas cuarenta o cincuenta personas (y lo hacen espontáneamente, sin que nadie les pague) que festejan las bromas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El hombre va todas las noches al estudio de televisión y presenta un programa de entrevistas o un programa de disparates o un programa que le resulta liviano y en ocasiones entretenido. Al estudio acuden cada noche unas cuarenta o cincuenta personas (y lo hacen espontáneamente, sin que nadie les pague) que festejan las bromas del hombre, aplauden sus ocurrencias y, terminado el programa, se hacen fotos con él.</p>
<p>Una noche ocurre algo inesperado. El hombre está firmando autógrafos y de pronto se le acercan tres señoritas que lo saludan efusivamente y dejan notar por su acento que son italianas. El hombre advierte que una de ellas es muy guapa y le sonríe con aparente coquetería. El hombre ignora a las otras señoritas y fija su mirada, no exenta de deseo, en la italiana inquietante. Le dice que es muy guapa, que le encantaría verla otra noche. Gracias, dice ella. Regresa pronto, dice él, y se marcha presuroso, aunque no lleva prisa, es solo una manera de aparentar que es un hombre importante.</p>
<p>Esa noche, en la cama con su esposa, el hombre le cuenta que una italiana muy guapa fue al programa de televisión. Su esposa lo escucha en silencio. El hombre le dice que, al ver a la italiana, tuvo ganas de tener sexo con ella. Luego le propone a su esposa tomar un café con la italiana para que la conozca y vea si a ella también le resulta atractiva. El hombre dice que solo le interesa tener sexo con la italiana si su esposa lo aprueba y está presente y es parte de la aventura. Su esposa dice: Puede ser, dejemos que la cosa fluya.</p>
<p>Pasan los días. La italiana no regresa al estudio de televisión. El hombre la busca en vano con su mirada miope. Su esposa le pregunta qué fue de la italiana. Desapareció, dice el hombre. Ya volverá, dice su esposa. Y en efecto vuelve: un día la italiana escribe al Facebook del hombre unos comentarios afectuosos o que celebran con entusiasmo alguna zarandaja que el hombre ha escrito con aires de pensador o de poeta. El hombre no lee los comentarios de la italiana, quien los lee es su esposa. Luego entra al Facebook de la italiana y escudriña con recelo sus fotos. Cuando el hombre regresa del programa, su esposa se lo cuenta todo: la italiana le ha escrito, es obvio que ella quiere seducirlo, ha visto el Facebook de la italiana, por sus fotos y comentarios le parece fea y vulgar. Tu radar con las personas está averiado, le dice al hombre su esposa. No sé cómo puedes sentirte atraído por esa mujer tan ordinaria, añade. No sé, dice el hombre.</p>
<p>Apenas la conocí cinco minutos y me pareció que estaba buena, añade.</p>
<p>Luego ven las fotos de la italiana en Facebook y el hombre intenta una explicación: quizá no es fotogénica, en persona me pareció guapa.</p>
<p>La esposa le dice al hombre que no tiene ganas de conocer a la italiana y menos aún de tener alguna aventura sexual con ella. El hombre dice que él tampoco tiene ya ganas de hacer nada con la italiana. Su esposa le dice que él es libre de hacer lo que quiera con quien quiera. El hombre dice que no le interesa tener sexo con alguien a escondidas de su esposa, que la ama demasiado para rebajarse a esa indignidad. No hagas promesas, dice ella. No es una promesa, es un hecho, dice él.</p>
<p>Los días siguientes, la italiana continúa escribiendo comentarios en el Facebook del hombre, comentarios que la esposa lee antes que el hombre o junto con el hombre, comentarios que acaban por irritar a la esposa, que le pide al hombre que no le conteste a la italiana para no seguirle el juego o que directamente la bloquee para impedir que ella tenga acceso a su Facebook. Lo mejor es ignorarla, dice el hombre. No le escribiré más, promete. Pero ella volverá al programa, dice su esposa.</p>
<p>Si regresa, no la dejaré entrar al estudio, daré instrucciones a los guardias de seguridad para que le prohíban la entrada, dice. Tú sabrás lo que haces, dice su esposa. Pero yo solo veo peligro en ella, le advierte.</p>
<p>La italiana regresa una noche al estudio de televisión y el hombre no solo le permite entrar sino que al final del programa conversa un momento con ella y confirma que la encuentra atractiva. Esa noche, al llegar a su casa, el hombre no le cuenta nada a su esposa. Tiene la impresión de que su esposa ve con antipatía a la italiana. Cuando su esposa duerme, el hombre le manda por Facebook un mensaje a la italiana, pidiéndole que no le escriba comentarios a su Facebook y que, si le apetece, le escriba a su correo más privado, un correo cuya clave no conoce su esposa.</p>
<p>Días después, sorprendida porque la italiana no escribe sus comentarios habituales en el Facebook del hombre, su esposa, mientras el hombre está en la televisión, entra al Facebook y descubre el mensaje que su esposo ha escrito a la italiana, dándole su correo privado.</p>
<p>Cuando regresa del programa, el hombre encuentra a su esposa levemente contrariada. Ella se lo dice todo de un modo tranquilo, demoledor: me dijiste que no le escribirías, le escribiste, me mentiste, le pediste que te escribiera a tu correo, quieres tener una relación con ella sin que me entere de nada, me dijiste que jamás harías eso, eres como todos los hombres, eres un mentiroso, no puedo confiar en ti.</p>
<p>El hombre no encuentra defensa, permanece en silencio, le pide perdón pero ya es tarde, ella se va a dormir a uno de los cuartos de huéspedes.</p>
<p>El hombre le escribe a la italiana y le pide que no vuelva al estudio de televisión y que no le escriba comentarios ni correos ni nada porque ha tenido un conflicto con su esposa que ahora lamenta. La italiana no le responde, desaparece de su vida, no regresa al programa.</p>
<p>Semanas después, el hombre se entera por su esposa de que ahora la italiana escribe todos los días al Facebook de ella y le dice cosas coquetas y la invita a su casa y le habla mal de él (me parece un nerd, le dice, o eso es lo que su esposa le dice al hombre) y da la impresión, o esa es la impresión que se lleva la esposa, de que la italiana quiere tener una aventura sexual con ella.</p>
<p>La esposa dice: no te preocupes, al comienzo le respondía pero ya no le contesto más, me parece que está loca y que es una loca peligrosa y no quiero más locas peligrosas en nuestras vidas.</p>
<p>Pasan los días y no se habla ya de la italiana sino de un joven que está alojado en un hotel cercano. Ese joven le escribe todos los días a la esposa del hombre, pidiendo verla. Ha sido su amante un tiempo atrás, cuando ella no estaba casada. Quiere verla. Ella sabe que él quiere verla para tener un encuentro sexual. Ella se lo cuenta a su esposo. Haz lo que quieras, le dice él. Haz lo que convenga, le aconseja. Si tienes ganas de tener un revolcón con él, no te reprimas por mí, eres libre, le recuerda. Ella le dice que prefiere no ver al joven que fue su amante. Pero el hombre sabe que su esposa está librando una batalla interior: lo prudente sería no verlo, sin embargo lo divertido sería verlo; verlo lastimaría a su esposo, sin embargo su esposo la dejó lastimada porque le mintió con la italiana y tal vez se merece el castigo.</p>
<p>Todas las noches, el hombre sale manejando su auto con destino al estudio de televisión y se pregunta si su esposa irá un par de horas al hotel cercano a ver furtivamente al joven que fue su amante y al que ella recuerda con afecto. Cuando regresa del programa, el hombre se abstiene de hacerle preguntas al respecto a su esposa. Cree que lo conveniente (o lo decente) es guardar silencio, no saber la verdad, no obligar a su esposa a lastimarlo o a mentirle. Descubre entonces que el amor está menos en lo que se dice que en lo que se calla. Tendido al lado de su esposa, piensa que tal vez el amor está en los secretos y los silencios que uno aprende a respetar. El hombre no sabrá nunca si su esposa se tomó la venganza con el apuesto visitante. Lo que ahora sabe es que no importa tanto si ella se permitió un comprensible desliz, lo que de veras importa es que ella sigue a su lado y él siente que la ama como siempre o todavía más, porque ella, como él, parece ser una coleccionista de secretos.</p>
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		<title>Aquí manda Zoe</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Aug 2011 17:19:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando llegué a esta casa el año pasado, quería que mi hija Zoe naciera en esta ciudad, lejos del caos y las riñas políticas. También quería dejar de viajar en avión, pero eso era menos importante. La casa me gustó mucho y decidí comprarla porque sentí que era aquí donde quería quedarme. Por suerte esa [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando llegué a esta casa el año pasado, quería que mi hija Zoe naciera en esta ciudad, lejos del caos y las riñas políticas.</p>
<p>También quería dejar de viajar en avión, pero eso era menos importante.</p>
<p>La casa me gustó mucho y decidí comprarla porque sentí que era aquí donde quería quedarme. Por suerte esa certeza no ha cambiado.</p>
<p>Al principio yo estaba solo en esta casa.</p>
<p>Luego llegó Marcelino. Lo conocí en el jardín de la casa. Marcelino es un hombre bajo, robusto. Es hondureño. Parece un mariachi, camina como un mariachi. Conversamos, nos hicimos amigos. Se ocupa de cuidar el jardín y la piscina.</p>
<p>Como no entiendo de decoración, le pedí a Marcelino que se ocupase de decorar la casa.</p>
<p>Marcelino hizo un trabajo estupendo. Compró todo. Cargó todo. Armó todo. Interpretó cabalmente lo que yo quería.</p>
<p>Entonces Marcelino me hizo la delicada observación de que alguien debía limpiar la casa. Yo no había reparado en ese detalle.</p>
<p>Le pedí a Marcelino que consiguiera a alguien que se ocupase de limpiar la casa (la casa por dentro, se entiende, pues él la limpia por fuera).</p>
<p>Marcelino es un hombre sabio. Resuelve los problemas. Los resuelve con rapidez y eficacia.</p>
<p>Fue así como llegó a esta casa María. María es peruana, tiene sesenta años, es madre de tres hijos. María es inteligente, luchadora, una mujer admirable. Lleva once años viviendo en Miami y se ha construido una casa en Lima. María me cayó estupendamente. Nos entendimos enseguida. Me propuso venir a limpiar la casa dos veces por semana. Me pareció excesivo (porque cuando vivía solo nadie limpiaba mi casa) pero no puse reparos porque advertí que la presencia de María alegraba esta casa.</p>
<p>Después llegó Silvia con seis meses de embarazo. Fue un placer formidable sentirla en esta casa, verla nadar con su barriga en la piscina, saber que Zoe nacería en esta ciudad, una ciudad que es conveniente para la gente que huye de la vida social y los conflictos políticos.</p>
<p>Le pregunté a María si quería ser la nana de la bebé que nacería pronto. María declinó. Quería limpiar la casa, pero también limpiaba otras casas y por eso no podía cuidar a la bebé.</p>
<p>Entretanto, María y Marcelino hicieron buenas migas y a lo lejos los escuchaba conversar y reírse.</p>
<p>Le pedí a María que nos consiguiera una nana. Silvia creía que una nana no sería tan necesaria. Pensaba que ella podría cuidar en las noches a la bebé. Yo no era tan optimista. Alguna experiencia tenía en el asunto. Una nana me parecía indispensable, y desde que naciera la bebé. Silvia pensaba que la nana podía llegar un mes después de que naciera la bebé. Yo pensaba que la nana debía llegar un mes antes de que naciera la bebé.</p>
<p>Gracias a María, llegó a esta casa Teresa. Teresa también es peruana. Es joven, está casada con un peruano, no tienen hijos. Teresa había cuidado niños en esta isla. Me enseñó algunas fotos. Me pareció una mujer dulce, tierna, segura de sí misma, plenamente confiable. Por suerte Silvia conoció a Teresa y la aprobó. Silvia le dijo que la llamaríamos unas semanas después del parto. Yo le dije, sin que Silvia escuchase, que la llamaría el día del parto y que a partir de ese momento debía estar lista para venir a socorrernos.</p>
<p>Luego Silvia dio a luz y dos días después llegó a esta casa la bella Zoe.</p>
<p>Contrariando los deseos de Silvia, llamé a Teresa y le pedí que viniera enseguida. Teresa llegó a la casa y se convirtió en la nana oficial de Zoe. Teresa es un regalo de los dioses. Es la prueba irrefutable de que no nos equivocamos al elegir esta ciudad para darle la bienvenida a Zoe. Teresa es una nana admirable. Lo hace todo bien, lo hace todo sonriendo, lo hace todo sin quejarse y suavemente, y lo hace todo haciendo reír a Zoe. Teresa es la nana oficial de Zoe y es también su mejor amiga. Las escucho a lo lejos, Teresa hablándole, Zoe riendo, y me digo que soy un hombre con suerte.</p>
<p>Pero Teresa, como es justo y necesario, tiene que descansar. De lunes a viernes, se va a dormir a su cuarto en esta casa. Duerme de ocho de la mañana a tres de la tarde. Y los fines de semana se va con su esposo.</p>
<p>Silvia y yo pensamos que juntos podríamos cuidar a Zoe por las mañanas y también los fines de semana, mientras Teresa descansaba. Esa ilusión o esa candidez duró bien poco. Silvia y yo nos dormíamos tarde y era duro levantarnos a las ocho de la mañana para estar varias horas consecutivas procurando interpretar los deseos o las quejas de Zoe. Y los fines de semana nos turnábamos el cuidado de Zoe y terminábamos exhaustos y malhumorados.</p>
<p>Fue así como llegó a esta casa Hilda. Hilda es hermana de María, hermana menor de María. Es peruana como María. Ha sido monja en Colombia. Ahora vive en Miami y está casada con un señor de Puerto Rico. Le explicamos a María que necesitábamos una nana que cuidase a Zoe de lunes a viernes de ocho de la mañana a tres de la tarde, mientras Teresa dormía. María no vaciló en traernos a Hilda. Hilda no dudó en aceptar el trabajo. Desde entonces, lo hace con notable eficiencia. Hilda es una mujer que irradia paz, armonía, bondad, y Zoe parece muy a gusto con ella.</p>
<p>Derrotados o resignados o desasnados, Silvia y yo comprendimos que no podíamos cuidar a Zoe ni siquiera los fines de semana, pues dicha obligación minaba nuestra salud y nos ponía tan tensos que acabábamos refugiándonos en el alcohol.</p>
<p>No fue difícil convencer a María, una vez que le explicamos las catástrofes de los fines de semana, que viniera a auxiliarnos, de modo tal que María es ahora la señora que limpia la casa, pero también la nana oficial de Zoe los fines de semana.</p>
<p>Se pensaría que ya la casa estaba llena: Marcelino en el jardín y las tres nanas, Teresa, Hilda y María, cuidando con infinita paciencia a la bella Zoe.</p>
<p>Pues resulta que en esta casa siempre cabe alguien más, siempre es bienvenido el que llega con los vientos del destino. Y el destino trajo a Rafa. Rafa es moreno, es obeso, es dominicano. Está casado con una mujer llamada Pura. No sé cómo llegó Rafa a esta casa, no lo recuerdo, creo que llegó con Marcelino para hacer algún trabajo eléctrico o para pintar la casa. Lo cierto es que conversando con Rafa me di cuenta de que era un hombre tranquilo, encantador, y me pareció notable que llevase las cosas con tanta calma teniendo nueve hijos. Le ofrecí trabajo. Rafa aceptó. Yo no sabía qué trabajo haría Rafa. Rafa tampoco lo sabía. Solo sabíamos que Rafa debía pertenecer a la gran familia feliz que habita esta casa.</p>
<p>Rafa no tiene horarios. Llega cuando quiere, se va cuando quiere. Hace de todo un poco, lo hace de buen talante y espantando siempre a los mosquitos, que no nos pican a nosotros porque se dan un banquete con el pobre Rafa. Oficialmente, Rafa es el chofer de la casa. Pero en la práctica no maneja casi nada, porque en esta casa nadie va a ninguna parte, a no ser cuando yo voy a la televisión, y desde luego voy manejando solo, no voy a molestar al buen Rafa. Rafa se ha hecho querer por las nanas, por Silvia, por Zoe, por Marcelino. Cuando me despierto a horas improbables, lo encuentro limpiando los carros, o lo encuentro sentado en la sala leyendo alguna novela mía, o lo encuentro ordenando las cosas de la refrigeradora, o no lo encuentro porque las nanas lo han mandado a comprar algo.</p>
<p>No exagero si digo que en esta casa, en la que al principio yo estaba solo, vive ahora una numerosa familia, reunida alrededor de una idea o una obsesión: la de procurar toda la felicidad posible a la bella Zoe.</p>
<p>En esta casa hay una mujer que manda: es Zoe. En esta casa hay una mujer subordinada a Zoe, que también manda y manda dulce y atinadamente: es Silvia. Luego estamos los que obedecemos a esas dos mujeres, disfrutando al parecer de nuestra condición de empleados, amigos y familiares. En esta casa, además de Silvia y Zoe, vivimos María, Teresa, Hilda, Marcelino, Rafa y yo.</p>
<p>Somos una familia disfuncional, pero no por eso exenta de armonía y sentido del humor. Nos queremos de veras. Y al mismo tiempo que celebro a la familia que ahora vive en esta casa (a Teresa, a María, a Hilda, a Rafa, a Marcelino), me digo que si no fuera por la llegada de Zoe al mundo, yo no estaría en esta casa, Silvia no estaría en esta casa y Silvia y yo no estaríamos protegidos por esta familia de nobles mujeres y hombres leales que llegaron a nuestras vidas para mejorarlas de un modo que las palabras resultan insuficientes para agradecer. </p>
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		<title>El hombre que no llora</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Jul 2011 17:16:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Bayly</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Desdichado el que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto (Borges). UNO El hombre va con su esposa a un club nocturno. Los atienden con gentileza, los acomodan en unos sillones de cuero en el segundo piso, a buen recaudo del gentío bullicioso. El espectáculo de los comediantes está por comenzar. El hombre [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Desdichado el que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto (Borges).</p>
<p>UNO<br />
El hombre va con su esposa a un club nocturno. Los atienden con gentileza, los acomodan en unos sillones de cuero en el segundo piso, a buen recaudo del gentío bullicioso. El espectáculo de los comediantes está por comenzar. El hombre pide una limonada; su esposa, una cerveza. El camarero insiste en que el hombre tome alguna bebida alcohólica. El hombre se disculpa, dice que tiene miedo. No debe beber alcohol porque tiene el hígado lastimado. No le da miedo morir. Le da miedo dejar a una hija que no tendrá memoria alguna de él y a dos hijas que no quisieron despedirse de él.</p>
<p>DOS<br />
El hombre y su esposa bajan al camerino de los comediantes. El espectáculo ha terminado. Los comediantes están eufóricos, sudorosos. El hombre los admira. Nada le parece más arduo que hacer reír a la gente. Todas mis desgracias se han originado por olvidar que lo importante no es tener la razón sino hacer reír a la gente, piensa. Mis peores traspiés, los que más duelen, ocurrieron por tomarme las cosas en serio, por perder el sentido del humor, reflexiona, envidiando la desfachatez de los comediantes. Luego recuerda algo que alguna vez leyó: la gente quiere más lealmente a quien la hace reír.</p>
<p>TRES<br />
Los comediantes aspiran cocaína en el camerino. Elogian la calidad o la pureza de esos polvos. Le ofrecen cocaína al hombre y su esposa. Ella dice que no ha probado y que prefiere no probar. El hombre se siente tentado, pero declina amablemente. Dice que tiene miedo. No debe aspirar cocaína, podría darle un infarto. Le da miedo morir sin reconciliarse con sus hijas, alejado de ellas. Le da miedo que sus hijas lo recuerden con rencor. Le da miedo que su hija menor piense algún día que él quiso morir porque le abrumaba el incomprendido ejercicio de la paternidad.</p>
<p>CUATRO<br />
En algún momento de la noche, el hombre y su esposa están en la piscina de su casa, bañándose con los comediantes. La hora es incierta, los mosquitos acechan, truenos y relámpagos anuncian una tormenta, los comediantes beben un vino dulce canadiense que el hombre les ha servido. La esposa del hombre bebe vino tinto italiano. El hombre toma agua con limón. Los comediantes le ofrecen marihuana. El hombre siente ese olor que es una tentación y que evoca ciertos momentos felices de su juventud. El hombre dice que prefiere no fumar. Los comediantes se sorprenden, le preguntan por qué se abstiene de un placer seguro. El hombre les dice que cuando fuma se pone triste y recuerda a sus hijas que ya no están y por eso prefiere no fumar. Por el bienestar de su hija menor, debe cuidar su salud, preservar su lucidez, no puede darse el lujo de ponerse triste cuando el destino lo ha recompensado con esa pequeña maravilla que le sonríe todos los días. No todos te sonreirán, piensa el hombre. La sonrisa de unos es la desdicha de otros. La felicidad de unos atiza el comprensible rencor de otros. Cuando alguien te sonríe y te dice que te quiere (o no te lo dice, porque ya está dicho en su sonrisa), hay otra persona que te odia y quisiera matarte o que te mueras.</p>
<p>CINCO<br />
Los comediantes se han ido al amanecer. El hombre y su esposa duermen. En realidad, el hombre no puede dormir, contempla a su esposa dormir. La respiración suave y pareja de ella en la penumbra, abrazada a una almohada, confortan al hombre, le hacen pensar que no todo lo ha hecho mal. El hombre se levanta y camina al cuarto de su hija. La ve durmiendo en su cuna, las manos y las piernas extendidas. Parece una niña feliz. En una cama al lado de la cuna, la nana ronca un sueño antiguo. El hombre mira a su hija durmiendo y siente tranquila la conciencia porque cree haber hecho lo correcto para darle a esa niña la bienvenida al mundo que ella merecía. Sin embargo, el hombre tiene un mal presagio. Cree que su hija no tendrá ningún recuerdo de él, que él será solo unas fotos viejas y unas películas que ella verá con su madre, procurando hurgar en su memoria alguna imagen de sus primeros años, esos años en los que los padres aman a sus hijos sin importarles que los hijos no recordarán nada de todos aquellos gestos de amor a una pequeña persona que es incapaz de registrarlos. El hombre piensa que la paternidad es un oficio noble, porque educa en que uno no es lo que tiene, sino lo que da, lo que da sin esperar nada a cambio.</p>
<p>SEIS<br />
El hombre se hunde en su sillón de lectura. No usa ropa de dormir, duerme con la ropa y los zapatos que ha usado ese día. En algún momento duerme o cree dormir. Tiene dos sueños que lo atormentan. En el primer sueño discute acaloradamente con su padre, le hace reproches, se atreve a decirle las cosas que nunca le dijo. En el otro sueño el hombre está muriendo y su madre le dice que no tenga miedo, que muera en paz, que lo mejor está por venir, que su padre lo espera en el cielo para darle un abrazo. Pero el hombre se irrita con su madre porque no quiere morir, no quiere irse sin reconciliarse con sus hijas mayores, no quiere irse sabiendo que su hija menor no lo recordará, no quiere irse porque ama a su esposa, pero sobre todo no quiere irse porque no cree en las cosas cándidas que le dice su madre. No quiero morirme, le dice el hombre a su madre, y despierta sobresaltado.</p>
<p>SIETE<br />
El hombre se pregunta por qué todo terminó tal mal. No lo entiende. Ahora conoce el sabor amargo de la traición. Ello ha de tener alguna utilidad en mi oficio de escritor, piensa. El hombre intenta perdonarse a sí mismo: amo a mi esposa, por eso tengo una hija con ella, no tolero que nadie insulte a mi esposa ni a mi hija, si alguien las insulta es de legítima defensa decirle a esa persona destemplada que debe marcharse de mi casa, eso es todo lo que hice de malo, eso es lo que provocó todo lo malo, las desgracias y los bochornos de estos tiempos de oprobio. El hombre cree que quienes lo han traicionado no le perdonan que él les pidiese que se fueran de alguno de sus departamentos por insultar a la mujer que es ahora su esposa y a la mágica habichuela que es ahora su hija de cuatro meses. Menos les interesaba mi amistad que el departamento en que vivían, piensa. Tal parece ser el precio de mi amistad: el de un departamento, se resigna, con una sonrisa cínica.</p>
<p>OCHO<br />
El hombre camina por la casa, verificando que todos los teléfonos estén desconectados. Hace mes y medio (desde la derrota política) que no suena el teléfono de su casa, ninguno de los teléfonos de su casa. El hombre no quiere recibir llamadas, no quiere simular que todavía cree en la amistad, sabe que todo termina siempre mal, en un insulto, en un desplante, en una traición. A sabiendas de que todo termina mal, el hombre sube las escaleras, besa a su hija dormida, regresa a la cama, mira a su esposa durmiendo, siente que ella es su amiga y que nunca lo traicionará, y le da un beso en la mano donde ella lleva el anillo matrimonial. No importa si todo termina mal, piensa. Por ahora todo está bien, y eso ya es un premio que no merezco, concluye. </p>
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